lunes, enero 25, 2016

La vuelta a la naturaleza o el buen salvaje neoliberal



Por Daniel Santoro

El actual gobierno se plantea, no tanto como un nuevo comienzo fundacional, sino más bien como una vuelta a la amable y eterna naturaleza de las cosas. Esto no podría lograrlo sin antes emprender la tarea de un desmontaje de los lugares de mayor densidad simbólica e ideológica, lugares en torno a los cuales el peronismo, y luego el kirchnerismo, produjeron y replantearon la novedosa articulación entre pueblo y nación, expresada sobre todo a lo largo de los 3 últimos gobiernos. Esta herencia simbólica se mostró en salones, monumentos, abigarrados fondos iconizados que enmarcaban las cadenas nacionales (maquetas, billetes, Eva Perón, Belgrano, Moreno, los héroes latinoamericanos, etc.), incluso afuera, por detrás de los ventanales no se dio descanso a los requerimientos escópicos, una Juana Azurduy, con su sable erecto, interpelaba a los gobernantes que se sentaban en el sillón de Rivadavia, un sillón de pronto ocupado ahora por un simpático perrito callejero, que por supuesto no tiene en su naturaleza hacer el mal. El nuevo régimen escópico cambió estas memorabilias nacionales por amistosas fotos de familia sacadas en parques y jardines, fondos de pura naturaleza, sin requerimientos, sin claves visuales a desentrañar; solo una muda y primitiva parodia danzante en el balcón de nuestros más caros discursos fundacionales bastó para que entendiéramos el nuevo paradigma, y ésta vuelta de lo natural incluye por supuesto el papel moneda, por tierra mar y aire se muestra la incontenible fuerza de la naturaleza, se exhibe un territorio a explorar, libre de cualquier prejuicio ideológico, purgado de las molestas pretensiones del que viene con opiniones propias. Ingrávidos, sin el peso de las herencias simbólicas, podremos ingresar al fin, con la naturalidad del buen salvaje, al paraíso “naturalizado” del poder global financiero.

Mientras tanto aquí, en nuestra tierra, los compañeros continúan tramitando el duelo de la derrota, se suceden las reuniones, las charlas informales, los intentos de alguna orgánica, se dice “algo tendríamos que hacer”, de alguna manera todo sirve para desangustiarnos, las más diversas opiniones circulan con total libertad, se duda de todo, ¿realmente hubo una voluntad de ganar? ¿Será Cristina la conducción? ¿Todo éste caos se ordenará con su vuelta al centro de la escena? ¿Será ella el factor de unidad, o precipitará las rupturas en espera?

Otros compañeros decidieron transitar esta etapa traumática reunidos en parques y plazas, dan pequeñas batallas asamblearias, se entregan a un desgaste inevitable y los hacen al ritmo y en el lugar que el adversario decide con su loco compas de verano, todo a contramano de los conocidos manuales de estrategia.

Es fácil advertir que la noticia más ansiada por nuestro enemigo será la de la ruptura del sistema kirchnero-peronista, la pinza metafísica ya está operando, por un lado el desmontaje simbólico naturalista y por el otro la inminente extracción del núcleo peronista que estructura al kirchenrismo, de modo tal que el kirchnerismo deshuesado pueda -cumpliendo una cruel paradoja- ser ese partido progresista que se insinúa en algunos parques metropolitanos (tan lejos de los conurbanos). Hay compañeros que sueñan el sueño del enemigo, el deseo que el kirchnerismo sea ese partido, un poco PI, un poco flácido y finamente purificado de la mugre peronista.

¿Y que de los sabrosos restos óseos del peronismo? con ellos seguramente se hará un puchero (un muleto liberal opositor), alimento nutritivo para las corporaciones.

Será la tarea de quienes se asuman como la conducción del conjunto de nuestro movimiento aplicar el delicado “arte de la conducción” (también entendiendo éste arte como la posibilidad de transformar la naturaleza). Sin éste complejo equilibrio que implicará renuncias, gestos de grandeza, extrema comprensión, empatía e incluso misericordia, la catástrofe que se anuncia en el horizonte será inevitable, y al menos los próximos 8 años serán, “naturalmente”, de Macri.

martes, octubre 27, 2015

De regreso a Octubre

¿Es esta la primera elección gris de la joven democracia argentina? ¿La primera elección con candidatos que disputaron el centro? Vivimos una obvia paradoja: después de tres gobiernos consecutivos que buscaron restituir el lugar de las ideologías políticas (recordemos el simpático “sorry Fukuyama” de CFK) llegamos a tres candidatos ideológicamente casi indistinguibles y capaces de una retórica inusual: autores de frases con las que sólo se puede estar de acuerdo. Massa sobrevivió al napalm de los medios y el gobierno y Scioli y Macri alcanzaron el balotaje en una elección que sorprendió a todos, traicionando una vez más las encuestas y coronando a María Eugenia Vidal en el distrito más importante del país, venciendo al peronismo (dividido), en una elección inédita desde 1983. Si Macri obtiene la presidencia, sería la primera vez que, por el voto popular, una fuerza política ocupa la Nación, la CABA y la PBA (Alfonsín lo hizo con Saguier y Menem con Grosso, pero a dedo). Y lo del PRO resultaría una imagen curiosa: un aluvión inverso, del centro a las periferias, de la capital a la provincia, de la metrópolis a la Nación. Un triunfo colosal de la macrocefalia argentina, diría Ezequiel Martínez Estrada. Por lo pronto, de estos tres candidatos, solo uno tiene comprometido a fuego su futuro. Massa, como diría Stolbizer, ya ganó (preservó contra viento y marea sus votos decisivos) y se impuso como un líder panperonista a nivel nacional. Macri puede perder y se queda con CABA y PBA, nacionalizando y asegurando el futuro de su partido. Scioli es una empresa unilineal: un hombre solo de la política, peronista de pactos, cuyo objetivo es esta consagración o nada.

viernes, octubre 16, 2015



¿Vuelve el peronismo? ¿Vuelve la ortodoxia? ¿Se ponen de moda las 20 verdades? ¿Se acaba el cénit cultural de la izquierda peronista y radical de esta década (una melodía desencadenada entre la Gloriosa Jotapé y el alfonsinismo oficialista)? Muchos vinculan la figura de Scioli a la vuelta cultural de un peronismo clásico. Aunque esa percepción convive con el balance de muchos kirchneristas que le achacan a DOS que aún no trajo “sus” votos prometidos (como si las listas “puras” de PBA y CABA ayudaran en el esfuerzo electoral). La revista Anfibia largó en estos días una encuesta para medir un “peronómetro”. Era un “chiste cultural” que -linealmente- medía las proporciones de “grasa en sangre” para coronar el nivel de peronismo, haciendo síntoma de época, de cambio de época. El aliento a esa versión culturalista del peronismo sabemos que no conduce a nada, salvo a una suerte de democratización pop que ya fue llevada a cabo en la década kirchnerista (el peronismo de clases medias). Y tiene el eco de una lógica que el politólogo Pablo Touzon describió de un modo sintético: es el ‘peronismo gorila’, que hace del peronismo la identidad positiva de lo que el anti peronismo siempre afirmó negativamente de él. ¿Qué es el peronismo, entonces, en esta estética que cristaliza lo “plebeyo”? Fácil: lo que el anti peronismo dice que es. Si los “gorilas” putean el “chori”, el peronismo estético reivindica el “chori”. En fin. No se me ocurre mejor remate que un tuit del escritor Carlos Busqued: “hoy sacás zapatillas con la firma de Ruckauf y las vendés a 1500 mangos en Palermo”.

martes, septiembre 08, 2015

¿Por qué vale la pena periodizar al peronismo de los años de la democracia? 1) Para mostrar que es relativamente falso eso de "desde 1989 gobiernan los mismos", salvo que reduzcamos la historia a una danza de nombres con ideas intercambiables. 2) Porque en un grado el peronismo funciona como subsistema del sistema político. 3) Para exponer que su caja de resonancia también es ideológica. Cualquier idea de que el peronismo es una máquina infalible de poder territorial, sin ideologías y guiado por la astucia maquiavélica es... puro idealismo. Hay todo eso. Y siempre hay "algo más". ¿Qué es esto, Lenin? Vaya este párrafo como prólogo para presentar esto que se presenta como un debate, y que es un pie de página de la vieja bloguería en estas elecciones lentas, grises, tan negociadas y negociables, aún sin mayorías que despunten. Amén.

miércoles, agosto 19, 2015

Marcelo Hugo

lunes, agosto 17, 2015

Brindo por el futuro con la noche de testigo

Los procesos son largos.

