domingo, junio 14, 2009

Cariátides de la civilización

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Recuerdo algunas campañas en las que participé. Fueron universitarias, casi todas alrededor del clima del 2001, y en una facultad que (¡por el amor de Dios!) alguna vez debería barajar y dar de nuevo. En una de esas elecciones nosotros (un nosotros entrañable y remoto) nos habíamos apropiado de una consigna bastante elocuente y clara para lo que era el microclima del 2002: “Caminaremos al paso del mas lento, pero caminaremos todos juntos”. Una cosa rápida: la preferencia de la “retaguardia” era nuestro gesto político en un contexto asambleario, cuya consigna prefiguraba la catarsis elitista mas obvia de la izquierda: “democracia de los que luchan”. Nosotros, en cambio, optábamos por una “fórmula de consenso”: no estábamos dispuestos a renegar del todo de la idea vaga e iluminista ¡de que marchamos!, pero sí a tener paciencia con aquellas "mas opas que se quedaban al final". Portadores sanos de las condiciones de la época. Bergoglio también poetizaba la era ("ponerse la patria al hombro"). Eran años de experiencias espantosas y semi-heroicas, con una izquierda subida al lomo chivado de algo así como-una-sociedad-en-llamas. Puedo decir esto en mi defensa: después del estallido del 2001 nos quedamos discutiendo un año con el trotskismo no sólo su interpretación de “aquellos días que estuvimos en peligro”, sino su aplicación destructora sobre una institución como la carrera de Sociología. Los troscos querían introducir el voto universal dentro del sistema de elección del director de la carrera, y uno es capaz de todo, de defender el clientelismo bonaerense con argumentos épicos, pero no de soportar la comida de balero que los troscos “le hacen a los pelotudos que entran al CBC”. Recuerdos trotskistas sueltos: el consejero del PO interrumpiendo una reunión del Consejo de la carrera al grito de “disculpen, se empiezan a escuchar las primeras cacerolas, yo me voy junto al pueblo”. Estábamos en el corazón de Barrio Norte, a un par de cuadras de Santa Fe y Callao, en los primeros días de un marzo que empezaba a apagar las brasas de ese verano/12. Así que la cosa duró poco, y sólo se trató de un cacerolazo espontáneo un poco mas efímero y conciso, por lo cual, al rato, ya andaba de vuelta el muchacho en un rincón espiando las vicisitudes de esa oscura reunión que pretendía empezar a discutir el cambio del sistema eleccionario, hasta que en el bullicio se sentó de nuevo en su silla. El PO, como toda la izquierda, no tenía nada que hacer en la calle, estaba metido hasta la médula en la posibilidad de ocupar instituciones bajo el manto negro de aquellos días: vaciaba las instituciones para colarse en ellas, básicamente. Su otro aporte fue desmantelar las asambleas barriales. De eso no sé mucho, lamentablemente no participé de ninguna (aunque admito que ganas no me faltaron). Otro recuerdo. Un militante del trotskismo, uno “independiente”, hacía algo que era básicamente así: interrumpía la clase durante los “días de campaña”, se imponía con un criterio “democrático” (hacía votar levantando la mano a los estudiantes para que aprueben o no la interrupción de la clase) para luego (cuando casi siempre la clase aprobaba su interrupción) decir: “yo no vengo a pedirles que nos voten…”. Había en ese método mixto de simpatía a los estudiantes (por ser estudiantes) y de rechazo a los profesores (por ser “la autoridad del aula”) la prolongación de una complicidad adolescente de hinchar por lo mas joven, cuando lo que se hacía en realidad era pasar por encima una situación de producción que incluía centralmente al único asalariado de esa escena (el docente). En esa época era mas común que ahora oír la plegaria contestataria liberal: “un pobre hachero tucumano que compra su pan, y con el pan paga el IVA que abre las puertas a esa rebeldía pública y ajena de las universidades gratuitas a las que no entra”. Ahora que me estoy haciendo mas viejo me doy cuenta de lo que el trotskismo es: un modo muy claro en el que ciertas formas de lo político (ese intento de “dominación del otro”) se vuelven fatalmente evidentes. Costuras de la política. Quiero decir: si todo proyecto político es un proyecto de dominación, hay un ingrediente en todo trotskista en el que esa primera voluntad de dominación, y por “las causas últimas y trotskistas de esa dominación”, aparece redimida y desnuda (“sí, yo te voy a decir exactamente lo que vos tenés que hacer”). Sí, el trosco hace lo que todos quisiéramos hacer. Toda política es trotskista. Trotskismo de derecha, trotskismo liberal, trotskismo trotskista. Quiero decir: el trotskismo argentino es la forma que inventó Dios para mostrarnos el modo extremo en que la política se parece a un fundamentalismo religioso. Pero Dios nos quiere moderados. Dios tiene Criterio. Yo aprendí MUCHO de la vergüenza ajena de mirar actuar a un trosco. Y, en el fondo, los quiero. No obstante, decía, las elecciones eran un problema de conciencia: el secreto aparecía revelado, ya no eras el tipo que estaba en los conflictos, que daba el debate, que se anotaba para hablar en una asamblea, o que la aparateaba. No. Ahora eras el tipo que decía: votanos. Que le ponía “valor” a todo eso que habías hecho durante un año, renunciando a tu vida. La elección era el momento de la verdad. Era el momento en el que los demás podían decir: "ahhhh, era por eso, querías mi voto". Por supuesto que no pasaba las campañas “pensando en eso”, en el pudor por ese “arremangarse y pedir el voto”, pero admito que había un momento de esa semana, quizás apenas una tarde, en el que la inhibición me oscurecía. Se me apagaba la lamparita. Quedaba en penumbras. Yo admiro profundamente cómo un trotskista va al frente. Sí. Hay que ser un poco trosco en estos días. Y no tendría otro modo de decir cuál es mi situación, mi sensación y mi temperamento cuando de campañas se trata. Siento que pedirle el voto a alguien es demasiado. Es algo IMPORTANTE. Y soy de esos a los que les cuesta “ése” momento, no los anteriores, no los posteriores… ése.

