viernes, marzo 22, 2013

Poesía y política

Una mujer desprovista
de la gracia que ofrece el pasado
y un hombre de la que potencia el dolor:
una pareja transparente
tomando sol en una playa municipal
cuando unos remeros pasan en una canoa
y perturban el horizonte adornado
por una isla verde. (La política
que pareciera estar fuera del cuadro
es la misma que lo sostiene.)

(Martín Prieto, La música antes, 1995)

lunes, marzo 18, 2013

Si toda política es tumultuosa y mañera imaginemos en una estructura donde ser conservador es una virtud. El mundo es veloz, la Iglesia camina lento. Pero se alcanzan. El papa Juan Pablo II, que inició hacia adentro y hacia afuera una restauración romana, acabó diciendo que el comunismo (eso que había ayudado a sepultar, y para lo que no se necesitaba tanto esfuerzo sepulturero) tenía “semillas de verdad”. Y visitó Cuba. Ratzinger, su ideólogo, repitió el gesto siendo papa. Todo indica que Francisco redundará en el arrumaco con la isla comunista. Los Vaticanos se entienden.

El papa argentino es la última verdadera noticia que tardará en volverse tolerable, porque es más intolerable que la muerte de Chávez para quienes el mundo es sólo una constelación de países, reinos y finanzas que giran alrededor de la Argentina. Capitán Ego. Asfixia.

Desde que “volvió” la democracia, y como consecuencia del resultado histórico previo a 1983, no se estima desplegar al interior de la Iglesia católica fuerzas que la tensionen. El alfonsinismo y el kirchnerismo, los dos progresismos que gobernaron la Argentina, en última instancia, redujeron todo impulso reformista a continuar la línea roquista de la separación entre Iglesia y Estado lo más posible. Y bienvenidos, en tal caso, dijeron, los moderados de sotana que acepten el juego. Los temores actuales ante el nuevo poder papal se plantan sobre el futuro además de las revisiones del pasado: imaginan la posibilidad de que un gobierno no kirchnerista resulte más “sensible” al lobby del clero, que abra algunas alamedas del Estado nuevamente a la Iglesia. Que se retroceda, pongamos así. Y como forma melancólica para esa larga separación surge siempre el recuerdo místico, blanco y negro, del Padre Mugica, o de otros “mártires”, por una razón lógica: el tercermundismo aparece como la excepción de una Iglesia que pedía más Estado. No una Iglesia pidiendo más Iglesia, en expansión. El catolicismo –en suma- se sabe dueño del tiempo (del reloj de arena del mundo) y lucha por el espacio. (El peronismo sería una religión del tiempo.)

La presidenta da indicios de fe católica, repitiendo cuando lo hace la salvedad políticamente correcta de no reconocerle legitimidad a “las cúpulas”. La iglesia somos todos, dice. (A esta altura me pregunto si esas referencias religiosas de los discursos presidenciales que empezaron hace poco tiempo no tenían “este dato” posible en el centro.) En esa lógica y bajo ese objetivo (completar la separación definitiva entre Iglesia y Estado con que San Alfonsín soñó) se prefiere tener “enfrente” a una figura del conservadurismo puro y duro, con un semblante medieval como el de Aguer y apostar a un cuanto peor mejor, que a un político como Bergoglio, capaz de continuar la agenda que se enfrenta a la hoja de ruta de la democracia liberal, pero también capaz de implicarse en una agenda social ahí donde “no hay nadie”. La Iglesia tiene un imán con los “desiertos”: los descubre, los ocupa. Hay temas sociales como la trata de personas o la esclavitud laboral adonde la política no está, o está pero del otro lado de la legalidad. Y es ahí donde el jesuita proyectó su garbo. Lo hizo en la ciudad. Le encontró una agenda. Lo mismo Cromañón o la tragedia de Once, orfandades expuestas para las que tuvo más palabras de reparación que cualquier otro político. La Iglesia es portadora de una anti política fina, ya que también opera socialmente con su verbo cauteloso, que tiene en la palabra “resignación” su talismán. Se dejó ver Bergoglio –muy cómodo- en las misas de Constitución entre cartoneros, prostitutas, inmigrantes y demás arrabal. De ahí extrajo el sentido de su lengua, su representación. Pero para todo lo demás usó su mano invisible. La política muchas veces es el aprendizaje de límites, tiempos y mediaciones; y no está mal entonces que existan los que piden imposibles. A veces esa anti política es un discurso que desconoce mediaciones, sea en el discurso que sea: hay anti política piquetera tanto como anti política de la inseguridad. La Iglesia –en promedio- pareció predicar siempre más en favor de la aceptación de los límites que en la indignación por las injusticias. Iglesia de los derrotados. A Bergoglio le gusta un lugar intermedio, ecuménico, de equilibrios, abierto al reformismo social, a un estado que repara.

Bergoglio es una figura vidriosa y desangelada para el progresista argentino promedio, aunque ahora, en el seno del gobierno, se usen las figuras más peronistas para ensayar el nuevo tono “compañero” que haga migas con el nuevo poder. (Algunos deben haber borrado sus primeros tuits de brocha gorda, inspirados por el instinto conspirativo que ya es plaga, aterrados por los gestos de La Jefa.) Ocho años corriendo el arco del Tedeum de Ushuaia a La Quiaca para ahora tener que ir al pie del hombre que se hizo fuerza. Es entendible y racional. Un presidente que viene de los votos puede decir qué me viene a sermonear alguien que no eligió nadie. Visto ahora: está bien sacralizar los votos frente a tanta inmaterialidad divina. Pero es el teatro de lo contingente y lo permanente la dialéctica de Iglesia y Estado, dirá un lírico de la mirra. No.