Sin lugar para los puros

El camino electoral de este 2015 es lento y ripioso. Es una larga negociación entre viejos conocidos y nuevos por conocer. Entre kirchneristas puros y peronistas, entre macristas y peronistas, entre massistas y macristas, entre macristas y radicales. Por eso no hay sobresaltos y las PASO confirmaron más o menos las previsiones razonables: el FPV roza su meritorio 40 % de la mano del peronista menos kirchnerista y la oposición no es más ese archipiélago de fragmentos aunque el mapa de victorias locales siga siendo monolítico. El peronismo se hizo sentir en NEA y NOA, en el Gran Buenos Aires, y en el sur petrolero. Cambiemos sigue fuerte en la CABA, Córdoba, en la pampa húmeda. Y el FR (al que el lobby de Clarín, y la fuerza de la Nación, la provincia y la capital quisieron sacar del mapa) se mantiene fuerte gracias a ese voto de clase media baja metropolitano. Nadie tiene la vaca de la “mayoría” atada. Hay una circulación de nombres y discursos intercambiables, y un electorado que sin euforia vota lo que se ofrece. En la economía se sabe que algo tendrá que cambiar, y nadie quiere tocar nada del Estado social que asegura una cierta paz. Así parece definirse esta elección: en el día a día, en la negociación territorial larga y pesada, en el cruce de operaciones y gestos detrás del voto.

jueves, agosto 06, 2015

Juana Bignozzi


Juana Bignozzi murió ayer en el mismo hospital donde murió su marido hace dos años. El Hospital de Clínicas. Su decisión de atenderse siempre en el sistema de salud pública era parte de sus obstinaciones ideológicas. Hija de lo que llamaba con placer, la “aristocracia obrera”, llevaba como estandarte la filiación de un padre panadero y anarquista, luego comunista, que le dio un hogar donde se oía ópera, se leían los diarios de la burguesía, la prensa del partido, los libros de la Ideología, se cocinaba y se conversaba de política a toda hora. Le encantaba vivir en el centro de la ciudad porque, decía, yo soy la Clase Obrera, no tengo que ir a vivir al sur o a la periferia para hacerme de la Clase. Anti peronista inteligente: respetaba cualquier forma corporativa de poder (sindical, empresarial, clerical, armada) porque su punto de partida para la atención política se basaba en la “consistencia” material de ese poder. Terminó sus días reconociendo a Perón y al sindicalismo peronista (decía de Hugo Moyano: “Moyano es la clase, Moyano puede parar el país”). Estalina de la línea “Pepe electrificó Rusia”, al decir eso te representaba la imagen de un campesino encendiendo una lamparita por primera vez, perplejo frente al milagro moderno. Eso es la Revolución. Le encantaba decir en los reportajes que se fue en el 74 al exilio creyendo que a este país lo iban a terminar gobernando los Montoneros, y era una provocación que se pasaba por alto puntualmente. Volvió en 2004 a un país gobernado por los Kirchner. Cultivó un perfil implacable, fue querida por las nuevas generaciones de poetas que veían en ella lo que el poeta Martín Gambarotta llamó “juventud eterna”. Sus viejas amistades (Juan Carlos Portantiero, Juan Gelman, Carlos Gorriarena, Andrés Rivera, Beatriz Sarlo, María Moreno, etc.) no se tallaban en el amiguismo ni en la complicidad corporativa. Eran parte de su estructura de diálogos ásperos, irónicos, fuertes y también afectivos, muchos quedaron en el camino. Una noche de alcohol y conversación con Juana podía ser la última cena de una amistad. Siempre le interesó la novedad, pero no practicaba el desesperado oficio del descubrimiento de “talentos”. Esperaba que le lleguen y ella llegar a ellos. Como escribió “no hay nada más patético/ que la canción del verano la canción del momento/ pasado ese verano pasado ese momento”. Podía oír la eternidad. Fortísima lectora, la poesía, decía, era una “escuela del carácter”, donde los ideales estéticos son ideales políticos. Nos hicimos especialmente amigos en los últimos años, y era una amistad, ella decía, “como las del 60”. Sin límite de tiempo, de temas, de horarios. Ya estaba cansada de esta ciudad y del país. Extrañaba horrores a Hugo. Su último poema es la carta que nos dejó a los amigos para cumplir el protocolo de su muerte: cómo ser enterrada. De la que sólo diremos: si van a ver su tumba lleven flores amarillas. Hasta siempre, Juanita.

jueves, junio 11, 2015

A la que te criaste

El violín hermoso y nostálgico de los partidos políticos durante los 80 era el de la orquesta del Titanic. Los partidos funcionaban bárbaro, iban a elecciones internas, hacían congresos, tenían líneas competitivas, en los politológicos 80, pero el país se iba al tacho. Y se fue nomás. En los 90, la corteza partidaria se mantuvo lo más sólida que pudo, pero sin gente. La gente se empezó a ir. Billetera del 1 a 1 mató galán militante. Menem y Alfonsín sellaron la última Moncloa, el pacto de Olivos, para darse dos cosas: una constitución más moderna y liberal, y una reelección presidencial. El cielo y la tierra. Un pacto celebrado a espaldas del alivio social que aún mantenía la convertibilidad en los bolsillos dañados por la híper.

Algo de este viento ha vuelto, aunque sea como tendencia, en la estructuración electoral de este año: peronismo versus republicanos, en resumen. La solución de la crisis de representación (que era hija de la crisis económica) que en 2001 explotó, se dio pero con políticos, no con un “sólido sistema de partidos”, y con políticos que gobiernan. Políticos y Estado. Ganan los locales. Ganan los que gobiernan. “Gritaron que se vayan todos y se fueron los partidos”, dijo Ricardo Sidicaro. Hoy los radicales, los más adeptos al rito partidario, comen en su manzana la arena amarilla del Pro. Escenificaron en su Convención su propio vacío. Sin embargo, el problema está diagnosticado por ley: las PASO jugaron a favor de construir una tendencia de unidad y estabilidad partidaria, y uno de los hijos más preciados de esa ley es, paradójicamente, el FIT, el Frente de izquierda trotskista que hace ya varios años comienza a concentrar la existencia de una izquierda electoral clasista. Pero la disputa de dos candidaturas moderadas (Scioli y Macri), quienes descolocaron al no tan moderado Massa, en representación de bases sociales distintas, organiza este escenario de un modo inédito: porque Scioli y Macri aparecen como las versiones moderados de sus espacios. La “ancha avenida” existía, existe, y ahora la caminan Scioli y Macri. Caminan en puntas de pie mientras Cristina manda. Y Cristina se va sin “fin de ciclo”, más bien en un desenlace, porque: 1) el lugar común de los analistas liberales: porque “se va”; 2) porque enfrió la política, y se va sin rizos trágicos; 3) porque contuvo lo más que pudo la recesión económica generada en su tercer gobierno, para que los problemas los solucionen los que siguen (con fórmulas de ajuste o endeudamiento lejanas a su teología ¿que quiso y no pudo aplicar o que pudo y no quiso aplicar?); 4) conduciendo el peronismo y dejando las PASO entre dos moderados. Su mano sobre la lapicera hasta el último minuto. Y es notable: ahora se habla de FPV como nunca antes, el posicionamiento de Scioli y la aceptación paulatina de quienes lo rechazaban (¿recuerdan los zócalos 678istas sobre sus pactos con Magnetto?) ha logrado un efecto en la lengua: todos efepevianos, todos frentistas. Scioli es el nombre de lo maldito para el kirchnerismo: es lo que necesitó, lo que no pudo sacarse de encima. El poder tira más que una yunta de bueyes. Dijimos en este blog en 2010 esto.

En definitiva: ni FR, ni Faunen, ni Unidos y Organizados. Vuelta a los partidos. Peronismo y Pro. ¡Ataque ochentoso! Se acabaron las “terceras posiciones”, parece. El laboratorio político nacido tras el 54% tocó fondo: ni los ideológicos sin carrera política, ni los intendentes dolidos, ni los socialdemócratas. ¿Qué somos? Tiburones. Tiburones peronistas. Tiburones republicanos. Y afuera hay sangre.

martes, mayo 19, 2015

Estreno: "Damiana Kryygi" de Alejandro Fernández Mouján

Océanos Filma S.A y Gema Films presentan:  DAMIANA KRYYGI 




Una película de Alejandro Fernández Mouján

Estreno comercial 21 de mayo de 2015
Cine Gaumont - Rivadavia 1635

Trailer

Sinopsis:

Corre el año 1896. En la densa selva paraguaya una niña Aché de tres años sobrevive a la masacre de su familia perpetrada por colonos blancos. Es bautizada con el nombre de Damiana por sus captores. Antropólogos del Museo de Ciencias Naturales de La Plata en Argentina la convierten en objeto de interés científico para sus estudios raciales.

En 1907, a la edad de catorce años es internada en una institución psiquiátrica la fotografían desnuda dos meses antes de que muera de tuberculosis. Aún muerta los estudios sobre su cuerpo continúan en La Plata y en Berlín. Cien años más tarde, un joven antropólogo identifica parte de sus restos en un depósito del Museo. Su cabeza es encontrada poco después en el Hospital Charité de Berlín.

A partir de las fotografías existentes y los registros antropológicos en Argentina y Alemania la película busca restituir su historia a Damiana y acompaña a los Aché desde que toman la decisión de reclamar la repatriación de sus restos, hasta que por fin les dan sepultura en la tierra de sus ancestros.

lunes, mayo 18, 2015

Lo que nos ocupa es esa abuela, la conciencia que regula el mundo

"Mi deseo es que este país aproveche el talento de toda la población, no sólo de la mitad", dijo una vez.

