Esta.
Y esta también:
domingo, abril 06, 2014
miércoles, abril 02, 2014
El Estado es el otro
Hay Moncloa. Todos piden más Estado: los que piden seguridad, los que piden trabajo en blanco, los que piden más impuestos, los que piden menos impuestos, los que piden dólares, los que piden 82 % móvil, y así. Dicen Estado pero dicen muchas cosas a la vez. O como el círculo de fuego del viejo 8N: piden que venga el Estado para sacarles el Estado de encima. Porque nadie, a su modo, pide “menos Estado”.
Hablemos de los linchamientos. Hay dos discursos: 1) ese momento ideal para el buen samaritano: mira a una parte de la sociedad como un conjunto de pequeños Ku Klux Klanes. Gente blanca sobre un “negro”. Todo simplificado hasta el punto de sólo estar cómodo con el culo en los prejuicios (mientras los hechos de estos días dan cuenta de algo más enmarañado); 2) ese discurso culposo de no cargarle nunca la cuenta a nadie, así como habló Massa: hay linchamiento porque hay Estado ausente. O sea: pedir siempre más Estado, nunca pedir “más Sociedad”.
Cristina respondió, pero subrayó esa línea, al decir, junto al cura del SEDRONAR: acá estamos, incluiremos. En ambos discursos el Estado siempre es el otro, eso otro que en su ausencia es capaz de exculparnos de cualquier acto, porque, en definitiva, así parece, todo es acción sobre “el terreno vacío del Estado”, y el acto social sólo contiene la ausencia estatal. Para Massa el Estado podría ser a través de las cámaras un gran ojo que nos ve. Para Cristina a través de las políticas públicas un abrazo franciscano que no nos deja solos. Y esos dos ideales nos subrayan otro ideal imposible: que un individuo pueda “ser” el Estado democrático cuando ocurre un delito. ¿O no es eso una sociedad civil, en parte? Pedir Estado parece declarar la inocencia social. O sea, ¿la sociedad tiene valores que sólo el Estado garantiza? ¿Pero en cada ausencia del Estado no hay una ausencia de la sociedad? Los vecinos/testigos de un robo también pueden actuar como la “civilización que falta” frente al hurto, y no como la barbarie que late bajo el piso civil. Decir eso no es progresismo, entendido para la chacota. Decir eso es tratar de poner un grado cero, un punto de partida.
El Estado es una campera: de un lado corderito, del otro lado piel de lobo. El debate político parece ser entre darla vuelta para uno u otro lado. Mientras, esa sobredimensión del Estado hace a una ciudadanía débil: no esperar nada de nadie, total, el brazo que no doy, lo tiene que dar el Estado. Es una sobredimensión que nace de las mismas fuerzas políticas que sobre-ofertan las capacidades estatales. Por cada “más Estado” un “más Sociedad” también. Y yo haría una remera como las de la ecología (save the wales) pero al revés: No salvemos a la sociedad. Nueva ecología para un mundo mejor.
Massa acentúa su reclamo de “mano dura”, como si dijera: es mano dura estatal o es mano dura social. Ustedes elijan. Pretendiendo subrayar en el linchamiento la prolongación del “hombre común”, como el protagonista de Un día de furia, que aguanta y aguanta hasta que no, y ese día tiene su bate de beisbol en la mano. El hombre es el lobo del Estado. Cualquier discurso de mano dura desprende la convicción de que “la gente es violenta”. Dijo estos días el sociólogo Gabriel Kessler: “no es normal pegarle entre muchos a uno”. Y decir esto no es negar el derecho a defenderse. En las redes sociales hay un tic anti progresista: oponer “la calle”, cierto realismo sucio, a la oración bien pensante. Pero: no son “normales” los que entre muchos le pegan a uno.