2

¡Qué aburrido es el lugar destinado a “los políticos en campaña”! Es el momento en el que vemos cómo un montón de hombres y mujeres se dejan pegar mucho. Es el momento en el cual uno siente que la sociedad no les debe nada a ellos, ni a sí misma, donde la sociedad actúa como en una gran cámara oculta. En ese estereotipo del “que besa niños”, del que se ríe de los chistes (siempre incómodos) que lo tienen por objeto, ahí, hay un profesionalismo socialmente necesario: esa imagen es la negación de la política y el poder. Se muestra al político "sujetado" a lo sociedad, sumiso, débil, pedigüeño. Una campaña es un momento en el que la política borra las mediaciones y se "ofrece". Es un momento en el que muchos desean la explosión moralizante de la sociedad. Y un día las campañas terminan.

3

Voy a hablar de mi bolilla. Voy a hablar del kirchnerismo en campaña. No de las acciones puntuales, actos, afiches, etc. No. Del sentido de la campaña. El kirchnerismo (en su versión dura) es una campaña que sigue haciendo kirchnerismo: en cuanto a que reintroduce el conflicto en el eje electoral. El kirchnerismo dice: si votás, te metés en el lío. Hace exactamente lo contrario a lo que se le pedía que haga: otorga a la campaña y al voto el símbolo de un desempate, dota de ideología a ese voto. No busca sosiego, ni la armonía secular cuyo centro ocupa la masa gris de indecisos. El kirchnerismo hace campaña con su sola mejilla al rojo vivo. Con lo cual, asegura en el campo opositor, su versión de que es necesario mostrar que el consenso se halla en el fin de esa dialéctica adversarial (kirchnerista). La sociedad pide cordura, diálogo, sensatez, institucionalidad, según la oposición. Y bajo esas palabras hay formas no sólo de atemperar el ánimo del energúmeno kirchnerista, sino una advertencia social mas profunda. Una advertencia que quiere sosegar a un ánimo social que el kirchnerismo intenta desatar. Distribución a través del conflicto vs. Distribución a través del consenso es lo que está en juego. Y en los relatos opositores pareciera que las acusaciones cruzadas sobre el oficialismo revelan la posible violación a las reglas constitutivas que éste comete. Tanto la dialéctica “contra el Régimen” del radicalismo mas radicalizado, como la sospecha estimulada y fantaseada “del fraude”, fuerzan en su relato ese suelo quebradizo y empujan los límites sobre la fe misma en el sistema. “Si los votás a ellos es porque te compraron, pero si nos votás seguro que te roban el voto.”- así reza un callejón sin salida. Lilita dice que en el 2007 hubo fraude, e insiste con el ejemplo de que en una remota mesa del conurbano un policía agarrándose el arma intimó a que el votante que decía “que faltaban boletas” vote “entre las que hay”… Decir que ganaron los otros con fraude es una forma heroica de decir que no perdí. Pero en este blog no creemos en motivaciones tan vanidosas: la oposición se plantea la desaparición del kirchnerismo violando el principio de credibilidad en las reglas de juego, volviendo invisible o vaporosa esa boleta que tiene el ciudadano en la mano, de manera de borrar por anticipado una lectura sorpresiva: los resultados que las elecciones arrojen. La oposición fabrica su artefacto del 29: si no gané, tampoco perdí. Ése es el núcleo de un fundamentalismo anti-democrático verdaderamente peligroso. No el trotskismo que se vuelve loco para que lo votes, sino el de quien niega la existencia social y electoral del que no lo vota.