Tarde sobre Tinelli

Tinelli los confunde a quienes más asimilan electorado con consumidor. FPV, FR, PRO, entran en esa. Los progresistas o republicanos más pulcros no. Pero hablamos de la “influencia” y… mmm. Mirar un programa supone una distancia, incluso algo que twitter patentó, el llamado “consumo irónico”. Salvo que apliquemos sobre los pobres que ven a Tinelli una suerte de “chori simbólico”: cuando llenás una plaza te dicen que van por los choris, pero cuando la gente ve Tinelli decís que votan mirando culos. Todo el mundo mira Tinelli, ¿qué vas a hacer? Nadie es boludo en este país. A esa hora, en Encuentro, te topabas con la imagen de Borges en blanco y negro. Tele de nicho. El tema es la relación espectáculo – política. ¿Quién está ajeno a eso? Cristina misma supone que la cadena oficial puede ser el armado de un espectáculo, de un baile, con las diferencias del caso, obviamente. Pero Tinelli como Intratables no politiza el espectáculo sino que espectaculariza la política. Los políticos tienen que mostrar su lado humano, su debilidad y convivir con la des-jerarquización, ahí donde cualquiera, un Brancatelli o una Fernández Barrio, en nombre de la democratización de la palabra, te humillan y te sacan del eje: de que el político tiene más responsabilidad y más especificidad sobre lo público. Tinelli los tienta con un rating envidiable, una audiencia policlasista absoluta, y les fija reglas inquebrantables. Como dice Alejandro Sehtman: la emisión misma de Tinelli es policlasista. Él tiene una política propia, y usa de un modo vandorista sus preciados segundos de aire: porque él también negocia cosas del “afuera real”. Me acuerdo de un movimiento intermedio de resistencia frente a eso: cuando Kirchner salió por teléfono, eludiendo a medias la gastada del Gran Cuñado del 2009, pero exponiendo que justamente lo que Tinelli no acepta es que le fijen otras reglas de juego que no sean las de él. Después, sí, es generoso, como lo fue con cada uno de los candidatos el otro día, y a cada uno le dejó hacer su speech. ¿Si yo fuese asesor de un candidato presidencial le diría que vaya? Negociaría hasta último minuto todo, pero Tinelli es una azafata que te puede abrir la puerta del avión en pleno vuelo y el político, ahí, está sin cinturón de seguridad. Es el único que no lo tiene. Qué crueldad.

miércoles, mayo 13, 2015

Radicales libres

Me pasó en el 2004: año de esplendor de las tasas chinas, y año que, con Blumberg en la cabecera, vivimos el fin de la luna de miel entre Kirchner y la Society Argentina (y, en tal caso, empezaba el matrimonio). Un año que no vivimos tan en peligro. Una tarde de otoño hice lo que hacía todos los días: tomar el 150 en Congreso. Me senté junto a un joven más joven que yo (26 contra 20), que estaba vestido con ropa deportiva: pantalón celeste tres tiras, zapatillas topper azules, chomba blanca y un bolso a los pies que rozaba mis pies. Me sobresalté cuando vi lo que tenía en sus manos: unos folletos de la Unión Cívica Radical. Tres años antes el último presidente radical volaba en helicóptero con el país hecho un desconche, ¿qué hacía este nativo con esos folletos a la luz? Los vi porque de reojo distinguí la cara del viejo santo de los laicos: Don Arturo Illia. Empecé a mirar el folleto, que él abrió e intentó leer, lo miré, y antes que piense algo raro, le pregunté qué era eso que leía. Levantó la vista, y con una predisposición inusual me contó que desde hacía un tiempo militaba en el radicalismo, y que estaba participando de un seminario de formación política. Me asombré, sonreí, mostré la complicidad pavota de los politizados que se encuentran vestidos de civil y lo primero que le pregunté fue si era radical por tradición familiar (ah, todo ese rollo de las filiaciones y la sangre azul de la política). Me dijo que no, que él era de Villa Lugano (a él se le ocurrió rápidamente decirme su barrio), y que su familia era más peronista. Pero sin que se lo pida, y adelantando jugadas, me expuso su juicio: me dijo que se afilió a la UCR porque pensó que “si el radicalismo es el partido que peor está, entonces, si me meto ahora, tengo más posibilidades de subir y ascender para cuando el partido vuelva a estar arriba, o sea, cuando vuelven al poder voy a estar bien a lo alto…”. Tal cual como lo cuento. Me dijo eso y se me quedó mirando, no como diciendo “ah, no te esperabas esto”, sino como diciendo: “ponele”. No era un idealista, está claro, y su argumento era el de un pragmático rústico aferrado a una ilusión bipartidista intacta: para él el péndulo de la política seguía teniendo nombre y apellido. “Entro al radicalismo ahora que no entra nadie.” Eso era todo lo que tenía para decir. Consideraba tan circunstancial la debacle radical de esos años que, cuando se restableciera ese equilibrio, él estaría ahí, inmutable, orgulloso de haber bancado la parada cuando nadie. Había en su razonamiento un argumento infantil tan obvio, tan básico, que me dejó mudo. ¿Podía pasar eso? No era uno de esos cien rosqueros que pululaban por los presupuestos públicos, me parecía uno de esos flaquitos, menudos, que miran desde afuera un partido de fútbol 5 y que entra porque les faltó uno, y que como no paga juega de pescador. Era un “permiso, ¿dónde me salvo?” en medio de ese país del 2004 en el que las empresas, las fábricas, los galpones, todo parecía reabrir, ¡salgan al sol!, vivíamos como en el final feliz de Luna de Avellaneda, y en ese espíritu este guacho habrá pensado “y cómo no va a reabrir, a la larga, la fábrica UCR”. Esa fábrica recuperada bajo control de los abogados. Su cálculo y su cinismo básico, casi tonto, se mezclaba a la inocencia con que iría a esas clases de formación en las que, presumo, le contarían más o menos una historia del país donde Illia, por ejemplo, ah, bajaba a leer el diario a un banco de la plaza de Mayo, porque era como un presidente-jubilado y bueno, la suma idiota de todas las debilidades que forman una “estatura moral”, tal como el radicalismo explicaba su debilidad (como fortaleza republicana, República = política débil), y yo pensaba también que en el fondo los radicales (viejos zorros que no eran ni ahí eso que decían ser) no se perderían lo mejor de este sátrapa inescrupuloso, joven argentino, con ropa deportiva, que me mostraba sus cartas a mí, un desconocido, a las 6 de la tarde arriba de un 150 atiborrado de gente cruzando la ciudad de norte a sur. Hubiera querido no bajarme en mi parada para terminar de completar el círculo sociológico de este protón que me dice: yo estoy acá, acá abajo, ¿ves?, y voy a llegar a allá, allá arriba, alto, ¿ves? Y ojalá ya se haya salvado de pasar la vida en Lugano. Ojalá haya llegado lejos en el palacio de víboras radichetas. Y ojalá odie a ese Illia que le vendieron en una maqueta, y que hoy repita este mejor piripipí: detrás de un político débil hay una voluntad colectiva quebrada.

(publicado en Revista Panamá)

martes, abril 21, 2015

“A la gente que ha perdido a seres queridos sin una causa: Perdónennos por no haber detenido la tragedia. Rezamos porque las heridas cierren. A los soldados de todos los países en todos los siglos, que quedaron lisiados para toda la vida o que perdieron la vida: Perdónennos por nuestros malos juicios y lo que ocurrió a causa de ellos. A la gente que ha sido abusada y torturada: Perdónennos por haber permitido que eso sucediera. Como la viuda de alguien que fue asesinado en un acto de violencia, no sé si estoy lista para perdonar al que jaló el gatillo. Pero sanar es lo que urgentemente se necesita hoy en el mundo. Sanemos las heridas juntos.”(Yoko Ono, The New York Times, en vísperas de un nuevo aniversario del asesinato de John Lennon, el 8 de diciembre.)

jueves, abril 02, 2015

Las islas que inventamos

Soy de la quinta que vio Malvinas a colores, que conoció Malvinas por la guerra. No hay Malvinas sin guerra. Nos enseñaron Malvinas, como nombre de guerra. Malvinas es el nombre de guerra de Argentina. Malvinas es la imagen de los soldados de la frontera temblando de frío o miedo o rabia, y el residuo de un mundo intelectual que dio su “batalla” de ideas porque Malvinas convoca a un gran debate, y en parte es la cita oficial a una fosa de cuerpos para decidir por qué murieron. Por la democracia o por la patria. El zombie de Malvinas busca esa identidad entre nosotros, en los pasillos del tren: ¿morí por lo que no fui a pelear? Volvió sin tierra pero con la democracia arriba del barco. Malvinas es un círculo donde se superponen demasiadas cosas. Son muchos temas a la vez. Malvinas como un último “Marchemos”, y el dedo índice apuntando a un lugar porque, quizás, de fondo, había que huir hacia adelante. O una vuelta a la infancia nacional, a un estado donde todos, muchos, casi todos, regresan. ¿El deseo de migrar? ¿Un lugar donde pasar el invierno? No. A) si la memoria no sirve para aliviar no sirve para nada; B) las Malvinas no existen. Las Malvinas no existen y las fuimos a inventar. Fue el viaje del hombre argentino a su luna tucumana: al satélite blanco que nos enseñaron a mirar. Y nos educaron para ir alguna vez a su conquista. Y si los imperios llevaron a un perro al espacio, nosotros llevamos a los colimbas. ¿Cómo pensar Malvinas? El silencio frente al desfile de cuerpos, el silencio frente a un tren vacío, el silencio frente a un campo de batalla donde se encuentran borceguíes abiertos. Ese silencio es territorio de una mentalidad argentina, islas de la metafísica nacional. Un lugar que, si real, no sabríamos qué hacer (¿quién va?). Formas rústicas del nacionalismo sentimental de cada pueblo, del “interior profundo” con su soldadito de plomo, con su madre que lo esperó en la estación de tren. Somos todo: razón y sentimientos. La democracia argentina es una madre desesperada buscando hijos, huesos, sangre en las piedras. Asociación Madres del Dolor: la democracia nos hace un poco madres a todos. No sabíamos lo que perdimos hasta que lo fuimos a perder.

¿Qué recuerdo tengo de Malvinas? Nada. Nací en 1978. De chico mi hermano contó la historia de un compañero de escuela que le decía que el novio de su hermana mayor había ido a la guerra. Y decía que lo habían decapitado. Que había quedado sin cabeza. Y que a pesar de eso había caminado unos pasos. El soldado sin cabeza dio dos pasos. El soldado sin cabeza dio tres pasos. El soldado sin cabeza dio cuatro pasos. Todos en dirección a la habitación donde dormíamos con mi hermano. El zombie camina. Pero no pasa nada. Malvinas fue un gran teatro argentino de la despedida de un mundo, de una guerra, de guerrillas, de la guerra fría. ¡Qué malentendido militar el de la metáfora de la guerra fría! La fueron hacer ahí, al medio del frío. Y una guerra nunca es fría. Es una calentura bárbara. Una guerra argentina es un concierto de “la concha de tu madre”. El país de la guerra sucia llevado a una guerra limpia.