Mientras escribo, leo que ya surgió un colectivo de abogados garantistas anti-linchamiento. Velocidad de cualquier business simbólico. Los progresistas lo sabemos: juntarnos es al pedo. Infiltrados, mejor. La transformación progresista esconde una cartilla de cambios a espaldas de la sociedad. Porque el buen izquierdista nunca plebiscita todas sus ideas. Los argentinos somos 40 millones de de todo un poco. Y con miles de hijos de puta también. Un viejo amigo me lo grabó en el bocho: la clase política está a la izquierda de la sociedad. Lo creo (con las excepciones que vengan al caso), y prefiero mil veces a la clase política que al periodismo.
Empecemos de nuevo. Vida de David Moreyra: joven argentino en el “país de la inclusión”, roba, huye, lo pescan; la turba lo mata; la familia dona sus órganos.
(este domingo, esta columna en Ni a Palos)
Hablemos de los linchamientos. Hay dos discursos: 1) ese momento ideal para el buen samaritano: mira a una parte de la sociedad como un conjunto de pequeños Ku Klux Klanes. Gente blanca sobre un “negro”. Todo simplificado hasta el punto de sólo estar cómodo con el culo en los prejuicios (mientras los hechos de estos días dan cuenta de algo más enmarañado); 2) ese discurso culposo de no cargarle nunca la cuenta a nadie, así como habló Massa: hay linchamiento porque hay Estado ausente. O sea: pedir siempre más Estado, nunca pedir “más Sociedad”.
Cristina respondió, pero subrayó esa línea, al decir, junto al cura del SEDRONAR: acá estamos, incluiremos. En ambos discursos el Estado siempre es el otro, eso otro que en su ausencia es capaz de exculparnos de cualquier acto, porque, en definitiva, así parece, todo es acción sobre “el terreno vacío del Estado”, y el acto social sólo contiene la ausencia estatal. Para Massa el Estado podría ser a través de las cámaras un gran ojo que nos ve. Para Cristina a través de las políticas públicas un abrazo franciscano que no nos deja solos. Y esos dos ideales nos subrayan otro ideal imposible: que un individuo pueda “ser” el Estado democrático cuando ocurre un delito. ¿O no es eso una sociedad civil, en parte? Pedir Estado parece declarar la inocencia social. O sea, ¿la sociedad tiene valores que sólo el Estado garantiza? ¿Pero en cada ausencia del Estado no hay una ausencia de la sociedad? Los vecinos/testigos de un robo también pueden actuar como la “civilización que falta” frente al hurto, y no como la barbarie que late bajo el piso civil. Decir eso no es progresismo, entendido para la chacota. Decir eso es tratar de poner un grado cero, un punto de partida.
El Estado es una campera: de un lado corderito, del otro lado piel de lobo. El debate político parece ser entre darla vuelta para uno u otro lado. Mientras, esa sobredimensión del Estado hace a una ciudadanía débil: no esperar nada de nadie, total, el brazo que no doy, lo tiene que dar el Estado. Es una sobredimensión que nace de las mismas fuerzas políticas que sobre-ofertan las capacidades estatales. Por cada “más Estado” un “más Sociedad” también. Y yo haría una remera como las de la ecología (save the wales) pero al revés: No salvemos a la sociedad. Nueva ecología para un mundo mejor.
Massa acentúa su reclamo de “mano dura”, como si dijera: es mano dura estatal o es mano dura social. Ustedes elijan. Pretendiendo subrayar en el linchamiento la prolongación del “hombre común”, como el protagonista de Un día de furia, que aguanta y aguanta hasta que no, y ese día tiene su bate de beisbol en la mano. El hombre es el lobo del Estado. Cualquier discurso de mano dura desprende la convicción de que “la gente es violenta”. Dijo estos días el sociólogo Gabriel Kessler: “no es normal pegarle entre muchos a uno”. Y decir esto no es negar el derecho a defenderse. En las redes sociales hay un tic anti progresista: oponer “la calle”, cierto realismo sucio, a la oración bien pensante. Pero: no son “normales” los que entre muchos le pegan a uno.