4

E.M.E. en un libro de lectura obligatoria (“¿Qué es esto?”): “El hipócrita no engañaba, representaba”.

7 comentarios:

Diego dijo...

La primera medida que se necesitaría aplicar en la UBA, y estaría muy bueno que saliese por consenso, es la prohibición de pegar carteles y afiches adentro de las aulas.

Mientras tanto espero un ensayo, publicado por Prometeo, acerca de la bajada de línea a los pelotudos que entran al CBC. No es joda. Después uno tiene que salir de Vietnam caminando. Y desde ahí París queda todavía más lejos que desde cualquiera de los 100 barrios porteños.

Saludos

Sol dijo...

ok. una frase de filmus después del ballotage, en el 2007: "los que piensan han estado de nuestro lado"

Sol dijo...
Este comentario ha sido eliminado por el autor.
Galimatias dijo...

Brillante lo tuyo Martin, yo también recuerdo esa campaña, si bien no participaba activamente (estaba grande para eso) dentro de la agrupación acompañaba .

Tonga dijo...

Es cierto, en Sociales hay que barajar y dar de nuevo.
Ay, esa campaña en Sociales fue reveladora. Interesantes asambleas tambien en las que se discutía el "un hombre = un voto", que con matices era algo que en general se apoyaba. Nadie pudo anotarse el poroto de la victoria, y se llegó a una dirección de la carrera compartida entre Castillo y Forte. Lo recuerdo. Afuera, donde se jugaba otro partido, gobernaba Duhalde.
Partcipé activamente de esa campaña por el voto a director de la carrera, laburaba por la candidatura de Fanlo, un trosco con algo de gramsciano y foucaultiano que lo salva. Tenía muchas diferencias con Fanlo y las discutíamos. Para él yo era demasiado peronista. En fin... Buen tipo Fanlo. Recuerdo que intentábamos trabajar sobre la idea de la independencia de los aparatos y las agrupaciones, cosa que afectaba sobretodo al PO. Me gustaba discutir con El Mate, algo siempre salía de ahí. Algo que te dejaba pensando. Con el PO eso era imposible.
Hicimos una buena elección.
A la vez yo partcipaba de una asamblea barrial que terminó aparateada por el PO, como tantas. En fin... Es cierto que cuesta el momento de pedir el voto... Pero hay que hacerlo viejo, aunque cueste y porque cuesta.

Saludo.

Clandestina dijo...

Martín, lo que describís en 2 se ajusta a la realidad que el tedio de fin de campaña también resalta. Pero no creo que el político en campaña sea mostrado como si fuera un títere. El político elige “mostrarse”, es el juego que propone y dispara. Y como sujeto activo, en su decisión de comunicarse desde los estereotipos que mencionás, subestima a los destinatarios, tanto en capacidad de análisis como de elección. Si no ocurriera así creo que, aunque fuera desde el sentido común, elegiría plantarse desde una actitud frontal, abierta al debate y convocante. Se pondría a prueba porque tiene con qué y tiene un para qué integrador, en construcción permanente con los otros, intra y extra partido, movimiento o como quieras llamarlo.

Anónimo dijo...

"aprendí MUCHO de la vergüenza ajena de mirar actuar a un trosco"... y entonces te hiciste un kirchnerista que avala la represión a las luchas obreras y los negocios de Grobogopatel y la Barrik Gold. Bien ahí.

Prefiero a los trotskos del Po que denostás, por lo menos esos saben de qué lado están.