El Vaticano que le toca al jesuita no es moco de pavo, sus virtudes políticas ya tendrán que traspasar esta primera ola de gestos. El “defecto” histórico de Bergoglio fue sostener con énfasis un discurso social naturalmente competitivo con el del estado. Era mejor para el plan laico un Quarraccino soñando islas adonde acopiar gays o un Baseotto insultando con parábolas a un gran ministro de salud como Ginés, que un político ahí, es decir, un párroco que conoce de tiempos y espacios.

miércoles, marzo 06, 2013

Chávez hizo una revolución sin muerte, más allá del conspiracionismo que ve Cía en todos lados, más allá del temperamento de su política y del medidor de su eficacia (partir la sociedad en dos). ¿Pero Chávez hizo una revolución? Esa es una pregunta insoportable que pide en parte una respuesta estadística: a partir de qué se hace una revolución. ¿A partir de qué dato distributivo, de qué tasa? ¿O de qué violencia? Acá hay datos sobre el significado concreto de por qué la mayoría venezolana se identifica con Chávez. Lo cierto es que llamó revolución a algo que está en una línea de tiempo sin ningún manual y que no tiene escrito dónde termina, o que tiene escrito que no sabe dónde termina. Me gusta pensar mientras todo se pone solemne que el tipo prefería hacer un Aló presidente de 12 horas a morir en La Higuera dándole la orden al soldadito que lo debía matar, como el Che, o como dicen que dijo el Che al soldado boliviano que tenía la orden de fusilarlo y que tuvo que tomar alcohol para juntar el temple. El Che dio también ESA orden. Dicen. Todos mis amigos, muchos, que fueron y escribieron sobre Venezuela, volvieron desconfiados. Desconfiados de la profundidad o de la solidez cultural, o del, cómo decirlo, escaso sovietismo que habitaba en el elenco de guardianes de esa revolución. Una revolución es un pasado: en algún momento se hizo. O una revolución es un proceso continuo que se hace todos los días, que puede tener una referencia, un comienzo, siempre con aura bíblica, porque todo “un día empieza”. Mis amigos vieron picaresca, durlock, burocracia improvisada llena de petrodólares, pero nunca se animaron a escribirlo porque no querían perder la sede de Caracas, ese centro u observatorio continental más cerca que La Habana de Buenos Aires. “Están produciendo el merchandising de su autoestima, la llaman revolución”, te decían. Chávez tradujo con toda esa prosa pomposa y rococó lo “regional”, un ciclo donde los estados pobres se hicieron más ricos. Chávez -de alguna manera- le dijo al kirchnerismo lo que era antes que lo supiera el propio kirchnerismo. Chávez entendió que “esa” era la forma argentina del proceso continental de este tiempo. Chávez era el espectáculo deportivo del No al Alca, era la diplomacia sigilosa de De Vido, era el empuje a las izquierdas argentinas para que vuelvan su mirada de nuevo al peronismo y era la invitación a una zona franca: construir un “clima de negocios” propio, guarango, sucio, de nuevos ricos pero antiimperialistas, de atrevidos de la diplomacia capaces de mirar hacia Irán o Angola, la cola del BRIC. Chávez fue el aliado simbólico del kirchnerismo. Y también, sobre todo, la Roma de petróleo a la que conducían los negocios. Chávez fue el cronista de una región en la que cada país se abrió a lo que solemnemente llaman “viento de cambio”, con su modo particular. Chávez hacía del peronismo argentino una Internacional de la Tercera Posición, un sincretismo que se llevaba de Perón y Evita el manto de “religiosidad”. Distinto a los años de guerra fría donde las revoluciones se exportaban e importaban, a los 1, 2, 3 Vietnam de los años 60 y 70, donde se emulaban guerrillas del pueblo. Chávez habló más tiempo y más fuerte que Fidel para que Fidel deje de hablar, y para decir en cada oído lo que ese oído quería oír. Fue un seductor del atajo, del ahorro de sangre, de la revuelta como fiesta. Un quilombo porque venía en viaje de negocios y convertía a todos en inquilinos de su revolución ambulante, una simpatía de la que nadie tenía o tiene tantas precisiones. Se trocó el universalismo marxista por el camino particular, por la experiencia sin paradigma de capitalismos y democracias sucias, feas y malas que captaron la atención y la sensibilidad de la cultura. Fue el nuevo boom (político) latinoamericano. Ah, Chávez pareció guionado por los teóricos del populismo, del pop. Pero él los guionó primero. Con algo excesivamente simplificado, con algo de fascinación por producir, más que una revolución, consumos. Mientras, a la vez, acá se lo comparaba al peronismo y se subrayaba la temporalidad evolutiva del chavismo: intenta construir lo que en Argentina ya existe hace décadas, es decir, el Estado. Pero Chávez hizo más peronista a la clase media argentina; y lo hizo en parte por el modo en que se asocian las culturas. El progresismo argentino -en la caricatura psicobolche que todos tallan- es ese que ama a Ibrahim Ferrer y duda de Los Chalchaleros, “música del mate, el asado y el baile en Campo de Mayo”. Chávez hizo más fácil la comprensión de estos años porque armó un teatro de representación del “drama sencillo”, obra binaria que ordena un mundo de buenos y malos y haciendo el papel de los “malos-buenos”, los pícaros o robin-hoodes del pueblo. Pero una fórmula: la política absorbe tensiones hasta que las empieza a producir, la política produce tensiones hasta que el estado las desempata, y el estado las desempata para el lado que le conviene a la política, o sea, para el lado del tiempo. La revolución es perdurar. Chávez construyó su mito en vida. Y la historia funciona al revés que como creyeron los Montoneros en la despedida a Perón del diario Noticias: las muertes no tardan en volverse tolerables, porque los mitos las piden. Llega un momento en que el mito pide sangre. Pero Chávez también fue su propio tigre de papel. Por suerte. Murió sin matar, y vivió hablando de una revolución todo el tiempo. Esa, exactamente esa, fue su insoportable levedad. Nunca caía su guillotina. No había guillotina.

jueves, febrero 28, 2013

Y dijo Alejandro Sehtman:

"Si Benedicto logra que no den los bombones de Yiya Murano al desayuno durante un par de meses, tenemos ante nuestras narices a un príncipe de la Iglesia que hace gran honor a la mejor tradición rosquera de mediados del milenio pasado.