Mientras escribo, leo que ya surgió un colectivo de abogados garantistas anti-linchamiento. Velocidad de cualquier business simbólico. Los progresistas lo sabemos: juntarnos es al pedo. Infiltrados, mejor. La transformación progresista esconde una cartilla de cambios a espaldas de la sociedad. Porque el buen izquierdista nunca plebiscita todas sus ideas. Los argentinos somos 40 millones de de todo un poco. Y con miles de hijos de puta también. Un viejo amigo me lo grabó en el bocho: la clase política está a la izquierda de la sociedad. Lo creo (con las excepciones que vengan al caso), y prefiero mil veces a la clase política que al periodismo.
Empecemos de nuevo. Vida de David Moreyra: joven argentino en el “país de la inclusión”, roba, huye, lo pescan; la turba lo mata; la familia dona sus órganos.
(este domingo, esta columna en Ni a Palos)
miércoles, febrero 26, 2014
jueves, diciembre 19, 2013
domingo, diciembre 08, 2013
viernes, noviembre 29, 2013
jueves, noviembre 28, 2013
Salud de la república
(Texto completo acá)
(...)
Moreno es la leyenda política más autoconcientemente construida desde 1983. Uno tiene la impresión de que trabajó como un obsesivo de la gestión, del detalle, Axel Kiciloff lo describía como un ferretero, que sabía dónde, en qué cajón, se guardaba cada clavito de tamaño X. A la vez, su pasión por el derrame de leyenda ensalzó el único personalismo que los Kirchner toleran a su lado: el de los que son capaces de incendiarse, de quemar todas las naves. Un energúmeno a lo bonzo que hace reír en palacio, pero cuyo fuego también pudo quemar algunos puentes con las mayorías que miran sin gracia las gracias lejanas. Porque los temas de Moreno eran los temas de la justicia social: LA CARNE ARGENTINA. Moreno impuso ese tic de incorrección, de funcionario 24/7 que personaliza todos los debates, que posa de barrabrava, que se enamora de ser un “feo, sucio y malo”. Fue el más enfático en disputar al papa, era el más “ni yanqui ni marxista” de un gobierno que imaginó siempre a su izquierda “la pared”. Moreno fue un “malo bueno” (injusto y guarango con los injustos, los que creen que tienen derecho natural al buen trato y a la sumisión), fue un esotérico (un kirchnerista católico), y fue un simulador de una violencia incomprobable (¿realmente más allá de ese vozarrón nasal daba miedo?). El funcionario de trato directo, despectivo, pero justiciero era intachable. Y obligaba a que propios y ajenos hicieran esa distinción: no es corrupto. Como cuando la presidenta, delante de todos los ahorristas en dólares (sus funcionarios), le preguntó en tono cómplice: “¿Moreno, usted ahorra en dólares?”. Yo no, decía con el gesto, sonrisa pudorosa, un nativo entre millonarios. Abría las manos. Tengo las manos limpias de dólares. “¡Tienen las manos sucias de sangre!”, les gritaba a los periodistas de Clarín en un cóctel en La Embajada. Su problema eran las manos: la mano invisible del mercado, la mano negra del Estado. El mercado central y La Salada eran sus vicios, su ring de titanes de la economía real. Su diplomacia “alternativa”: Argentina tuvo dos hombres en Angola, Guevara y Moreno. Su excesiva conciencia para autonarrarse, es decir, para conseguir amplificadores de sus chistes y exabruptos de palacio también lo condenan a ser, en el futuro, un personaje peronista en busca de un autor. Porque, como a muchos, la cuenta del producto de poder por sobre el consumo de poder le da deficitaria. Su integrismo piantavotos, su simpatía exclusiva entre propios, su pasado militante modesto, porteño, en Las Cañitas antes de ser “Las Cañitas” pero sin ser La Matanza, lo obligará a ser el pensionado de un papel, de un chiste, de una política de justicia sin tantos logros, porque trabajó para el bien de barrios humildes en los que podría caminar sin ser reconocido.
(...)