Una vez la Argentina fue a la guerra. Y fue con todo lo que tenía adentro. Con Astiz, con ATC, con la CGT, con la Jotapé, con Hernán Figueroa Reyes, con nuestro chamamecito maceta, con la flora y fauna del litoral. En un avión negro fuimos con Monzón Napalm. Fuimos con las monjas del Ministerio de Bienestar Social. Todos juntos. Torturador y torturado, y los millones de indiferentes. Fuimos con las tías de Perlongher y con los peines de las tías de Perlongher y con Perlongher y fuimos para que Fogwill se quede escribiendo Los Pichiciegos. Fuimos con todo lo que teníamos. Fuimos con el grupo de tareas 3.3 y con la donación de sangre de los presos políticos no aceptada por el jefe del servicio penitenciario, ¡pero no aceptada con lágrimas en los ojos!, y fuimos con el Fondo Patriótico, la recaudación donde volvían a tocar los artistas del exilio y con las operaciones truncas de esa relación cableada del montomasserismo en sus yates del Mediterráneo, cuando trocaron Paraná Guazú por Sena. Fuimos con todo, con el correntino en balsa que era el tataranieto del gaucho Rivero según el revisionismo de Avenida Figueroa Alcorta. El comandante Tramontina. Fuimos con todo lo que teníamos adentro. Con el Capitán de la Armada, Pedro Edgardo Giachino, muerto el día 1 porque la leyenda dice que entró como se entraba al departamentito clandestino en Caballito de un militante del PST, del PRT: pateando la puerta, pero también fuimos con el militante que quiso ir a una guerra de verdad porque nadie se quiere perder una guerra de verdad en un país de mentira, peeeeero, compañeros, nos dicen que el camarada Giacchino entró como se entra a algo que queda en la calle Pedro Goyena y del otro lado de la cortina de hierro que corrió había un ejército de verdad y una bala dorada de la OTAN. ¿Quién se quiere perder una guerra de verdad en el país de la guerra sucia, de la guerra popular y prolongada o de la guerra psicológica? Marchemos a la guerra. Todos. ¿Malvinas era el amor de todo el síndrome de Estocolmo que había en esos años desplegado en trincheras? ¿Trincheras de amor? Los chocolates Jack. ¿No llegan? Que lleguen. El tubby 3 y tubby 4. La trova rosarina. Que llegue. Todos los clichés: el chocolate, los chicos, la radio, el extraño mundo de jack. Cuántas cosas que nunca pisamos sentimos nuestras. La educación malvinera es un abrazo a la ausencia y sobre eso se construye nacionalidad: entonces, pregunta de diván, ¿qué vamos a tener cuando las recuperemos? ¿Seremos más libres? ¿Esa vez sí? ¿Cuántas Malvinas ya tenemos fronteras adentro: hermosas islas vírgenes que esperan la pisada de la civilización argentina? Generaciones y generaciones educadas mirando al sur. ¿Censo 1982: 28 millones de tipos escuchando Wagner? ¿Censo 1983: 28 millones de tipos escuchando Víctor Heredia? ¿Somos polacos o invadimos Polonia? Valientes, vuelo al ras del mar, voluntarios de sociedad de fomento y la minoría de siempre de los que ya la veían... fuimos con todo adentro, con todo pegado al Gran Talón Argentino. ¿Oís? ¿No es como si se levantaran todos los soldados en esa nube de tierra para decir exactamente y al unísono la gran consigna nacional: la concha de tu madre? Fuimos a representar nuestro papel en el mundo, nuestro amateurismo y saña, nuestra risa con el agua en los pies, y un coraje “a lo correntino” que no alcanza, que nunca alcanza, o que alcanza sólo para ser un poco más libres por momentos, para huir hacia adelante a veces también. ¿Y si ganábamos? No importa la dictadura, la que se iba a caer como todo consenso y orden cae. Pero... ¿y si ganábamos? ¿Quién se iba a mudar allá? ¡Quién se entregaba a un desarraigo nuevo si hasta dio fiaca mudarse a Viedma, ciudadanos! ¿Pero, y si ganábamos, si una vez ganábamos una guerra, una guerra regular, una guerra con todas las letras, una guerra con firma de rendición y todo? ¿Qué venía después? ¿Quién nos paraba si ganábamos? Diván visceral: Argentina y su guerra mental mientras extendemos el campo de la paz, del orden, la administración. Guerra de la mente: se libra “más allá del tiempo”, en nuestras imaginaciones, allá, corriéndonos a ojotazos por el campo viejo y lleno de ceniza de la única guerra real que libramos y perdimos y ¡menos mal que perdimos, compañeros! Malvinas: inventamos un lugar donde vamos a hacer todo de nuevo, a empezar de nuevo. Malvinas como una isla virgen. Pero Malvinas es la guerra en la que podíamos haber tenido el final, toda la locura en marcha cantando canciones del ERP, las canciones salesianas, canciones de armónica y colimba, barro, tal vez, “los chicos de la guerra” pero también “los chicos de la guerrilla”, porque hasta hace treinta años para todo el mundo la adolescencia terminaba antes. Para la colimba montonera o guevarista tampoco había edad. Peregrinación Juvenil a Pie a Luján en Malvinas: cada uno convertido en madre en socorro de esos “chicos de 18”. Ay, se hacen hombres en nuestros brazos mientras “derraman sangre”. I don't want to be a soldier. La sangre derramada nace para ser negociada. ¡Vandorismo del ADN! ¿Y si Malvinas era la última oportunidad de la reconciliación nacional? Loco volvamos. Llevemos en andas a medio mundo. Al desfile de ancianos que vegetan por los estrados de Comodoro Py. A los que contaron seiscientas veces lo que les pasó. Vamos con todo adentro. A una guerra se va con todo lo que tenés adentro. Marchemos. Esa no la vio Galtieri: había que mandar a todos. ¿Querés ir? Andá. Aunque sea servís sopa en las trincheras. Calentás el mate. ¿Robledo Puch quería ir? Mandalo! ¿Para qué lo queremos 45 años secando yerba al sol? Porque una guerra es un lugar excelente para volverse útil, una arandela de una máquina que tiene que funcionar, darwinismo de raje: “¿para qué servís?, ok, andá”. ¿Los montoneros querían ir? Hubieran ido. Los mandás. Chau. Reconciliación. ¿Qué iban a hacer? Cruzado por las balas, ¿qué te pasó Pepe?, le preguntan. Nada, dice. Como un boludo crucé la línea con la pava gritando 'sargento, sargento, ya está el agua'. Y está acostado contra la pared de una cocina de campaña, con un tiro en medio de la frente del que cada diez o veinte segundos sale un chorrito de sangre guasa. Soy de la quinta que vio Malvinas a colores, que conoció Malvinas por la guerra. No hay Malvinas sin guerra. Nos enseñaron Malvinas, como nombre de guerra. Malvinas es el nombre de guerra de Argentina.

(De O & P)

martes, marzo 24, 2015

Fragmento de "Almirante Cero" de Claudio Uriarte

"El primer gobierno del Proceso llegaba, pues, a su fin con un desenlace paradójico respecto de sus objetivos originales: si en 1976 los militares se habían propuesto recuperar para el Estado el monopolio de la violencia legítima, en 1978 habían descompuesto por completo al Estado y a sus Fuerzas Armadas en una multiplicidad de zonas de influencia y de grupos de tareas. Una explicación para esto era el número de bajas requerido por la “guerra sucia”, que se había propuesto el exterminio absoluto de los jefes sindicales y profesionales más izquierdistas y la destrucción física completa de unas organizaciones guerrilleras bastante poderosas. Sin embargo, esto era sólo el “en sí” del Proceso, no su “para qué”. Simpatizaran o no con Martínez de Hoz, las distintas fuerzas militares lo único que hacían era convertir al país en territorio seguro para el “martinezdehocismo”, un programa económico que disfrutó de condiciones de estabilidad política como no habían existido en la Argentina desde la década del 30. Martínez de Hoz revalorizó el campo como principal exportador, liquidó las industrias pequeñas mediante una salvaje competencia importadora y creó dispositivos de especulación para la atracción de capitales. Las consecuencias de su plan en la estructura social fueron el decrecimiento del número de obreros industriales, el aumento de los trabajadores por cuenta propia, la proletarización de una parte de la clase media y el rápido ascenso social de otra.

El gobierno, que hacía desaparecer obreros concretos de noche, hacía desaparecer obreros estadísticos de día, y esa operación sólo podía realizarse en esas condiciones de máxima autoridad pública y mínima autoridad de comando."

jueves, diciembre 11, 2014

Marxista-leninista

El rock o el pop no dieron otra personalidad tan mesiánica como la de John Lennon. Rey de los Beatles, autor de una revolución que ganó, de una de las revoluciones triunfantes del siglo 20, comprobó el límite del arte, el límite de la política, el límite del comunismo y el límite de las micropolíticas en el lapso que va de 1968 a 1973. Aquí, un pedazo de ese llamado a la paz, para mí más desconcertante que ingenuo o tonto. El mejor músico del siglo 20.