En el helicóptero se lleva la tapa de una olla donde hierve de todo: pedofilia, corrupción, negocios turbios. Yéndose le corre el telón a una guerra interna fortísima.

Y se lleva, si evita que le den un empujoncito para el lado del arpa, una bomba de tiempo: la posibilidad de hablar con conocimiento de Papa, sin ser papa. De prender el ventilador, como se dice.

Va a estar bueno el Vaticano."

(acá)
Lo que Dios quiera.

miércoles, febrero 06, 2013

Dónde metemos a Daniel

Años de batallas ideológicas pero el núcleo duro de votos de Scioli sigue intacto. Un núcleo desconcertante: está adentro y afuera del oficialismo. Es promesa de votos propios para el kirchnerismo tanto como la amenaza de su posteridad. El dilema de muchos kirchneristas parece regirse en cómo seguir haciendo propio a Scioli, a su pesar y contra él. La lógica se resume así: vos tenés votos propios pero no te los merecés; nosotros tenemos ideología sin votos y nos merecemos los tuyos. Y tenemos el estado nacional. Un estado que resulta más recaudador que el provincial, más duro con los duros de la producción y la tierra. Ergo, Scioli se condena a un juego de victimización perfecta: un conservador popular al que le “usan” su popularidad por “culpa” de su conservadurismo. Esto empezó muy temprano (la elección de Scioli como compañero herbívoro y descartable de Néstor Kirchner en 2003) y hoy perdura como aliado, salvavidas y… tiburón del proyecto. Muchas cosas a la vez.

¿Cómo es posible decir “kirchnerismo sin votos” cuando la presidenta obtuvo el 54%? Claro, Cristina tiene votos e “intención de voto”. Ocurre que nadie le va a pedir en 2013 que sea candidata testimonial (¡¿o sí?!) y… no hay kirchneristas “populares”. En el sentido identitario puro y duro.

Repaso. El kirchnerismo combina dos cosas casi irreconciliables: su microclima ideológico (minoría intensa de la “batalla cultural”) y una política económica estable que permitió beneficios sociales para la población. Reforma y restauración. Es decir: una articulación fría entre la agenda de esa minoría ideológica y las razones burguesas del voto. El genio político K anida en esa articulación de minorías y mayorías que paga un costo: tiene en la cabecera políticos aguerridos sin votos, como Mariotto, Moreno, Sabatella. El kirchnerismo no construye “políticos”. Tiene su capital en la generación de figuras de palacio, consumidores de poder antes que productores de poder. Así, algunos baten su silogismo chocante sobre Scioli: “ir contra él es pedirle que sea nuestro candidato”.

El prototipo Scioli es el de un duhaldismo portador sano (tal como bautizó su lejana identidad Aníbal Fernández), que le debería bastar sólo para ser una columna vertebral o un jinete sin cabeza, para los kirchneristas duros. ¿Cuál es el “hecho maldito” de Scioli? Que cultiva intenciones de voto dentro del electorado del FPV y fuera de él, y una imagen impermeable no sólo a las agresiones sino a sus propios agujeros de gestión. Es decir: el voto social del kirchnerismo + el voto anti kirchnerista de clase media y media alta colocan sus pies de cada lado de la raya. Popular en las clases bajas, popular en las clases medias no progresistas, popular en los countrys.

Paradoja de la ideología intensa entonces: 2013 será un año con la contradicción electoral en el eje Scioli-Massa y en cómo “negociarán” ellos su favor o no con el kirchnerismo. Esa generación intermedia (cuarentones del deporte y el turismo, pendeviejos cuyo peronismo es una extrema naturaleza de poder, no conciben otra identidad porque no conciben estar lejos del poder) de pronto resulta clave para el péndulo peronista que siempre amenaza con volver a moverse. Cuánto de continuidad y cuánto de ruptura le asegurarían al kirchnerismo, quien –fuera de Cristina- carece de alguna imagen con consideración de votos. ¿Hay gobernadores kirchneristas? Difícil decirlo. Todos, en tal caso, parecen a la derecha del estado nacional. Scioli no es excepción.

Los movimientos de De Vido (sus maniobras de caja en relación directa con los intendentes, sobre todo de la PBA), demuestran la perspicacia federalista del gobierno desde 2003: las provincias sobran, agregan mediación y amenaza política ahí donde no la necesitamos. Dicho esto con exageración. Pero esa es una ideología de estado. Y con eso se aseguran los territorios políticos deseados: una gran concentración del ejecutivo nacional proyectada sobre municipios, átomos de regiones. En el medio, el desierto.

La suerte de Moyano dentro del kirchnerismo tanto como la suerte que amenaza ceñirse sobre Scioli refuerzan esa percepción: las intermediaciones sobran. Los que construyen su propio poder sobran. Y lo deben entregar. El kirchnerismo así, en esta versión, ansía sólo dar poder para que le “deban” siempre. Filmus o Rossi (dos “puros”) no hacen pie en sus distritos por esa razón: porque paradójicamente los electorados quieren conocer ese “plus” propio, eso que hace a los candidatos parte de algo y a la vez singulares. Una relativa autonomía que les coloca límites de base.

Rezo talibán para un febrero caliente: Qué hijo de puta Scioli. Cómo necesitamos a Daniel. Qué hijo de puta Scioli. Cómo necesitamos a Daniel.

viernes, diciembre 28, 2012

2012

Continuidades: Centralidad de Cristina y la fórmula de la Coca Cola: disciplina interna y agenda transversal (es su fórmula de fractura al campo opositor: temas que quebró las orgánicas radicales, socialistas o de izquierda y forzó al peronismo a acompañar aún en disidencia). Aunque en un año con iniciativas de mediano y largo aliento (YPF, Procrear) que recogieron poco en lo inmediato. La preponderancia del conflicto Clarín / gobierno. Inflación. Bajo desempeño de la oposición política (que igual tuvo algunas victorias parciales: como el rechazo de Reposo o la instalación del clima anti re-re). “Flotación” de Macri en la gestión y la presencia política. Principal figura de la oposición con su fórmula secreta: el Pro es su estación de verano en la espera de la vacante de un nuevo liderazgo peronista.