Moreno es la leyenda política más autoconcientemente construida desde 1983. Uno tiene la impresión de que trabajó como un obsesivo de la gestión, del detalle, Axel Kiciloff lo describía como un ferretero, que sabía dónde, en qué cajón, se guardaba cada clavito de tamaño X. A la vez, su pasión por el derrame de leyenda ensalzó el único personalismo que los Kirchner toleran a su lado: el de los que son capaces de incendiarse, de quemar todas las naves. Un energúmeno a lo bonzo que hace reír en palacio, pero cuyo fuego también pudo quemar algunos puentes con las mayorías que miran sin gracia las gracias lejanas. Porque los temas de Moreno eran los temas de la justicia social: LA CARNE ARGENTINA. Moreno impuso ese tic de incorrección, de funcionario 24/7 que personaliza todos los debates, que posa de barrabrava, que se enamora de ser un “feo, sucio y malo”. Fue el más enfático en disputar al papa, era el más “ni yanqui ni marxista” de un gobierno que imaginó siempre a su izquierda “la pared”. Moreno fue un “malo bueno” (injusto y guarango con los injustos, los que creen que tienen derecho natural al buen trato y a la sumisión), fue un esotérico (un kirchnerista católico), y fue un simulador de una violencia incomprobable (¿realmente más allá de ese vozarrón nasal daba miedo?). El funcionario de trato directo, despectivo, pero justiciero era intachable. Y obligaba a que propios y ajenos hicieran esa distinción: no es corrupto. Como cuando la presidenta, delante de todos los ahorristas en dólares (sus funcionarios), le preguntó en tono cómplice: “¿Moreno, usted ahorra en dólares?”. Yo no, decía con el gesto, sonrisa pudorosa, un nativo entre millonarios. Abría las manos. Tengo las manos limpias de dólares. “¡Tienen las manos sucias de sangre!”, les gritaba a los periodistas de Clarín en un cóctel en La Embajada. Su problema eran las manos: la mano invisible del mercado, la mano negra del Estado. El mercado central y La Salada eran sus vicios, su ring de titanes de la economía real. Su diplomacia “alternativa”: Argentina tuvo dos hombres en Angola, Guevara y Moreno. Su excesiva conciencia para autonarrarse, es decir, para conseguir amplificadores de sus chistes y exabruptos de palacio también lo condenan a ser, en el futuro, un personaje peronista en busca de un autor. Porque, como a muchos, la cuenta del producto de poder por sobre el consumo de poder le da deficitaria. Su integrismo piantavotos, su simpatía exclusiva entre propios, su pasado militante modesto, porteño, en Las Cañitas antes de ser “Las Cañitas” pero sin ser La Matanza, lo obligará a ser el pensionado de un papel, de un chiste, de una política de justicia sin tantos logros, porque trabajó para el bien de barrios humildes en los que podría caminar sin ser reconocido.
lunes, octubre 28, 2013
jueves, octubre 10, 2013
jueves, octubre 03, 2013
La próxima lo ganamos
Por Guido Mignogna
Tengo un amigo bostero. Repugnantemente bostero. Su mail es papaboca, sus tuiters, en un 99 por ciento van destinados a recordarnos lo que son. Mi amigo también es excesivamente antikirchnerista. Auténtico y visceral. En la adolescencia nos llevábamos muy bien. Con el tiempo, nos vimos menos. Hoy, compartimos Ac Calor, un engendro maravilloso de amigos que juegan al fútbol todos los sábados desde hace diez años. Hicimos un pacto implícito y no hablamos de fútbol ni de política. Hace unos meses estábamos jugando a un juego de cartas que se llama Presidente. Un juego horrible, pero que nos divertía porque era, a su vez, muy picante y la mayoría de las veces terminábamos totalmente en pedo. Esa noche, para llegar al poder se habían armado dos bandos. Nosotros quedamos enfrentados. La hostilidad del juego crecía hasta que en un momento me derrocó, tomó el poder y me mandó al fondo de la pirámide. Su grito de guerra fue: “por gallina y kirchnerista”. A mí me causó mucha gracia. Sentí que se estaba sincerando, que lo tenía atragantado hace años. Hoy todavía jodemos con eso.