jueves, noviembre 27, 2014

La Justicia

“Si se sabe dónde está el desequilibrio de la sociedad, hay que hacer todo lo que se pueda para agregar peso en el platillo más liviano. Aunque ese peso sea un mal, manejándolo con esa intención puede ser que no manche. Pero es necesario haber concebido el equilibrio y estar siempre dispuesto a cambiar de lado como la justicia, ‘esa fugitiva del campo de los vencedores’.”  (Simone Weil)

lunes, agosto 04, 2014

Balance de gestión

A Fogwill le encantaban estos versos andá a saber de quién: en el desierto del amor / el espejismo del poder. Sé lo que hiciste el default pasado, político argentino. Aplaudiste. Aplaudiste de pie, y el presidente de esa semana trágica, el capitán de fragata Adolfo Rodríguez Saa, dijo lo que dijo a sala llena, sonrió al decirlo, y paró de decir y, gustoso, dejó que el aplauso haga su ritmo como en una playa del Atlántico. Había un niño perdido. Un niño pobre, un famélico, un hurón en la noche de la mishiadura. Era la hora de la deuda interna, chau convertibilidad y sueño del derrame. La clase política (nuestros Miserables) vivía el primer día de la libertad después de, como dice Alejandro Sehtman, “representar demasiado”. Representar demasiado en las dos primeras décadas de democracia (y encima se la llevaron en pala). Representar demasiado los sueños de la libertad y el deseo de tener cosas. La libertad civil, la libertad política, la libertad económica. Una gran república a la que le sobraba el Estado (ENTEL, la picana eléctrica, Fabricaciones Militares, los sindicatos peronistas) nos hizo concha. La convertibilidad fue la verdadera primavera democrática, aunque rara: se le vino el invierno encima. Una primavera de economía gobernada por el orden democrático. La solidez de ese 1 a 1, de ese empate curioso, doctrina literal del consenso de Washington, digamos, incubó una bomba pero también solidificó un poder, un poder político, un poder civil, un poder civil a como dé lugar, y, el saldo victorioso es una suerte de consuelo de vencedores/vencidos: quién nos saca a los civiles del Estado… Nadie. No es que haya que releer la década del 90 por la disputa de la estética de la política, hay que releer la década del 90 también para entender mejor las lentas construcciones del orden justo ahora que, digámoslo, se abre un paréntesis y en algún lado se trama el futuro y sus (nuevos) consensos. A la década griega del alfonsinismo le siguió la década romana del peronismo liberal. ¿Y ahora? En política, en la vida, cada default es un mundo. 

¿Cómo termina esto? ¿Qué es exactamente esto que parece temblar y que no se termina de traducir en ninguna señal clara? Son los movimientos de una transición política en la Argentina que –parece ley- sólo se sabe hacer mal. Cada diez años se debe producir un estallido sobre las placas sociales, según las reglas del orden. Hoy nadie grita “a los botes”, el apocalipsis no será televisado, pero qué lento es el río de la historia. Y qué oscuro a veces. El sueño de la virtud republicana es la transición estable. El sueño de los republicanos argentinos (todos: los republicanos puros, los republicanos sucios, los republicanos peronistas, los republicanos de izquierda) es llegar al poder pisando tierra arrasada, refundando todo. Fundar más que continuar. La “moderación” de algunos de los candidatos que están en el candelero (más allá de la raíz ideológica de esa moderación) podría ser una señal social a favor de esa transición regulada: nadie quiere que todo cambie. El pueblo es un viejo zorro gatopardista. Macri (el enemigo favorito de muchos ká) propone la mayor dosis de refundación en su posible presidencia. Es, por el supuesto valor de su ideología explícita (“dice lo que piensa”), el que promete poner negro donde había blanco y blanco donde negro, según el cálculo de muchos kirchneristas que consideran una deshonra cualquier apreciación selectiva de “lo bueno” y “lo malo” en el saldo de su década. Como si en esa explicitación (“no todo fue malo”) hubiera un simple aprovechamiento ideológico que esconde la verdad ideológica invertida: para ellos lo bueno es malo, lo malo es bueno. Porque, de mínima, es un bueno/malo que nunca aclara qué es qué, y cuando lo aclare (cuando esos sean gobierno) será demasiado tarde. Ay, los “vidriosos”.

¿Hay default o no hay default? ¿Hay arreglo entre privados? Las preguntas de este miércoles de ceniza, simultáneo al entierro de Don Julio Grondona, es una de las encrucijadas medulares de la “transición ordenada”. Todo pasa es todo puede pasar, en el sentido más intenso de lo que eso significa.

(Publicado en Ni a Palos, 2 de agosto 2014)

jueves, julio 24, 2014

Teorema naranja

Leemos a Pablo Touzon:

Scioli parece haber resuelto (y ocho años al frente de la Provincia de Buenos Aires así parecerían atestiguarlo) con maestría el problema de gobernabilidad bonaerense. Y los índices de popularidad refrendan que le sea posible superar la maldición del Gobernador que no llega a Presidente. Scioli sale por arriba del laberinto, su solución al problema de la Provincia es bien simple y bien difícil a la vez: No gobernarla.
Una vez, una mañana, básicamente: el día después al cierre del canje del 2005, yo trabajaba en un programa del gobierno de la ciudad y tenía que ir dos veces por semana a la sede de avenida de Mayo, frente al Cabildo. Y esa mañana en la puerta del Cabildo me crucé a Guilermo Nielsen (del equipo de Lavagna), me paré, él iba con alguien más, le dije: "Señor, gracias, usted es un patriota", y le di la mano. Casi llorando. El tipo me miró como si lo hubiera saludado un nativo. En fin. Tengo este problema con Lavagna: no puedo odiarlo.

jueves, mayo 29, 2014

Poema inédito de Juana Bignozzi


yo hubiera querido casarme con alguien que ostentara el poder
un jerarca nazi con el que hablar de wagner
y en un sueño que supe imposible con un general soviético del
pacto de varsovia
para usar gorros de visón
y sobretodos de cuero hasta los pies
como los vi en el este
un peronista para no poder ir a comer a mi casa
pero nunca con los supuestos derrotados
que no supieron distinguir obreros de privilegios gusto de rebelión
nunca con una clase media ramplona
en la que el gusto es la cursilería
todas tenemos hombres perdidos los míos son esos
los otros los leales siempre estuvieron
siempre siguen ahí

miércoles, abril 02, 2014

El Estado es el otro

Hay Moncloa. Todos piden más Estado: los que piden seguridad, los que piden trabajo en blanco, los que piden más impuestos, los que piden menos impuestos, los que piden dólares, los que piden 82 % móvil, y así. Dicen Estado pero dicen muchas cosas a la vez. O como el círculo de fuego del viejo 8N: piden que venga el Estado para sacarles el Estado de encima. Porque nadie, a su modo, pide “menos Estado”. 

Hablemos de los linchamientos. Hay dos discursos: 1) ese momento ideal para el buen samaritano: mira a una parte de la sociedad como un conjunto de pequeños Ku Klux Klanes. Gente blanca sobre un “negro”. Todo simplificado hasta el punto de sólo estar cómodo con el culo en los prejuicios (mientras los hechos de estos días dan cuenta de algo más enmarañado); 2) ese discurso culposo de no cargarle nunca la cuenta a nadie, así como habló Massa: hay linchamiento porque hay Estado ausente. O sea: pedir siempre más Estado, nunca pedir “más Sociedad”.

Cristina respondió, pero subrayó esa línea, al decir, junto al cura del SEDRONAR: acá estamos, incluiremos. En ambos discursos el Estado siempre es el otro, eso otro que en su ausencia es capaz de exculparnos de cualquier acto, porque, en definitiva, así parece, todo es acción sobre “el terreno vacío del Estado”, y el acto social sólo contiene la ausencia estatal. Para Massa el Estado podría ser a través de las cámaras un gran ojo que nos ve. Para Cristina a través de las políticas públicas un abrazo franciscano que no nos deja solos. Y esos dos ideales nos subrayan otro ideal imposible: que un individuo pueda “ser” el Estado democrático cuando ocurre un delito. ¿O no es eso una sociedad civil, en parte? Pedir Estado parece declarar la inocencia social. O sea, ¿la sociedad tiene valores que sólo el Estado garantiza? ¿Pero en cada ausencia del Estado no hay una ausencia de la sociedad? Los vecinos/testigos de un robo también pueden actuar como la “civilización que falta” frente al hurto, y no como la barbarie que late bajo el piso civil. Decir eso no es progresismo, entendido para la chacota. Decir eso es tratar de poner un grado cero, un punto de partida.

El Estado es una campera: de un lado corderito, del otro lado piel de lobo. El debate político parece ser entre darla vuelta para uno u otro lado. Mientras, esa sobredimensión del Estado hace a una ciudadanía débil: no esperar nada de nadie, total, el brazo que no doy, lo tiene que dar el Estado. Es una sobredimensión que nace de las mismas fuerzas políticas que sobre-ofertan las capacidades estatales. Por cada “más Estado” un “más Sociedad” también. Y yo haría una remera como las de la ecología (save the wales) pero al revés: No salvemos a la sociedad. Nueva ecología para un mundo mejor.

Massa acentúa su reclamo de “mano dura”, como si dijera: es mano dura estatal o es mano dura social. Ustedes elijan. Pretendiendo subrayar en el linchamiento la prolongación del “hombre común”, como el protagonista de Un día de furia, que aguanta y aguanta hasta que no, y ese día tiene su bate de beisbol en la mano. El hombre es el lobo del Estado. Cualquier discurso de mano dura desprende la convicción de que “la gente es violenta”. Dijo estos días el sociólogo Gabriel Kessler: “no es normal pegarle entre muchos a uno”. Y decir esto no es negar el derecho a defenderse. En las redes sociales hay un tic anti progresista: oponer “la calle”, cierto realismo sucio, a la oración bien pensante. Pero: no son “normales” los que entre muchos le pegan a uno.

Mientras escribo, leo que ya surgió un colectivo de abogados garantistas anti-linchamiento. Velocidad de cualquier business simbólico. Los progresistas lo sabemos: juntarnos es al pedo. Infiltrados, mejor. La transformación progresista esconde una cartilla de cambios a espaldas de la sociedad. Porque el buen izquierdista nunca plebiscita todas sus ideas. Los argentinos somos 40 millones de de todo un poco. Y con miles de hijos de puta también. Un viejo amigo me lo grabó en el bocho: la clase política está a la izquierda de la sociedad. Lo creo (con las excepciones que vengan al caso), y prefiero mil veces a la clase política que al periodismo.

Empecemos de nuevo. Vida de David Moreyra: joven argentino en el “país de la inclusión”, roba, huye, lo pescan; la turba lo mata; la familia dona sus órganos.