Rupturas: Se produjo el “archipiélago” sindical, con la definitiva salida de Hugo Moyano de la órbita oficial, midiendo su considerable poder de fuego. Dice el Capital que lamenta estas divisiones. Dudas. Amague de ruptura con Scioli, dislocamiento natural ya que “la generación intermedia” biológicamente (y algo más) es la que está en pista del 2015 (Scioli, Macri, Massa, Urtubey, etc.). Mayor invisibilidad del peronismo pragmático resumido en: mucha batalla cultural y pocos gobernadores. (Tics de la revolución: clases de metaperiodismo multiplicadas, los hablados de la academia que hablan de los hablados de los medios. Efecto batalla cultural: una máquina de matar mensajeros. Una máquina de boludos a cuerda al son de “el medio es el mensaje”. Mi vieja manda por mail una denuncia de La Alameda sobre un pibe muerto en una empresa agrícola y un “compañero” le responde parrafadas sobre La Alameda.)

Revelaciones: La oposición social, reaparecieron los cacerolazos con protagonismo de las redes sociales anti k. Y la figura de Lanata quien interpuso una forma de hacer anti kirchnerismo más efectiva. Le dio relato y articulación a todas las boyas intensas de la oposición: inflación, inseguridad, republicanismo, etc. El conflicto con Clarín parió otra zona de crisis: la justicia medieval argentina. Sigue latente la discusión sobre una reforma constitucional. Algunas figuras del oficialismo ascienden modestamente: Bossio, Kicillof y Sabatella. Calendario diaguita: 8N, 7D. Dos fechas tras las que NO PASÓ NADA. Inversión del modo de construir lo histórico fracasada. La historia ocurre primero, los símbolos vienen después. Fracaso maya también en su apuesta a largo plazo: el fin del mundo está en marcha pero en clave agonía lenta. Los “saqueos”. Todos los saqueos fueron, son y serán organizados. Se crea alrededor de 1989 y 2001 un aura africana de gente que asaltaba y se llevaba arroz, fósforo y polenta. Los que lo recordamos sabemos que no fue tan así, siempre se roban los deseos del último modelo, a la vez que la comparación de esas dos épocas con la actual se cae de trucha (estábamos mucho peor). Nota: Si bien no irrumpió ninguna figura opositora de calibre este año se sintió una rearticulación fuerte del relato anti kirchnerista, lo cual impacta SOBRE TODO hacia adentro del peronismo, para que de ahí surja un intérprete de un nuevo tiempo si es que viene un nuevo tiempo. “Sciolismo o barbarie”.

Caídas: Boudou en manos de “esbirros”. Transporte: el accidente de Once, los muertos y los festi-subsidios. Jaime y Schiavi una sombra ya pronto serán.

El 2012 le vendió el pescado al 2013. Casi, casi, hablaremos de lo mismo. A lo que se agregará nuevas cosas. Siguen años de agite. Somos el oeste.

miércoles, diciembre 19, 2012

Todos tenían razón

A Esteban Degori 

Corría la mitad de 2002. El gobierno de Duhalde aún no había sido responsable del crimen de Darío Santillán y Maximiliano Kosteki. Por lo tanto, no tenía temporalidad, y estaba en plena negociación con el FMI. Duhalde, frente al cronista de 26 TV, con las patitas colgando que seguramente no llegarían al piso, acorralado incluso por la amabilidad negociada del cronista, dijo una de las frases del año, dijo: una crisis es un momento donde todos tienen razón. Esa era la fuerza de la razón argentina de aquellos días: una constelación había querido que muchas cosas estallen a la vez. En diciembre de 2001 se había precipitado la olla a presión de las ciudades y cordones en un contexto donde “todos tenían razón” y cuyo análisis no podía proceder separando la paja del trigo, diciendo: hasta aquí el golpe institucional del PJ, acá el hambre, más allá el corralito y más acá el vuelo en círculo de los buitres. Todo era diverso pero sonó al unísono. Un joven de anteojos llevaba una Constitución Nacional en la mano durante un cacerolazo del verano, y la mostraba como al carné de un viejo club con todas las cuotas pagas, su firma estampada en el contrato social, y con el fastidio de quien interrumpe su vida privada para cruzar el umbral y salir con lo puesto. Y “lo puesto” era la pequeña Constitución de tapa blanda comprada durante su secundario y desempolvada porque ahí había verdades y promesas que los argentinos se juraron.

Más allá, como niebla del riachuelo, la bruma de los saqueos no se terminaba de traducir si como amenaza o como alianza para quienes desafiaron el “estado de sitio”. ¿Quiénes digitaban los saqueos?, ¿“el PJ y los intendentes”? ¿Hubo cacerolazos por temor a los saqueos? ¿En cuántas direcciones a la vez se pedía orden? ¿Dónde, en qué cuadra de qué barrio terminaban los saqueos y empezaban los cacerolazos? Y así, el fondo de cocina del levantamiento urbano era el conurbano. Y nadie quería intimar demasiado con lo que pasó ahí, y fue más fácil pensar los saqueos como la suma permanentemente de punteros + necesidad que en su politicidad. Las asambleas fundaban la polis, los saqueos, el nuevo orden. Y de esa “profundidad” también asciende Duhalde. Hombre de orden, a la vez que hombre de la periferia. Antes y después, aparecían los piqueteros, una trama organizativa más previsible en su acción. ¿Pero cuál era la razón y el hilo entre los saqueos y los cacerolazos? Ese misterio quizás explique algo de la naturaleza duhaldista de la solución argentina a nuestra “crisis”, y una pregunta melancólica y reparatoria: ¿por qué gobernó Duhalde? ¿Cómo se compatibiliza ese estallido con ese hombre? ¿Por qué los 17 meses posteriores a la crisis fueron garantizados por un político que podía ser y parecer “el peor de todos”? ¿Fue su modesto triunfo en las elecciones de octubre de 2001, en el “voto bronca”, lo que le dejó un paso adelante? ¿La “pura rosca”? No cómo sino por qué Duhalde construye la salida de la crisis, es la pregunta.