Este bostero irritante tiene una historia que quiero contar. River-Boca, junio de 2004, cuando perdimos por penales en las semifinales de la Libertadores. El dramatismo de la fase hizo que cada uno de los partidos se jugara sin público visitante. El partido de ida, con el recordado arañazo del Muñeco Gallardo, lo ganó Boca 1 a 0. La vuelta, entonces, era en el gallinero y no permitía hinchas de Boca. Esa semana, los noticieros se divertían buscando historias de bosteros camuflados que se hacían socios de River para luego terminar sacando su entrada e ir al partido de vuelta. Mi amigo, con buenas conexiones políticas en el mundo Boca, consiguió su entrada. Su familia, enferma y ultra bostera, le rogaba que no fuera. Nosotros, los hinchas de River, habíamos diagramado una estrategia bastante divertida: todos a la cancha con alguna camiseta del millo. Hasta último momento no sabía si iba a ir. Como muchos otros, bosteros infiltrados y gallinas despistados, no negoció los colores y se mandó igual, asumiendo los riesgos. Tenía una entrada para la Centenario alta. Llegó sobre la hora, se acomodó en un costado y vio todo el primer tiempo sin mayores problemas. El cero a cero era el resultado perfecto por dos razones: significaba que pasaba Boca y, por sobre todas las cosas, no tener que exponerse a un gol a favor o en contra. Cualquiera de las dos circunstancias lo podían hacer pisar el palito. Segundo tiempo y empieza el quilombo. Gol de Lucho González. Puño cerrado y festejo. River se venía y estaba cada vez más cerca del segundo, lo que le hubiera dado la clasificación. La cancha se venía abajo. Él también. Estaba totalmente arrepentido de su decisión. Pero llegó entonces esa Guillermeada de Barros Schelotto – ese petiso ladino que siempre nos complicó la vida- y logró enfriar el partido, echar al débil de Sambueza y poner a todo River muy nervioso. Gol de Tevez. No aguantó. No supo que hacer. En un movimiento se sentó, puso su cara entre las rodillas y pegó un grito. Ese grito, todos sabemos, era de gol. Ante la desesperación y el desconcierto de sus vecinos ese grito no lo delató. Pasó cerca. Ahora tenía que aguantar un rato. Boca se clasificaba y ya faltaba muy poco para terminar con la ficción. El gol de Nasuti a segundos del final lo puso en jaque de vuelta. Ahí tuvo que ceder al contexto. Un grito de gol y un par de payasadas para demostrar su (falsa) identidad. Menos mal: a diez metros, descubrieron a un gallina “poco efusivo” y le dieron para que tenga. No podía más. Llegaron los penales. Pensó en irse. Los penales no se pueden actuar, se convenció. Arrancó la retirada. Cuando empezó a bajar las escaleras sintió que si alguien lo agarraba yéndose era número puesto. Volvió hasta el pasillo y escuchó, mientras caminaba estúpidamente para cualquier lado, el 1 a 0 de Salas. No le gustó ese lugar ni quiénes estaban ahí: el grito de los goles no formaban esa única voz explosiva, previsible, sino que el grito del pasillo era más bien personalizado, a destiempo, donde la ira de cada voz era distinguible y retumbaba en un eco que era la locura. Además, el hecho de compartir con sus enemigos la complicidad del que no aguanta ver lo que pasa en otro lado, y a su vez, ser parte de la exhibición de un repertorio patético de rezos y sobreactuaciones, hizo insostenible su estadía ahí. Del pasillo a los baños, sin pensarlo. Peló una radio que tenía y se metió en uno de esos boxes que nunca se cierran del todo. Era preferible escucharlo por radio en un lugar todo cagado y meado que estar allá arriba, jugándose la vida. Ya no confiaba más en él. Prendió un cigarrillo que se iba a consumir solito, sin siquiera una pitada. Con el culo y las piernas apoyadas en el inodoro, y con los dedos índices de cada mano apretando los auriculares como para abstraerse, oyó el relato de la primera emisora que encontró: Costa Febre. Cuando Abondanzieri le atajó el penal a Maxi López se largó a llorar, desconsoladamente. El gol de Villarreal potenció el llanto. Habían ganado. Se quedó en el baño, solo, llorando, como un nene, o como un hincha de River. Su reacción era igual a la de todo el estadio. Cuando salió y entendió que tenía que irse de ahí, se cruzó a un viejo de unos ochenta años, canoso y alto –siempre creyó que era Amadeo Carrizo- que lo vio moqueando y le dijo: “pibe, tranquilo, la próxima lo ganamos”.