(este domingo, esta columna en Ni a Palos)

jueves, noviembre 28, 2013

Salud de la república

(Texto completo acá)

(...)

Moreno es la leyenda política más autoconcientemente construida desde 1983. Uno tiene la impresión de que trabajó como un obsesivo de la gestión, del detalle, Axel Kiciloff lo describía como un ferretero, que sabía dónde, en qué cajón, se guardaba cada clavito de tamaño X. A la vez, su pasión por el derrame de leyenda ensalzó el único personalismo que los Kirchner toleran a su lado: el de los que son capaces de incendiarse, de quemar todas las naves. Un energúmeno a lo bonzo que hace reír en palacio, pero cuyo fuego también pudo quemar algunos puentes con las mayorías que miran sin gracia las gracias lejanas. Porque los temas de Moreno eran los temas de la justicia social: LA CARNE ARGENTINA. Moreno impuso ese tic de incorrección, de funcionario 24/7 que personaliza todos los debates, que posa de barrabrava, que se enamora de ser un “feo, sucio y malo”. Fue el más enfático en disputar al papa, era el más “ni yanqui ni marxista” de un gobierno que imaginó siempre a su izquierda “la pared”. Moreno fue un “malo bueno” (injusto y guarango con los injustos, los que creen que tienen derecho natural al buen trato y a la sumisión), fue un esotérico (un kirchnerista católico), y fue un simulador de una violencia incomprobable (¿realmente más allá de ese vozarrón nasal daba miedo?). El funcionario de trato directo, despectivo, pero justiciero era intachable. Y obligaba a que propios y ajenos hicieran esa distinción: no es corrupto. Como cuando la presidenta, delante de todos los ahorristas en dólares (sus funcionarios), le preguntó en tono cómplice: “¿Moreno, usted ahorra en dólares?”. Yo no, decía con el gesto, sonrisa pudorosa, un nativo entre millonarios. Abría las manos. Tengo las manos limpias de dólares. “¡Tienen las manos sucias de sangre!”, les gritaba a los periodistas de Clarín en un cóctel en La Embajada. Su problema eran las manos: la mano invisible del mercado, la mano negra del Estado. El mercado central y La Salada eran sus vicios, su ring de titanes de la economía real. Su diplomacia “alternativa”: Argentina tuvo dos hombres en Angola, Guevara y Moreno. Su excesiva conciencia para autonarrarse, es decir, para conseguir amplificadores de sus chistes y exabruptos de palacio también lo condenan a ser, en el futuro, un personaje peronista en busca de un autor. Porque, como a muchos, la cuenta del producto de poder por sobre el consumo de poder le da deficitaria. Su integrismo piantavotos, su simpatía exclusiva entre propios, su pasado militante modesto, porteño, en Las Cañitas antes de ser “Las Cañitas” pero sin ser La Matanza, lo obligará a ser el pensionado de un papel, de un chiste, de una política de justicia sin tantos logros, porque trabajó para el bien de barrios humildes en los que podría caminar sin ser reconocido.

jueves, octubre 03, 2013

La próxima lo ganamos

Por Guido Mignogna



Tengo un amigo bostero. Repugnantemente bostero. Su mail es papaboca, sus tuiters, en un 99 por ciento van destinados a recordarnos lo que son. Mi amigo también es excesivamente antikirchnerista. Auténtico y visceral. En la adolescencia nos llevábamos muy bien. Con el tiempo, nos vimos menos. Hoy, compartimos Ac Calor, un engendro maravilloso de amigos que juegan al fútbol todos los sábados desde hace diez años. Hicimos un pacto implícito y no hablamos de fútbol ni de política. Hace unos meses estábamos jugando a un juego de cartas que se llama Presidente. Un juego horrible, pero que nos divertía porque era, a su vez, muy picante y la mayoría de las veces terminábamos totalmente en pedo. Esa noche, para llegar al poder se habían armado dos bandos. Nosotros quedamos enfrentados. La hostilidad del juego crecía hasta que en un momento me derrocó, tomó el poder y me mandó al fondo de la pirámide. Su grito de guerra fue: “por gallina y kirchnerista”. A mí me causó mucha gracia. Sentí que se estaba sincerando, que lo tenía atragantado hace años. Hoy todavía jodemos con eso.

Este bostero irritante tiene una historia que quiero contar. River-Boca, junio de 2004, cuando perdimos por penales en las semifinales de la Libertadores. El dramatismo de la fase hizo que cada uno de los partidos se jugara sin público visitante. El partido de ida, con el recordado arañazo del Muñeco Gallardo, lo ganó Boca 1 a 0. La vuelta, entonces, era en el gallinero y no permitía hinchas de Boca. Esa semana, los noticieros se divertían buscando historias de bosteros camuflados que se hacían socios de River para luego terminar sacando su entrada e ir al partido de vuelta. Mi amigo, con buenas conexiones políticas en el mundo Boca, consiguió su entrada. Su familia, enferma y ultra bostera, le rogaba que no fuera. Nosotros, los hinchas de River, habíamos diagramado una estrategia bastante divertida: todos a la cancha con alguna camiseta del millo. Hasta último momento no sabía si iba a ir. Como muchos otros, bosteros infiltrados y gallinas despistados, no negoció los colores y se mandó igual, asumiendo los riesgos. Tenía una entrada para la Centenario alta. Llegó sobre la hora, se acomodó en un costado y vio todo el primer tiempo sin mayores problemas. El cero a cero era el resultado perfecto por dos razones: significaba que pasaba Boca y, por sobre todas las cosas, no tener que exponerse a un gol a favor o en contra. Cualquiera de las dos circunstancias lo podían hacer pisar el palito. Segundo tiempo y empieza el quilombo. Gol de Lucho González. Puño cerrado y festejo. River se venía y estaba cada vez más cerca del segundo, lo que le hubiera dado la clasificación. La cancha se venía abajo. Él también. Estaba totalmente arrepentido de su decisión. Pero llegó entonces esa Guillermeada de Barros Schelotto – ese petiso ladino que siempre nos complicó la vida- y logró enfriar el partido, echar al débil de Sambueza y poner a todo River muy nervioso. Gol de Tevez. No aguantó. No supo que hacer. En un movimiento se sentó, puso su cara entre las rodillas y pegó un grito. Ese grito, todos sabemos, era de gol. Ante la desesperación y el desconcierto de sus vecinos ese grito no lo delató. Pasó cerca. Ahora tenía que aguantar un rato. Boca se clasificaba y ya faltaba muy poco para terminar con la ficción. El gol de Nasuti a segundos del final lo puso en jaque de vuelta. Ahí tuvo que ceder al contexto. Un grito de gol y un par de payasadas para demostrar su (falsa) identidad. Menos mal: a diez metros, descubrieron a un gallina “poco efusivo” y le dieron para que tenga. No podía más. Llegaron los penales. Pensó en irse. Los penales no se pueden actuar, se convenció. Arrancó la retirada. Cuando empezó a bajar las escaleras sintió que si alguien lo agarraba yéndose era número puesto. Volvió hasta el pasillo y escuchó, mientras caminaba estúpidamente para cualquier lado, el 1 a 0 de Salas. No le gustó ese lugar ni quiénes estaban ahí: el grito de los goles no formaban esa única voz explosiva, previsible, sino que el grito del pasillo era más bien personalizado, a destiempo, donde la ira de cada voz era distinguible y retumbaba en un eco que era la locura. Además, el hecho de compartir con sus enemigos la complicidad del que no aguanta ver lo que pasa en otro lado, y a su vez, ser parte de la exhibición de un repertorio patético de rezos y sobreactuaciones, hizo insostenible su estadía ahí. Del pasillo a los baños, sin pensarlo. Peló una radio que tenía y se metió en uno de esos boxes que nunca se cierran del todo. Era preferible escucharlo por radio en un lugar todo cagado y meado que estar allá arriba, jugándose la vida. Ya no confiaba más en él. Prendió un cigarrillo que se iba a consumir solito, sin siquiera una pitada. Con el culo y las piernas apoyadas en el inodoro, y con los dedos índices de cada mano apretando los auriculares como para abstraerse, oyó el relato de la primera emisora que encontró: Costa Febre. Cuando Abondanzieri le atajó el penal a Maxi López se largó a llorar, desconsoladamente. El gol de Villarreal potenció el llanto. Habían ganado. Se quedó en el baño, solo, llorando, como un nene, o como un hincha de River. Su reacción era igual a la de todo el estadio. Cuando salió y entendió que tenía que irse de ahí, se cruzó a un viejo de unos ochenta años, canoso y alto –siempre creyó que era Amadeo Carrizo- que lo vio moqueando y le dijo: “pibe, tranquilo, la próxima lo ganamos”.

martes, agosto 27, 2013

Adelanto exclusivo: la genial "crónica papal" de Gonzo

Diego Sánchez ("Gonzo", @diegoese) hizo el circuito papal y lo cuenta este domingo en Ni a Palos. Aquí un adelanto:

"El siguiente destino es la escuela “Cnel. Ing. Pedro Antonio Cerviño”. Allí el pequeño Jorge cursó sus estudios primarios. Javier (el guía) nos lleva cuatro cuadras por la calle Pedernera, y tras pasar la mítica heladería Palmeiras, la Universidad de Flores y esos comercios ignífugos que ayer recargaban cartuchos y hoy hacen trabajos dentales, se detiene. “Los hice parar acá para que vean estas casas, que son lo más parecido a cómo era el barrio en la época en que vivía el Papa”. Conozco esta esquina. Estamos en José Bonifacio y Varela, a 100 metros de donde viví durante más de diez años y donde aún hoy viven mis padres. Javier insiste: “Son las típicas casas chorizo, como las de los cuarenta, antes de que el progreso y la modernidad cambiaran todo”. Me cuesta abstraerme e ingresar en su relato. La Miami woman está fascinada con ese paisaje humilde y jesuita, que a mí me recuerda a la adolescencia en los años noventa. ¿De quién es el pasado? Javier repetirá varias veces eso del “progreso que arrasa todo”, como si en el fondo el tour fuera un paseo por la entropía irreversible de la modernidad, aquello que convirtió al Flores ingenuo que vio nacer a Jorge Mario Bergoglio en este Harlem blanco donde los reventados, los talleres clandestinos, la clase media originaria, los coreanos y judíos, el centro comercial, las villas, y los puteros lúgubres que aún no recibieron la caricia gélida del feminismo audiovisual, dieron forma a la figura sufrida y misericordiosa de este inesperado Papa Francisco."

jueves, agosto 22, 2013

Representación o muerte

por Tomás Borovinsky (@borovinsky)

La representación es una cuestión de vida o muerte. Hay representantes porque hay división social del trabajo y porque no podemos gobernar y debatir todos juntos. Así no se puede: alguien tiene que laburar. La modernidad es contratar a alguien para que te represente y dicte las leyes y gobierne y te negocie el salario. División social del trabajo y confianza son la claves de toda vida social (post)moderna. No todos podemos, ni queremos, gobernar. Civiles somos todos. Nosotros vivimos nuestra vida porque alguien nos cuida y se lleva la basura y hace todo ese trabajo que no sabemos ni queremos hacer.