Tres

El revisionismo sobre la crisis de diciembre de 2001 puede tener tres grandes líneas: una de izquierda, una que versa sobre la frustrada renovación política y una kirchnerista (épica).

La primera surgió inmediatamente, y es la que alumbra allí un proceso de radicalización política que proponía con las asambleas un salto institucional. Las asambleas fueron regadas de militancia que, al decir de los sanjuaninos, “se almorzaron la cena”. La mesa estaba servida y se la fagocitaron los que nunca hallaron su lugar en la representación clásica y pretendían un asalto calculado en fórmulas difíciles como la Asamblea Constituyente. La izquierda argentina.

La segunda línea fue anterior al punto de ebullición y lo fue alimentando y modulando con dos tópicos centrífugos: “gobiernan los mismos de siempre” y “la política es un gasto”. Había tenido su faena con el “voto bronca”. La voz energúmena del “Negro” Oro pidiendo la anulación de algunas de las cámaras parlamentarias (daba lo mismo cuál) proponía en un reclamo de fácil masificación la entrega del sistema político a un nuevo orden gerencial, que iba a acomodar las cuentas cueste lo que cueste. Su programa también tenía un secreto a voces: la dolarización de la economía.

La tercera, podría ser un relato en gestación que entroniza la figura de Néstor Kirchner y que coloca en la crisis la génesis del orden kirchnerista, su intérprete progresista, lo que le da sentido histórico a la crisis. 

Estos tres vértices tampoco son estáticos, ni simultáneos, ni tan visibles siempre. Son tres tendencias interpretativas de un momento de crisis profunda que puso en temblor la economía doméstica y donde salieron a luz diversas formas de ingenio individual para atemperar los efectos. La crisis tuvo su impacto capilar en los ahorros, los cajeros, los bonos; y eso permitió una multiplicación de verdades. El movimiento de su relato puede ir de lo micro a lo macro, porque la crisis parece estar atravesada por la lengua de “lo que le pasó a cada uno”. De allí provenga quizás el éxito de una consigna tan insondable y genérica como el “que se vayan todos”. Fue un momento en donde lo privado que se hizo público fue lo más privado posible, y en un corte de clase transversal: desocupados, estafados de los bancos y empresarios quebrados.

Kirchnerismo y crisis

El kirchnerismo usa la crisis con todo derecho, porque dice: “miren de dónde venimos”. Y ahí aparece, sobre todo, como le gusta remarcar con ironía a Cristina, la vida “fugitiva” de la clase política ahora restablecida, re-legitimada. Pero hubo un hecho que dislocó la lectura: el conflicto de la 125. Conflicto que tuvo su rostro cacerolero (clasemediero) y que fue desdeñosamente así descripto –tiempo después- por el progresismo K: “las cacerolas de teflón” (o sea: clase media versus clase media). Este reverdecer simbólico de las cacerolas desdibujó el fantasma de aquella crisis, con su momento de espontánea e ilusa articulación de clases, donde -por un instante- el piquete y la cacerola se amaron (“¡la lucha es una sola!”). La máquina cultural kirchnerista tras los cacerolazos de 2008 pareció enterrar el símbolo de las cacerolas (que siempre era un poco dudoso) y volvió a recolocar la crisis en un sistema de clases que parecía más borroneado, salpicando de “verdades” el mito 2001. Ahora las cacerolas “siempre pertenecieron” a Santa Fe y Callao.

Si el kirchnerismo nació con la voluntad de leer una herencia progresista del 2001, tras el 2008 desdibuja levemente la efeméride 19/20, y participa de un diagnóstico que distingue también en esa crisis una suerte de caos original del “ánimo destituyente”, como si las cacerolas del campo hubiesen resultado la conciencia para sí de una clase cacerolera nacida en 2001. Entre 2001 y kirchnerismo hay una piedra: 2008. Y este impacto de la lectura termina de concentrar los sentidos de la dichosa “vuelta de la política” de un modo más conservador según el espíritu decembrista: volvió la política, volvió la representación. De este modo, entonces, el 2001 es un fantasma que condensa en la imagen del cacerolero un guapo de la destitución, tras el conflictivo 2008.

Representaciones

¿Hasta dónde el 19 y 20 no significan una restauración democrática y el asambleísmo no es parte del encadenamiento que derivó en el gobierno de Duhalde? ¿Hasta dónde el 19 y 20 no significan una ruptura originaria entre la gente y la política que permitió construir la actual escena? ¿Es posible ver que se reclamaba mejor representación y que la gente se “sacaba la política de encima”? ¿Por qué creer que tantos estaban dispuestos a tanto, que en cada cacerolero había un asambleísta asumiendo la institución de la participación?

Se puede ver en esos días un reclamo por la representación, y que el “estallido” asumió protagonismos a favor de una restauración de prioridades de una sociedad ya sólo democrática, que rompía su lazo de continuidad con el Proceso. Esa “horrible” clase media cacerolera no se sacaba de encima a un gobierno peronista, sino a un gobierno cuyas figuras habían sido sus estrellas, es decir: ponía la política afuera, condición para que en parte ocurra una “profesionalización” política tan liberalmente exigida. Y Duhalde fue aceptado. Fue un gobierno de consenso con el sabor final de una red que no tenía nada más abajo. ¿Abajo de Duhalde? El pozo ciego. Si Duhalde es un político esponja de todas las estigmatizaciones posibles (narcotraficante, facho, conspirador perpetuo, etc.), ¿por qué fue capaz de mantenerse? Justamente por ser un hombre sin futuro (tal como sus últimas incursiones electorales y catastróficas lo confirman). Su estilo y retórica de fin de ciclo, sus apelaciones costumbristas a un “modelo productivo” que ponían el futuro en “blanco y negro”, su imagen de “último de una generación” que había hecho todo mal, lo colocaban en inmejorables condiciones para gestionar una transición que fue exitosa. Porque aún el kirchnerista más optimista no puede explicar el kirchnerismo sin la secuencia concreta que encadena la llegada al poder de Kirchner con Duhalde; su elección como candidato del peronismo no menemista.

