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La víctima: mujer. Maestra. Bella. Inocente. Todas sus virtudes exacerban al energúmeno…
El victimario: hombre. Derecha. Psicópata. Macho futbolero.
El héroe: un héroe laico. Casi abogado. Oficial de justicia en medio de un estado fascista y peronista, una máquina del crimen duro, de la violación y la tortura. El personaje alcohólico (la mano derecha del héroe) es el compañero ejemplar que muere por el otro, preso de su enfermedad, que conoce el bajo fondo, que siempre es abandonado por la mujer… Los héroes son débiles hombres de Ley en medio de la ley del mas fuerte: no hay lugar para ellos, uno muere, el otro se va al norte, y esperan (en la tierra y en el cielo) que la historia reponga su lugar.
La familia de la víctima: un modo de amor que se apega a la víctima. Que ronda el resto de su vida sobre ella. Que detiene su tiempo en la ausencia.
El desenlace: ese espacio histórico no cedido aún al status de los crímenes de lesa humanidad en el que un hombre elige prolongar por mano propia los alcances de una justicia impotente y que se revela como el centro de toda justicia humana. Lo mas humana posible.
El secreto de sus ojos continúa la historia oficial desordenando su relato, dispersando el juego mas allá de la historia política, componiéndolo en un escenario gris, previo a la dictadura, en las contradicciones judiciales de un Estado que aún cuenta con voluntarios del estado de derecho mientras se cablea mas y mas, y se llena de patotas, y se empieza a cerrar el círculo del sistema represivo. O sea, en el imaginario videlista, esos descontrolados falangistas iban a ser reintroducidos, o, en muchos casos, marginados (por sus “vicios”) por la camaradería castrense (igual de corrupta y mas sofisticada) centralizada. El secreto de sus ojos es un filme acerca de la inocencia absoluta de la víctima. No hay un filme de una víctima tan "inocente", y a la vez, porta algunas verdades y novedades.
Teoría del demonio: por método lombrosiano se deduce quién es quién. En algún momento pensé: la violó Pablo Rago. Pero eso volvía a la historia un simple policial y arruinaba las expectativas infantiles de todo espectador: que el malo sea todo lo mas malo que se pueda. (El otro problema de Rago es que a muchos nos quedó patentada su voz en clave de sol: es muy difícil que la arrastre hacia otro lado. Ese es el problema de los actores de la tele, por ejemplo: ¿era creíble que en Crónica de una fuga te secuestre Pablo Echarri, acompañado de una patota que se parecían mas a Los Babasónicos que a los “ordinarios” de una patota? Todo es creíble, todo es creíble, en un país increíble.)
Quiero decir: El secreto de sus ojos no abandona esa estructura con la que se cuenta y se va a contar la dictadura. El secreto de sus ojos es La noche de los lápices, es La historia oficial… es un relato de Estado. Y quizás, porque algo de eso se parecerá a lo que fue el Proceso, toda su idea es la de un orden perdido en el laberinto del terror cuyo hilo no se pierde nunca, a lo sumo se interrumpe a veces, pero permanece en líneas de continuidad. El secreto de sus ojos nuevamente es el modo en que ese pasado debe ordenarse: es el relato de la ley. Uno diría: ¿la cultura kirchnerista agregó a ese alfonsinismo un leve plus de venganza, una dimensión menos universal que la Gran Escena Judicial, por tener el kirchnerismo una relación mas íntima y próxima al universo de las víctimas? Algo así como que si no hay justicia hay venganza, hay mano propia, pero esa "mano propia" es una representación casera de la justicia: como el ejercicio para-estatal de muchos organismos de DDHH que acopiaron datos, acumularon pruebas, escracharon, bucearon por los intersticios de la ley, hicieron juicios simbólicos, es decir, una "mano propia" que cautiva los hechos a la espera de la Ley. Y llegó, y siempre la ley tiene "el peso de la ley", o sea, violencia. Y digo que el kirchnerismo agregó eso en cuanto a su reivindicación mas palpable de la víctima, a la singularización y la reivindicación menos universal: ¡eran cuadros! ¡Eran compañeros! Pero en El secreto de sus ojos la víctima no es ni siquiera un perejil: es un objeto de deseo puro. Es el cuerpo de una mujer, una cara, ojos y pelo y tetas y piernas hermosas, cuerpo, cuerpo, cuerpo. ¿El secreto de sus ojos es la historia de un Estado Violador, un Estado por mano propia, tipos que a la menor afrenta pelan la pija?
La clave campanellista (esta vez: “todo tiempo pasado fue horrible”) tiene no sólo la idea de que ese tiempo se prolonga en el tiempo de las víctimas familiares, sino que el contrato social se sella entre los buenos: los que vengaron después de que se les incumplió su promesa de justicia. Y sin embargo, esa escena del cautiverio del Monstruo, parece un ensueño, como si los alambres que atraviesa Darín para llegar al casco de esa Estancia de cautiverio fueran el alambrado de la memoria y de la políticas de la memoria, hasta llegar a esa zona en que la víctima ha intercambiado su lugar: quiere tener al otro ahí, con ella. Un matadero laico donde no se goza con el dolor ajeno, pero donde se asegura que ese otro no se vaya de ahí nunca más.