Es un lugar común pensar que la Argentina es un país de grandes rupturas. Un péndulo. Bien. Ahora pensemos las continuidades: treinta años de democracia, tres familias, dos partidos políticos. Somos Estados Unidos de Amnesia, en Unión y Libertad: entre la continuidad y la memoria derramada vamos construyendo el país que tenemos. El que se puede construir con lo que hay. Desde 1983 siempre ganaron los mejores: Alfonsín a Luder, Menem a Angelóz, Menem al Frepaso, Kirchner a Menem, CFK al panradicalismo + Lavagna, CFK a la dispersión. La política no es a la carta y se elige entre lo que hay. Siempre ganó el mejor quizás con la excepción de la fatídica elección de 1999. La Alianza fue el hecho progresista del país peronista y entramos al siglo XXI con un Y2K político que nos reventó en la cara en ese 2001 en que entró Duhalde por la ventana-parlamentaria. Duhalde vino a restaurar las leyes y el orden y a salvarnos de nosotros mismos. Orden y progreso (social) sin derechos humanos.

No se puede vivir en estado de asamblea permanente porque hay que producir y decidir. Duhalde nos salvó de nosotros mismos y sentó las bases económicas, políticas y emotivas para que llegara Kirchner y reafirmara el lugar de la autoridad y nos re-colocara una vez más en la senda del país normal. Hoy la verdadera batalla cultural radica en definir qué es un país normal. Kirchner en 2003, Menem en 1989, Perón en 1973: un país normal. Lo mismo para el 2013: CFK, Binner, Scioli, Massa, Insaurralde. El país normal es un sueño eterno.

El peronismo es el modo que tienen los argentinos de insertarse en el mundo. Que una parte importante del legado social y liberal argentino sea de origen peronista es menos místico y más concreto: es una cuestión estadística. El peronismo es el que más gobernó y para mantenerse en el poder modernizó la patria a su modo: un darwinismo social partidario. Una modernización cultural financiada por las arcas del Estado solventado por el comercio mundial (Perón, Kirchner) o por los flujos de capital viajero (Menem). Ayer el trigo y hoy el yuyo. La soja es continuidad: la trajo Perón en un avión Hércules venido de los Estados Unidos setentistas, Menem le dio el giro transgénico y con el kirchnerismo se tradujo en arcas de Estado gracias a las retenciones de Duhalde. Continuidades del país rupturista.

En la vida política democrática no hay sangre derramada. El peronismo es una meritocracia: quien gana se queda con todo porque es el que más representa. A diferencia del progresismo que impone candidatos por portación de nombre o porque sí la política duradera pide a cambio mayor representación. El que produce más poder dura y forja la patria a mediano plazo. Quien dirige lo hace porque cumple representando lo más que puede. Pero hay un límite porque no todos somos representables aunque caigamos sistemáticamente en la ilusión de tener un representante vitalicio permanente. Algo se escapa siempre porque sociedad y Estado no son lo mismo y porque partido y Estado tampoco. Toda sociedad es en el fondo sociedad anónima y esos desfasajes hacen a la volatilidad democrática que nos llena de incertidumbre y libertad. La representación se negocia cada dos años y barajamos y damos de nuevo porque nadie es para siempre y porque siempre tiene que haber alguien que represente los pedazos de la sociedad que nunca van a encarnar del mismo modo. Y así pasa el tiempo. La democracia (liberal) te desdramatiza la vida y la vida es eso que pasa mientras gobierna el peronismo. Representar o perecer es el dilema. Dar es dar. Es la democracia, estúpido.

lunes, agosto 12, 2013

Dispersos y representados

El gobierno perdió. A partir de ahí todas las lecturas son posibles, como la de que es la primera fuerza nacional. Pero del 54% a este resultado hay un viaje de errores políticos, de problemas de gestión, de deterioros sociales o económicos. De la vida misma. La retórica plebiscitaria de la campaña hace poco creíble ese esfuerzo porque una elección parlamentaria tenga una naturaleza totalmente distinta a la de una elección presidencial. Fue en una parlamentaria (2005) en que el kirchnerismo mató al duhaldismo. No se me pongan republicanos esta noche los feligreses de Laclau. No se caguen a piñas con la realidad.

Cristina resume muchas condiciones políticas juntas en demasiada soledad: tiene perfil de gestión, vocación de poder y un liderazgo afectivo que es muy “tómalo o déjalo” en las franjas de adhesión y rechazo. Pero una aceptación más volátil en el núcleo que define mayorías de minorías. O sea: el kirchnerismo nunca tuvo la vaca de la mayoría atada. La curva oscilante de sus votos lo demuestra. Y su minoría intensa funciona a veces como árbol que tapa el bosque: los actos, la cultura militante, la lógica de espectáculo, todo lo que encierra el clima en una fiesta que se representa a sí misma.

Pero en cuanto a los errores políticos cometidos a partir del triunfo de 2011, que serían “errores de construcción”, se me ocurre la creación de Unidos y Organizados como ejemplo de una política endogámica, participativa pero no representativa, que fija en torno al Estado una dinámica que no es territorial en el sentido clásico (prácticamente sin municipios y sin sindicatos), sino una suerte de “sin tierras” que acompañan con militancia todo el catálogo de la agenda de gobierno, pero que actúan como representantes del gobierno ante la sociedad, es decir: aún en la victoria el gobierno se mostró a la “defensiva”, en luchas anti corporativas difíciles de comprender para la mayoría de a pie. Sus figuras relevantes (Sabatella, Moreno, Berni, etc.) no sirven para ganar elecciones, no construyen puentes con sectores sociales, son alumnos aplicados del mandato presidencial. Al kirchnerismo le faltaron políticos. Otro error sería –llamémosle así- el “exceso cultural” (algo que previsiblemente desemboca en la crítica a la comunicación que nos da pereza repetir). Ninguna de las dos cosas hizo a un gobierno más atento a la calle.

La campaña bonaerense (que es casi todo) dependió de una sobreexpuesta Cristina, de un buen intendente desconocido al que había que hacer conocido urgentemente y de un gobernador popular y vapuleado que, de pronto, era iluminado por el fuego sagrado kirchnerista. Scioli pasó del zócalo en la TV Pública, donde decía que conspiraba junto Magnetto, a ser la esperanza del kirchnerismo. La política tiene velocidades, las sociedades tienen otras. El kirchnerismo en tiempos electorales de golpe (a último momento) se muestra demasiado confiado en el poder territorial, en el arrastre, en las “picardías peronistas”, en el poder municipal. Y, puede fallar. El voto es secreto.

Una elección es ese proceso que confirma si consumís o producís poder, o sea, veámoslo así: se vive una tensión entre los que se saben las 20 verdades peronistas de memoria y no ganaron una sola elección versus los “otros”, la generación intermedia, la política “descremada”, pero que es el club de los junta-votos. Y ahí empieza la valoración de los políticos, y de los políticos peronistas sobre todo, que merece ser atendida.

Dos cosas:

De la derrota de 2009 nació la AUH. ¿Existe margen para una espectacularidad así? Es difícil. El tiempo entre una primaria y una general es corto y condicionado.

De la política de restricción al dólar se deben desprender las lecciones porque es el mojón más duro que impactó y desconcertó. Hay que releer “el cuento de la economía” (léase: si no hay dólares me están cagando). Decimos: 1) la lucha contra el dólar es una batalla cultural difícil y perdida (máxime en contexto de inflación, donde hay que sacarse la plata de encima, ¿o guardarla como fetiche, tal el billete de Evita?); 2) el rechazo al cepo es un límite a un tipo de autoritarismo económico y el gobierno lo hizo pasar como una decisión racional, cultural, emancipadora, pero tapando una situación que hubiera sido socialmente entendible (las fugas de dólares) y ante la que se podría haber advertido el problema y buscado la solidaridad. El celo de no mostrar fisuras, de no abrirse, termina creyendo que es posible tapar la economía con la política. El relato obtura la gestión.