Sombra duhaldista...

El peronismo volvía a gobernar el país empujado por la clase media. El orden confuso podría ser este: sin saqueos no hay estado de sitio, sin estado de sitio no hay cacerolazos, sin corralito no hay caceroleros, y así, circular. Esa escena desprolija: la clase media “lleva” a Duhalde a gobernar, esa normalidad mínima alcanzada por la distancia de dos entes que no se correspondían (podríamos decir que ni Menem era tan impopular en la clase media como Duhalde). ¿Y por qué? Porque Menem era una versión argentinísima del proceso liberal argentino, provenía de una provincia de la periferia, casi una excentricidad. Y Duhalde era el conurbano, el municipio costoso, la dimensión atroz de los efectos del menemismo. Sin glamour, “menemismo con manzaneras”, la vuelta a una ortodoxia en las condiciones tóxicas en que estaba el peronismo. Duhalde, a la vez, como buen bonaerense cultivó en aquellos años un perfil conservador popular, dotado de alguna sensibilidad social y alguna intuición política (su conducta durante el intento de golpe de estado a Chávez en abril de 2002 y su relación estrecha con Lula lo indican). Era el equilibrio perfecto: si la gente rugía su hitazo de que se vayan todos contra la política, el equilibrio lo dotaba “el peor de todos”, un líder por default, incapaz de exhibir futuro. Como en la escuela, en el casillero del boletín donde iba la firma del padre, también proponía en caso de ausencia: tutor o encargado. Duhalde fue tutor o encargado. Y gobernó.

En esa aparente asimetría, en esa distancia entre una “clase media” y un presidente peronista fruto absoluto de la “institución” de la clase política, se cocinó una continuidad y, a la vez, una distancia decisiva e infranqueable de la política. La crisis tuvo una salida institucional y democrática. Hubo una meticulosa vuelta a la normalidad formal, pero una formalidad que, vía kirchnerismo, fue capaz de meter mucho más adentro. De meterle más vida a la institucionalidad. Un glosario de las leyes de los últimos años alcanza para ejemplificar la incorporación y normalización de tensiones sociales. No obstante el kirchnerismo, también separó lo social de lo político. La relegitimación de los gobernadores e intendentes devuelve sentido al sistema de representación y es inversamente proporcional a un desgaste en las expresiones de representación sectorial, social, gremial o patronal. Volvió la política, volvió el Estado.

Pero sigamos sobre el duhaldismo: nada más burocrático que ese gobierno y nada más institucional. Incluso sus pesificaciones, sus “salvatajes”, todo se explica para el que tiene paciencia. La legitimidad de origen la componía esa entidad cascoteada de la asamblea constitucional, hecha de políticos que huían en autos polarizados de los escraches. Las asambleas, vistas ahora, y sin exagerar la sorna previsible, actúan también sobre los hechos de lo que se movía por abajo de aquella situación: la gente quería poner a la política en su lugar. (Quizás todo proyecto político anide en el fantasma de volver a juntar lo que 2001 separó: la política y la gente.)

La clase media es el hecho maldito del país burgués, pareció sellarse aquellos días. Y con esa certeza gobernó Duhalde, quien conoce un cuarto relato del 2001, “de las sombras”, y que su conocimiento permitiría poner a la luz mucha verdad arriba de los ríos de tinta que corrieron para explicar la prueba que superó la democracia. Después de Duhalde, Kirchner, un político que selecciona una agenda de 2001, la ejecuta y construye un escenario decididamente distinto de “gestión de la crisis”, abriendo un nuevo ciclo político y económico.

Final

Escribimos en el diario Miradas al Sur hace dos años con Federico Scigliano una crónica que empezaba así, y con la que me gustaría cerrar este repaso: 19 de diciembre de 2001. Cinco de la tarde. Calor. El aire está denso. Un militante del Centro de Estudiantes de la Facultad de Ciencias Sociales de la UBA se acerca a la mesa de su agrupación en busca de alguna información. No encuentra nada. Silencio entre compañeros, nada en mente. Una compañera tira una frase: ‘dicen que empezaron a saquear Once’. ¿Quiénes dicen? ¿Cuántos? ¿Bajaban del tren los saqueadores? La frase ponía en palabras todo el silencio: la historia nunca ocurre con claridad. Y esos que estaban saqueando formaban parte de esa oscuridad que mueve hilos. La mano invisible de la historia. ¿Aquello que ocurría en el conurbano prometía caer sobre la ciudad? La ‘compañera’, usaba un lenguaje ascético, policial e inconciente: ‘dicen’ (¿quiénes dicen?), ‘empezaron a saquear’ (¿quiénes empezaron a saquear qué?). Todos los mundos privados estaban rompiéndose. Y la ‘compañera’ se sacaba de encima el virus del lenguaje sociológico con que hacía política para decir su verdad. Su miedo. La facultad ya no era el teatro de las representaciones, sino un refugio. Y la compañera era sólo ella misma. Todos éramos nosotros mismos. No estaba la política afuera, sino una extraña conjunción de lo privado y lo público que daba vértigo.

(Publicado en Le Monde Diplomatique, hace un año, diciembre, 2011)

domingo, diciembre 16, 2012

Hijo de la Recesión

"Grabado en Estudio Hangar, Buenos Aires, el 15 de septiembre de 2012, bajo la influencia del cepo cambiario." Acá.

martes, diciembre 11, 2012

Tercer tiempo

“Si no te aburre una sesión del congreso sos un anormal.” 
 (Mauricio Macri) 

La política argentina acumula cuatro generaciones que de algún modo reflejan la superposición de culturas políticas diferentes. Las cuatro tienen la responsabilidad indudable de ser constructoras del actual orden democrático. Un mérito relativo al tiempo y donde cada una habrá aportado lo suyo. Punteemos:

1) La generación Cafiero (Alfonsín, Menem, Duhalde, etc.). Es una generación en retirada, cuyo entierro simbólico ya se produjo en las ceremonias de la muerte de Raúl Alfonsín. Y cuyos rasgos la distinguen como dialoguista, folclórica y herbívora. Franela del Tabac o del viejo Molino. Con el sello de agua del abrazo Perón-Babín en el centro de su bandera blanca de la paz social. Se pusieron a upa desde 1983 a la democracia argentina pero representaron demasiado los vaivenes y deseos (el kirchnerismo exitosamente representa desde una distancia “más ideal”, con una agenda más propia y caprichosa). Se trata, en suma, de un Vaticano político de intensa relación con los símbolos partidarios. Costumbristas, perplejos frente al setentismo, baqueanos de municipio.

