miércoles, abril 02, 2014

El Estado es el otro

Hay Moncloa. Todos piden más Estado: los que piden seguridad, los que piden trabajo en blanco, los que piden más impuestos, los que piden menos impuestos, los que piden dólares, los que piden 82 % móvil, y así. Dicen Estado pero dicen muchas cosas a la vez. O como el círculo de fuego del viejo 8N: piden que venga el Estado para sacarles el Estado de encima. Porque nadie, a su modo, pide “menos Estado”. 

Hablemos de los linchamientos. Hay dos discursos: 1) ese momento ideal para el buen samaritano: mira a una parte de la sociedad como un conjunto de pequeños Ku Klux Klanes. Gente blanca sobre un “negro”. Todo simplificado hasta el punto de sólo estar cómodo con el culo en los prejuicios (mientras los hechos de estos días dan cuenta de algo más enmarañado); 2) ese discurso culposo de no cargarle nunca la cuenta a nadie, así como habló Massa: hay linchamiento porque hay Estado ausente. O sea: pedir siempre más Estado, nunca pedir “más Sociedad”.

Cristina respondió, pero subrayó esa línea, al decir, junto al cura del SEDRONAR: acá estamos, incluiremos. En ambos discursos el Estado siempre es el otro, eso otro que en su ausencia es capaz de exculparnos de cualquier acto, porque, en definitiva, así parece, todo es acción sobre “el terreno vacío del Estado”, y el acto social sólo contiene la ausencia estatal. Para Massa el Estado podría ser a través de las cámaras un gran ojo que nos ve. Para Cristina a través de las políticas públicas un abrazo franciscano que no nos deja solos. Y esos dos ideales nos subrayan otro ideal imposible: que un individuo pueda “ser” el Estado democrático cuando ocurre un delito. ¿O no es eso una sociedad civil, en parte? Pedir Estado parece declarar la inocencia social. O sea, ¿la sociedad tiene valores que sólo el Estado garantiza? ¿Pero en cada ausencia del Estado no hay una ausencia de la sociedad? Los vecinos/testigos de un robo también pueden actuar como la “civilización que falta” frente al hurto, y no como la barbarie que late bajo el piso civil. Decir eso no es progresismo, entendido para la chacota. Decir eso es tratar de poner un grado cero, un punto de partida.

El Estado es una campera: de un lado corderito, del otro lado piel de lobo. El debate político parece ser entre darla vuelta para uno u otro lado. Mientras, esa sobredimensión del Estado hace a una ciudadanía débil: no esperar nada de nadie, total, el brazo que no doy, lo tiene que dar el Estado. Es una sobredimensión que nace de las mismas fuerzas políticas que sobre-ofertan las capacidades estatales. Por cada “más Estado” un “más Sociedad” también. Y yo haría una remera como las de la ecología (save the wales) pero al revés: No salvemos a la sociedad. Nueva ecología para un mundo mejor.

Massa acentúa su reclamo de “mano dura”, como si dijera: es mano dura estatal o es mano dura social. Ustedes elijan. Pretendiendo subrayar en el linchamiento la prolongación del “hombre común”, como el protagonista de Un día de furia, que aguanta y aguanta hasta que no, y ese día tiene su bate de beisbol en la mano. El hombre es el lobo del Estado. Cualquier discurso de mano dura desprende la convicción de que “la gente es violenta”. Dijo estos días el sociólogo Gabriel Kessler: “no es normal pegarle entre muchos a uno”. Y decir esto no es negar el derecho a defenderse. En las redes sociales hay un tic anti progresista: oponer “la calle”, cierto realismo sucio, a la oración bien pensante. Pero: no son “normales” los que entre muchos le pegan a uno.

Mientras escribo, leo que ya surgió un colectivo de abogados garantistas anti-linchamiento. Velocidad de cualquier business simbólico. Los progresistas lo sabemos: juntarnos es al pedo. Infiltrados, mejor. La transformación progresista esconde una cartilla de cambios a espaldas de la sociedad. Porque el buen izquierdista nunca plebiscita todas sus ideas. Los argentinos somos 40 millones de de todo un poco. Y con miles de hijos de puta también. Un viejo amigo me lo grabó en el bocho: la clase política está a la izquierda de la sociedad. Lo creo (con las excepciones que vengan al caso), y prefiero mil veces a la clase política que al periodismo.

Empecemos de nuevo. Vida de David Moreyra: joven argentino en el “país de la inclusión”, roba, huye, lo pescan; la turba lo mata; la familia dona sus órganos.

(este domingo, esta columna en Ni a Palos)

jueves, noviembre 28, 2013

Salud de la república

(Texto completo acá)

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Moreno es la leyenda política más autoconcientemente construida desde 1983. Uno tiene la impresión de que trabajó como un obsesivo de la gestión, del detalle, Axel Kiciloff lo describía como un ferretero, que sabía dónde, en qué cajón, se guardaba cada clavito de tamaño X. A la vez, su pasión por el derrame de leyenda ensalzó el único personalismo que los Kirchner toleran a su lado: el de los que son capaces de incendiarse, de quemar todas las naves. Un energúmeno a lo bonzo que hace reír en palacio, pero cuyo fuego también pudo quemar algunos puentes con las mayorías que miran sin gracia las gracias lejanas. Porque los temas de Moreno eran los temas de la justicia social: LA CARNE ARGENTINA. Moreno impuso ese tic de incorrección, de funcionario 24/7 que personaliza todos los debates, que posa de barrabrava, que se enamora de ser un “feo, sucio y malo”. Fue el más enfático en disputar al papa, era el más “ni yanqui ni marxista” de un gobierno que imaginó siempre a su izquierda “la pared”. Moreno fue un “malo bueno” (injusto y guarango con los injustos, los que creen que tienen derecho natural al buen trato y a la sumisión), fue un esotérico (un kirchnerista católico), y fue un simulador de una violencia incomprobable (¿realmente más allá de ese vozarrón nasal daba miedo?). El funcionario de trato directo, despectivo, pero justiciero era intachable. Y obligaba a que propios y ajenos hicieran esa distinción: no es corrupto. Como cuando la presidenta, delante de todos los ahorristas en dólares (sus funcionarios), le preguntó en tono cómplice: “¿Moreno, usted ahorra en dólares?”. Yo no, decía con el gesto, sonrisa pudorosa, un nativo entre millonarios. Abría las manos. Tengo las manos limpias de dólares. “¡Tienen las manos sucias de sangre!”, les gritaba a los periodistas de Clarín en un cóctel en La Embajada. Su problema eran las manos: la mano invisible del mercado, la mano negra del Estado. El mercado central y La Salada eran sus vicios, su ring de titanes de la economía real. Su diplomacia “alternativa”: Argentina tuvo dos hombres en Angola, Guevara y Moreno. Su excesiva conciencia para autonarrarse, es decir, para conseguir amplificadores de sus chistes y exabruptos de palacio también lo condenan a ser, en el futuro, un personaje peronista en busca de un autor. Porque, como a muchos, la cuenta del producto de poder por sobre el consumo de poder le da deficitaria. Su integrismo piantavotos, su simpatía exclusiva entre propios, su pasado militante modesto, porteño, en Las Cañitas antes de ser “Las Cañitas” pero sin ser La Matanza, lo obligará a ser el pensionado de un papel, de un chiste, de una política de justicia sin tantos logros, porque trabajó para el bien de barrios humildes en los que podría caminar sin ser reconocido.