Redondeemos. Por deficiencia opositora el FPV contrasta su resultado nacional con su propio resultado anterior. No hay otra fuerza política nacional que haga sombra, por más que las victorias totales dibujen un mapa multicolor, como el que se puede ver. Lo del radicalismo como segunda fuerza puede parecer, en parte, un formalismo. Hay oposiciones fuertes, de raíz territorial: Pro en CABA, Socialismo en Santa Fe, peronismo disidente en Córdoba, radicalismo en Mendoza, cuyas identidades hacen difícil que hagan sistema nacional. (Y un dato las derrotas impensadas, como la de San Juan, un bastión.) Lo del FPV y el FR es un capítulo peronista. La PBA es el territorio real y simbólico elegido para concentrar todo el esfuerzo kirchnerista desde 2003. Conurbano y derechos humanos. Se ganó, se perdió, se ganó, se perdió, y así. Y así. El kirchnerismo, ahora, parece una suma de minorías, de triunfos parciales, de derrotas dignas, que en su coordinación federal conforman el partido nacional. Esto le deja el camino liso para la competencia que viene: la de la generación intermedia. La forma de los políticos de un nuevo tiempo a la conquista de una nueva mayoría. Políticos de baja intensidad, no fundacionalistas, que vienen a enfriar la política para ordenar la economía. ¿Y qué será eso?

Ninguna elección es "pueblo tallando en piedra". Ninguna. A vivir con esto.

lunes, agosto 05, 2013

"Yo te di ese amor que fue triunfo"



Mejor frase de Cangallo: "dormir la siesta es amanecer dos veces". 

La política es Estado-céntrica. Siempre. Y menos mal que la política es Estado-céntrica. Y ahora, encima, en el país ganan los que gobiernan. Salvo (de los grandes distritos) en Mendoza. Donde -además- no hay reelección. El FPV es un partido de Estado. Una confederación de gobiernos provinciales y municipales con centro en el fisco nacional y en Cristina, el solar de la abadía. Lo que articula la presencia territorial del partido es el Estado, la distribución de recursos. Y eso incluye el mérito de saber hacerlo.

No sigan hombres, no sigan ideas, sigan al presupuesto. Estamos en Argentina. Si construimos el Estado, construimos lo demás. Difícil para la competencia, eso sí. Te juro por las nenas que no estoy siendo cínico. Tengo un hijo, quiero que de acá a que nos entierren a todos viva en un país gobernado, gobernable, representado. La política es exactamente que la sangre no llegue al río. Estado para las necesidades, mercado para los deseos. Ya sé, ya sé: todo es más c o m p l e j o. Y conozco el cuento de la culpa cristiana y progresista: “Nada lo quiero para mí/ todo lo quiero para todos”.

Dejamos, entonces, pegada en la heladera una cosa más:

Preámbulo: el peronismo no es un movimiento ni un partido, es un sistema.

Lo que mide el resultado del FPV no es en relación a otras fuerzas nacionales (¿las hay?) sino en torno a sí mismo, a las condiciones en que queda el oficialismo para la expectativa inconfesada de siempre: ¿qué pasará al interior del peronismo? ¿Cómo queda, en qué condiciones, tanto para la aspiración reeleccionista como para la gobernabilidad hasta el 2015? Mal para lo primero, bien para lo segundo. Va a tener condiciones para gobernar y para administrar la sucesión, la herencia, la fuga o la cima. Objetivamente. No se termina el kirchnerismo, se terminará, en tal caso, un tiempo. Ninguna década es igual a otra, compañeros. ¿Cómo será la representación del tiempo y el espacio que viene?

Lo que Massa ya logró no lo logró para él. Su efecto se mide en dos planos: primero ayudó a “abrir” más el proceso en el peronismo. (¿El kirchnerismo no esperaba el salto massista y su estrategia sinuosa de kirchnerismo sin kirchneristas, de menos “vamos por todo” y más 2005? ¿Existe ese espacio? ¿Es sostenible un negocio tan redondo y tan didáctico entre lo bueno y lo malo, entre ruptura y continuidad? En el sobrepoblado microclima por momentos parece imposible. Pero el voto popular es una cosa que sin duda sucede en el futuro.) El segundo efecto es sobre Scioli, una figura a esta altura dramática, que tardó 48 horas en reconvertirse en algo, en casi todo, en la punta de lanza de la campaña, en casi testimonial, y en el creador de una metáfora (la del embarazo) exculpatoria para un hombre cuyo horizonte no puede salir del cuerpo: “me la pusieron de nuevo”.

Pero lo de Scioli es racional: no quiso tener de jefe a Massa, porque para Scioli los jefes pueden ser Menem, Duhalde, Kirchner, Cristina, pero no un par “generacional”; de esa liga a la que pertenece junto a Massa, Insaurralde y otros. Scioli tampoco quiso poner la provincia al borde del colapso administrativo y presupuestario. Scioli vuelve a la usina Gestar, a la incubadora, al caos original. Scioli no puede suponer nada del futuro. Ni siquiera que no se repita un maltrato nacional cuando –supongamos- sienta que su carrera está despejada. Pero encontró su propio camino en ese túnel.

Hay algo que ya ocurrió en todo esto que está en juego. Antes y después de los resultados. Bocha de tiempo queda. ¿Qué sistema es este en el que los que gobiernan ganan y donde no hay partidos?

Me fui. Hasta el próximo Post.

jueves, julio 18, 2013

Animales sueltos

La disputa política del momento encontró su narrador: Alejandro Fantino. Sus entrevistas en el programa “Animales sueltos” en el canal América describen por su irrupción en los medios lo que podría ser (aunque no es) un nuevo estilo de comunicación. Un paradigma liviano. Alguien que pregunta, repregunta, habla de inflación e inseguridad, conoce el idioma kirchnerista, dice “corpo” y "conflicto", pero subrayando un extrañamiento y poniéndolo en representación de millones. ¿Qué es esto? Bien mirado Fantino hace un puente entre minoría intensa y mayorías. Complementa la época. Ayuda a todos. Su fenómeno recibe atenciones de varios analistas. Pero una en estos días, más periférica y brillante, en el blog “Deshonestidad intelectual” de Manuel Barge. 

Fantino crece como entrevistador político en espejo con el despliegue de la generación intermedia, esa a la que pertenecen Massa, Scioli, Insaurralde, Macri, De Narváez, Boudou, etc. Es una generación con pasado liberal y presente peronista. Un peronismo natural: la identidad del poder. Fantino encaja perfecto con ese ascenso y resulta por ahora el modo de la comunicación política de esa generación. Veamos el modo en que Fantino los describe cuando le habla a Insaurralde y lo une a Massa: “ustedes no se parecen a políticos, son sapos de otro pozo, se empilchan de otro modo, no te tiran ideología sobre la mesa”. Insaurralde dice que sí con la mente, que no con la cara. No puede. Pero están en espejo. Se miran, las respuestas o preguntas de uno podrían confundirse. Como en el momento en el que Massa razona contra una re-reelección. ¿Qué parece decir Massa? Simple, un “me aburro”. Massa le pregunta a Fantino: “¿Ale, vos te imaginás haciendo el mismo programa dentro de diez años?”. “Ni en pedo”, responde. Y en eso tenemos que creer: los intermedios se van porque en un momento se embolan. La ideología construye -según esa versión- los mesianismos. Como dicen que dijo Macri: si no te aburre una sesión del Congreso sos un anormal.

El estilo Fantino se resume en dos tips que enumeró Manolo:

- Mientras Lanata dice con la mirada (“me la vas a venir a contar a mí”), Fantino dice: “boludo no sé nada de política, explicame”.

- Fantino se muestra peor que el político: más taimado, más ignorante, más gatero o más ingenuo.

Si la generación intermedia son los hijos deportistas de la generación Cafiero (hijos fogueados en el tercer tiempo o en un vip de Puerto Madero o Pinar de Rocha), Fantino es el hijo deportista del viejo periodismo político. Sencillo: es el hijo de Doña Rosa, aquella señora que inventó Bernardo Neustadt para construir el liberalismo popular, el punto medio en el que las clases razonan y pactan en torno a lo real. Al pan pan. Pero Fantino representa a su hijo atorrante, inocente y putañero, mientras que los Massa o Insaurralde podrían ser los hijos exitosos de Doña Rosa. Y eso le da al diálogo televisado ese aire conmovedor, de charla de hermanos en el cuarto o de sobremesa en la que se cuenta la historia del abuelo pobre, la enfermedad superada o las aventuras sexuales. El sismógrafo del INADI explota en “Animales sueltos”. Explota y nos hace más libres frente a ese espejo fugaz donde vemos la humanidad desnuda de la política. Porque, ¿qué vemos de Sergio o Martín en “Animales sueltos”? El hambre de triunfo, el brillo de un killer electoral en sus ojos, las ganas de ganar… Winners sin culpa. Fantino descubre cada día la política como “carrera”, un itinerario individual desde abajo en busca del éxito, como le dice a Martín Insaurralde: “¡vos arrancaste de concejal suplente de Lomas de Zamora!”. Es una política deportiva, grasa, vestida en esa gloria textil llamada Siamo fuori. Los códigos de sus entrevistas se privan del morbo moral: no quiere conocer la miga del poder, el descenso al “nido de víboras”, sino las instancias del ego, su intimidad humana. Insaurralde estaba solo en su casa. Era el sábado de cierre de listas. Sonó el teléfono. Le pasaron con la presidenta. La atiende. Esa vez no la tutea. Me imagino por qué me llama, señora presidenta. ¿Es verdad? Es nuestra versión de la versión norteamericana del éxito: ¡el triunfo de los comunes! Si la presidencia inicial de Kirchner apelaba a la idea de un país en serio, y eso quería decir apelar a una normalidad de justicia y equilibrios sociales; diez años después asoma una generación de políticos serios y normales, con equilibrios psíquicos.

Fantino cada tanto muestra su procedencia familiar y cultural de municipio de pueblo chico. Desde esa mira, lejana y sojera, observa a estos intendentes de partidos grandes con el asombro de “equipo chico” frente a un grande del fútbol. Describe la convivencia diaria con el intendente en pueblitos de pocos miles de habitantes y le dice a Insaurralde: “¿pasa lo mismo en el conurbano?”.

Queda picando y el lomense remata con el mejor título posible: “un intendente es el primer mostrador del Estado”.