2) La generación de los 70. La que está en el poder. Cristina, Néstor, Hermes Binner y Hugo Moyano, como figuras sobresalientes. En todas sus versiones, la impronta ideológica desborda la pertenencia estrictamente partidaria. Sobreimprimen a una dinámica política clásica (peronismo y antiperonismo, radicalismo y golpismo) la carga ideológica.

3) La generación intermedia. Con figuras como De Narváez, Massa, Macri, Scioli, Urtubey, Capitanich, etc. Y si uno pusiera la película del vicepresidente Boudou en mute podría ser perfectamente incorporado a esta liga. Son una voz del “afuera” de la política, una interpelación de sentido común capitalista en medio del palacio y de la conversación pública.

4) La generación de La Cámpora y otras identidades y experiencias políticas de esta época. Incluso anti kirchneristas. Hijos del setentismo, vínculo intenso con el pasado y uso hábil de las redes. Tradición y futuro.

Estereotipo 

¿Le tocará a la generación intermedia la etapa poskirchnerista? Por lo menos tiene en pista a la mayoría de los candidatos competitivos para la elección presidencial y la elección en la provincia de Buenos Aires.

Una primera mirada ubica a esa generación intermedia como hijos de la generación Cafiero. Y, en tal caso, hijos aplicados, deportistas, rugbiers, con cultura de “tercer tiempo”, que se anotaron en universidades a estudiar carreras que les permitieran una vida más o menos delfín del promedio de negocios que circundan la política de esos padres. Cero ideología en términos previsibles (no te tienen un Mocca a mano ni a ganchos), pero un dato: todos, hasta Macri, son peronistas. No hay Sciolis socialistas o radicales. Son naturalmente peronistas, y de un modo mucho más contundente por esa “naturaleza” que el resto de las generaciones, para las cuales el peronismo siempre fue un problema, un interrogante histórico o una convocatoria traumática. Las otras generaciones “sufren” la identidad peronista porque resulta una indagación existencial. Es un revival de la invención de Favio/Soriano pero desde el poder: nunca hicimos política siempre fuimos peronistas. La generación intermedia se encuentra formateada en y para la experiencia de poder y comprende el peronismo de un modo pragmático: peronismo como naturaleza, orden y Estado. Un radical o un socialista de esa edad resulta mucho más ideológico, como Adolfo Prat Gay o Fernando Iglesias. El peronismo, así, es un desentendimiento histórico, una identidad cuya virtud es paradójica: no exige la responsabilidad de ser “explicada”. Y el aprendizaje de todos sus arpegios vizcacheros se hace en el camino, en las horas de vuelo rapaz por las calles de un municipio, en los pasillos de la tele.

¿Por qué Macri es peronista? La pregunta podría ser formulada al revés: ¿por qué no? Macri produjo una experiencia de consistencia gaseosa como el PRO, a la vez que usó las herramientas territoriales disponibles de un fragmento del peronismo residual capitalino, de la mano de Cristian Ritondo y varios más. Esa combinación le permite manejar su tiempo en una línea de espera, siempre bajo la ilusión de que un día se acabe el liderazgo kirchnerista y quede el peronismo en disponibilidad para otro nuevo liderazgo, esta vez, “menos exigente”. Scioli o Massa intentaron morigerar y expresar por dentro un kirchnerismo de baja intensidad. Una apuesta al silencio de la gestión.

Justamente el talismán de los intermedios es la palabra “gestión”, una palabra que no tiene dicción de izquierda y que vincula su pasión pública a la idea de hacer. Poner “los hechos” por encima de “las palabras”. En la vida y la política el valor es el tiempo. La gestión es tiempo. Ni siquiera espacio. De allí su primer reflejo liberal: un Estado más chico podría ser un estado más veloz. No tienen cuadros académicos o intelectuales en los términos universales heredados por una cultura de izquierda que aún impregna el imaginario político. Los intermedios son figuras con gran desempeño en los medios de comunicación, sobre todo en las entrevistas intimistas de programas de C5N o TN. Son capaces de abrir las puertas de sus casas para que se conozca la historia de vida que ellos eligieron contar. Macri o Scioli mezclan y aprovechan vida privada y vida pública. O sea: sus mujeres no son simples acompañantes (como la mujer de Alfonsín o Zulema Yoma hasta la muerte de su hijo), tampoco mujeres-militantes (como Cristina o la ex mujer de Chacho Álvarez). Son mujeres-adorno que contribuyen a fortalecer debilidades de sus imágenes. Como dice el periodista Pablo Chacón: “conocen que la política está subordinada a un operador conceptual: el espectáculo”. (Veremos si Karina rompe ese hechizo, tal como se comenta en los pasillos de la villa -?-)

