miércoles, diciembre 05, 2007

Exactamente entre el 1 de enero de 2000 y el 31 de diciembre del mismo año fui kiosquero. Sí, el kiosco quedaba en la avenida Pueyrredón y San Luis, justo en la parada del 132. Parada histórica de pungas, alguna vez contaré.

Desde ahí fui testigo involuntario, por ejemplo, del impacto de la rebaja del 13% con que Machinea premió en los primeros seis meses a la base social de la Alianza. Claro, era una medida tan previsible como tenebrosa para el futuro político de ese gobierno, y recuerdo la cantidad de empleados, por ejemplo del Clínicas, que seguramente vivieran en Flores, y que bajaron la venta del yogurt dietético sensiblemente. También desde ahí vi una columna del FREPASO después de la renuncia, marchaban por Pueyrredón, para Congreso, y cantaban esa, esa, volveremos como en el ’73 (todos los que superaban los 50 tenían la cara curtida de la larga marcha de la clase media: desde que Perón
echó a la clase media de la plaza).

El kiosco se llamaba “El caramelito”, y la dueña era una infradotada que concurría a la escuela de psicólogos sociales de Alfredo Moffat, que los sábados antes de irse a jugar al tenis a GEBA me hablaba, por ejemplo, de la “técnica de los abrazos” sobre la que había trabajado el viernes con un grupo de bomberos voluntarios. Lo peor, lo peor, fue cuando armó “una cartita” para los chicos que iban al boliche punk que en ese entonces estaba en esa cuadra, explicándoles que no se vendía alcohol pero sí unos combos de pebetes y gaseosa, y la cartita firmaba así: “El caramelito”. Cuando la entregaba, si es que la entregué, me sentía como se debió haber sentido Rafael Bielsa hace dos años, lanzando su candidatura con giros tipo “soy una arandela, un Juancito Caminador” frente a los compañeros del Suterh, Kelly Olmos, UPCN, etc.

Mas de una vez cayó la cana porque se armó un bondi feo y terminé bajando la persiana y escuchando en el piso las corridas, los gritos, etc.

(Todos somos Rabel Bielsa frente a ese espectro, todos somos Rabel Bielsa frente a ese espectro, todos somos Rafael Bielsa frente a ese espectro.)

Si hiciera la lista de poetas que me visitaron en el kiosco, solamente podría confirmar una lógica: la de mi voluntad de consensos a prueba de fuego (Llach, Batilana, Cucurto, Genovese, Carrera, Petrecca, Durand, Viola Fisher, "Negro" Díaz, y alguno que se me escapará).

Pero eran esos largos viernes a la noche, cuando sí vendíamos cerveza, en que hacía amistad cada vez mas con el de seguridad del edificio bajo el cual estaba el kiosco (del mismo consorcio, claro) y que, siendo además el edificio donde la dueña vivía, terminó casi como un empleado más que velaba por nosotros. De hecho la única vez que percibí realmente que me venían a robar, se apareció
en la puerta y… (¡y tenía tanta cara de bueno!) no pasó nada. Lo llamaba (lo olvidé completamente) por el apellido. Así fue que me contó su historia, que me fue contando su historia, con pedazos inconexos, sobreentendidos, etc. En el año 1982 ingresó a la policía de la provincia de Buenos Aires. Según su relato, ese año hizo tareas de inteligencia, claro, eran los años de la vuelta, y lo que hacía era ir a un par de unidades básicas, escuchaba, total, lo dijo: era peronista. Después me dijo que estuvo en la Brigada, y que él mismo se pidió la baja porque entró en un cuadro depresivo. Y me dijo que tenía “21 homicidios”, el primero de los cuales se produce a la salida de un banco. Él llamaba homicidios a su cumplimiento del deber, no es que tuviera causas. Le pregunté si había torturado, y me confesó que sí, que se practicaba (y hacía hincapié en que eso se seguía haciendo) el submarino y la picana, que los tipos se le cagaban encima, que actuaban en coordinación con los
juzgados y que el tema era que los jueces les exigían declaraciones. Me dijo que nunca le hubiese hecho eso a alguien como yo, porque yo era normal. Me lo contó una noche de mitad de septiembre, fría, y me costó. Es extraño, todos sabemos eso. Como le dijo Videla a María Seoane hace pocos años: en este momento, en alguna comisaría de la provincia de Buenos Aires, se debe estar torturando a alguien. En este momento también. No es lo mismo saberlo, que oírlo de boca del tipo que te cuida un poco las espaldas y con el que te tomás un caldito knorr de espárragos. De qué cosas estamos hechos nosotros para sentir que ese tipo no es un hijo de puta. De relatos. Fuimos amigos. El 31 de diciembre del año 2000 renuncié. No nos vimos mas.


(leo en el Rojas a las 19hs. con la nueva Stanton y el hermano Garamona,
y se presenta el futuro: "las afueras" de paula peyseré en Argañaras 22,
villa crespo. a las 19, Centro Cultural Pachamama, va a ser el libro del año, ya verán)


3 comentarios:

Anónimo dijo...

Eramos humanos: no perseguíamos la belleza de la cintura, la riqueza de la sobrevaluación monetaria, el éxito del fútbol ni la armonía social del orden militar. Eramos humanos: humanos, como los torturadores. Porque entre los torturadores hay personas afables, educadas, amantes del orden, de la paz, de la belleza de los cuerpos de las personas y de la armonía de los cuerpos de los caballos de raza. Hasta hay torturadores -véase- ¡arrepentidos! ¡humanos! Porque los torturadores son tan humanos como los colaboracionistas, y como éstos, también ellos tienen acceso a los

dones humanos de la alegría, de la sonrisa, de la tristeza y del arrepentimiento. Pero: ¿qué clase de arrepentimiento? El único arrepentimiento válido es el que compromete a no cometer las mismas culpas.

Es preferible ver a los que se arrepienten que estar a su
alcance cuando se arrepientan de haberse arrepentido.

Gil wolf

Kojève dijo...

MArtín, posta -no sé si será la hora- sos enorme...

Suena medio boludo, no?

Pero bueno, lo digo en serio.

Un saludo.

Anónimo dijo...

Martin me gustaria que me mandes un mail por que creo que conocemos a la misma persona Walter de Kunts