El modelo

Intérpretes menos rígidos capaces de leer el viento del tiempo. Ese es el capital de la generación intermedia. Aunque sea en la clave: buenos políticos con ideas horribles. O como decía Carrió de López Murphy: buena persona con ideas horribles. Los intermedios están en su mayoría adentro del gobierno, pero incómodos. Pueden ser el modelo después del modelo: son pacientes, y supieron contenerse en silencio y pragmatismo, virtud que mejora sus perfiles frente a la sociedad, frente a la que tienen una ilusión: se le parecen más. Y ahora esperan ser los herederos en condiciones reales del país que deja el kirchnerismo. Son políticos de primera línea que no se autodeclaran de derecha y que cumplen mandatos no escritos: se puede ser de derecha pero no se puede parecerlo, se puede ser de derecha y no saberlo y/o se puede ser de derecha por tener un pensamiento “natural y popular”. No se les podría discutir su condición de populistas y peronistas, son políticos con intenso despliegue en las clases más bajas. Su dicción es previa al relato de estos años de catecismo progresista en que se puso en el centro el debate distributivo. Sus experiencias de gobiernos municipales les permitieron márgenes y zigzagueos, siempre con las garantías sociales de un gobierno nacional situado a su izquierda. Gobernar por derecha una ciudad o provincia en un país con Asignación Universal disminuye los efectos sociales de cualquier política de exclusión. ¿Son de derecha? ¿Sabrán reconocer las condiciones de gobernabilidad del kirchnerismo? ¿Se animarán a correrse hacia ese centro?

(Publicado originalmente en Le Monde Diplomatique, mayo 2012)

lunes, diciembre 10, 2012

miércoles, diciembre 05, 2012

De casa al mercado y del mercado a casa

1. Todos los gobiernos desde 1983 tuvieron su capítulo Clarín. No lo inventó el kirchnerismo. El alfonsinismo, en su “hoja de ruta para la democratización nacional”, escribió un breve pasaje del que resultan frases como estas: “Clarín ataca como partido político y se defiende con la libertad de prensa” (Chacho Jaroslavsky) y “… titular el diario como si realmente quisiera hacer caer la fe y la esperanza al pueblo argentino…” (Raúl Alfonsín, 1987). Lo de Menem veámoslo en boca del señor Alberto Kohan en una nota que le hicimos para la revista Crisis: “Menem se llevaba mal con Clarín, no así los menemistas.” Nuestro enano marxista nos sopla los restos de cenizas de verdad que quedan en sus puños: Clarín, como la democracia y el capitalismo de mercado, nacen en 1976. No hubo delitos de lesa humanidad o apropiación de menores (detalle judicial nada menor) pero el diario, como muchísimos, estuvo en la “escena del crimen” y armó su “acumulación originaria” para los días que venían con el control de Papel Prensa. Pero estos largos años, los que contaban la historia negra de Clarín eran una cofradía desde diversos márgenes éticos y profesionales: políticos suicidas, Asís, algunos docentes solitarios como Mariana Moyano o periodistas-empresarios como Julio Ramos, agitando desde sus distintas tarimas la condena de sus propios futuros. (Muchos 100% lucha de hoy tienen en su CV el paso por alguna de las ramas del “grupo”, un paso sin pena ni gloria -o sí-, y no hay nada malo en ello, excepto cuando se ejerce tanto el poder de policía ideológica.) 2. Clarín es historia argentina contada en capítulos, como insinuó Horacio González diciendo que su redacción es la historia de los progresismos fracasados. Diario difícil de reducir a “intereses” sin comprender el movimiento de sus líneas, péndulo de contradicciones. Osvaldo Bayer, ex PC’s, viejos alfoninistas o trotskistas componen la lista de “marines” editoriales de ese diario que no fue “voz de”, sino, inteligentemente, un enorme articulador de escenas políticas de ruptura y continuidad. 3. En una charla con un líder universitario trotskista en 2001 me dice: “¿qué leés?” Y él se respondió solo: yo leo Infobae, directamente al enemigo. A mí me salió decir: “yo leo Clarín”, como quien dice algo simple y revelador a la vez. Leemos al articulador de la escena. La mano invisible del todo antes que la voz de los buitres de ocasión, rateros del neoliberalismo como Hadad. Clarín se opuso a Menem pero contribuyó a su clima de época. 4. Si Magnetto significó el fin del “desarrollismo” clásico en el gran Diario, también fue una figura del nuevo orden que cumplió el rol histórico de la secularización de un medio que quería multiplicarse siguiendo la ruta de cada ciudadano: fue (es) parte del universo de transformaciones culturales del consumo. El diario del gobierno de la economía sobre la política. 5. La guerra empezó, se podría decir, el día que Néstor Kirchner citó en público justamente la figura de Héctor Magnetto, un nombre desconocido para la mayoría silenciosa. El primer gobierno kirchnerista tuvo la sombra amable de Clarín en la misma sintonía con la que hoy soporta la amabilidad de la UIA. En los días cariñosos del “primer gobierno” nadie avizoraba la intensidad del enfrentamiento que se vendría. Pero un día Kirchner en medio de un discurso calmo en el Salón Blanco lo sacó de la sombra, lo nombró advirtiendo que citaba “a un hombre de la democracia”, para comentar “un diálogo privado” que, según la vocación tensa de Kirchner, había sido naturalmente áspero. El hombre del diario que funcionó virtualmente como Partido Justicialista de la clase media estaba en la mesa de poder y debía ser iluminado su lugar. 6. Clarín ofreció las garantías a la sociedad de un periodismo independiente del Estado, aunque haciendo metástasis en la política, nutriéndose de ella, produciéndola por abajo, y a la vez constituyendo su “mercado autónomo”, su prescindencia, su enorme aparato para-estatal bajo la ecuación: sólo un medio tan poderoso se asegura independencia (y no es mendigo de las pautas oficiales). Pero Clarín está hasta las manos de Estado, se gestó sobre un movimiento de influencias y recursos, pero se recubrió de una autoridad libre de humo. Y ahora, así, descubierto su juego político también descubre su límite: proyecta sobre la política pero no es la política. Es un medio, llega hasta un punto y… ya no alcanza. 7. Algunas plazas pueden tener la agenda de Clarín pero no a Clarín en su agenda. Y eso que Clarín NO ES, en este momento, es un límite inconmovible. 8. Que termine de una vez esta conversación monotemática, este microclima, este gasto de tiempo social para un pueblo argentino que espera tantas otras cosas, y que llegue el tiempo de saber por qué todo esto valió tanto la pena.

(Refrito de la vieja nota publicada en la revista Crisis.)