Tengo un amigo bostero. Repugnantemente bostero. Su mail es papaboca, sus tuiters, en un 99 por ciento van destinados a recordarnos lo que son. Mi amigo también es excesivamente antikirchnerista. Auténtico y visceral. En la adolescencia nos llevábamos muy bien. Con el tiempo, nos vimos menos. Hoy, compartimos Ac Calor, un engendro maravilloso de amigos que juegan al fútbol todos los sábados desde hace diez años. Hicimos un pacto implícito y no hablamos de fútbol ni de política. Hace unos meses estábamos jugando a un juego de cartas que se llama Presidente. Un juego horrible, pero que nos divertía porque era, a su vez, muy picante y la mayoría de las veces terminábamos totalmente en pedo. Esa noche, para llegar al poder se habían armado dos bandos. Nosotros quedamos enfrentados. La hostilidad del juego crecía hasta que en un momento me derrocó, tomó el poder y me mandó al fondo de la pirámide. Su grito de guerra fue: “por gallina y kirchnerista”. A mí me causó mucha gracia. Sentí que se estaba sincerando, que lo tenía atragantado hace años. Hoy todavía jodemos con eso.
Este bostero irritante tiene una historia que quiero contar. River-Boca, junio de 2004, cuando perdimos por penales en las semifinales de la Libertadores. El dramatismo de la fase hizo que cada uno de los partidos se jugara sin público visitante. El partido de ida, con el recordado arañazo del Muñeco Gallardo, lo ganó Boca 1 a 0. La vuelta, entonces, era en el gallinero y no permitía hinchas de Boca. Esa semana, los noticieros se divertían buscando historias de bosteros camuflados que se hacían socios de River para luego terminar sacando su entrada e ir al partido de vuelta. Mi amigo, con buenas conexiones políticas en el mundo Boca, consiguió su entrada. Su familia, enferma y ultra bostera, le rogaba que no fuera. Nosotros, los hinchas de River, habíamos diagramado una estrategia bastante divertida: todos a la cancha con alguna camiseta del millo. Hasta último momento no sabía si iba a ir. Como muchos otros, bosteros infiltrados y gallinas despistados, no negoció los colores y se mandó igual, asumiendo los riesgos. Tenía una entrada para la Centenario alta. Llegó sobre la hora, se acomodó en un costado y vio todo el primer tiempo sin mayores problemas. El cero a cero era el resultado perfecto por dos razones: significaba que pasaba Boca y, por sobre todas las cosas, no tener que exponerse a un gol a favor o en contra. Cualquiera de las dos circunstancias lo podían hacer pisar el palito. Segundo tiempo y empieza el quilombo. Gol de Lucho González. Puño cerrado y festejo. River se venía y estaba cada vez más cerca del segundo, lo que le hubiera dado la clasificación. La cancha se venía abajo. Él también. Estaba totalmente arrepentido de su decisión. Pero llegó entonces esa Guillermeada de Barros Schelotto – ese petiso ladino que siempre nos complicó la vida- y logró enfriar el partido, echar al débil de Sambueza y poner a todo River muy nervioso. Gol de Tevez. No aguantó. No supo que hacer. En un movimiento se sentó, puso su cara entre las rodillas y pegó un grito. Ese grito, todos sabemos, era de gol. Ante la desesperación y el desconcierto de sus vecinos ese grito no lo delató. Pasó cerca. Ahora tenía que aguantar un rato. Boca se clasificaba y ya faltaba muy poco para terminar con la ficción. El gol de Nasuti a segundos del final lo puso en jaque de vuelta. Ahí tuvo que ceder al contexto. Un grito de gol y un par de payasadas para demostrar su (falsa) identidad. Menos mal: a diez metros, descubrieron a un gallina “poco efusivo” y le dieron para que tenga. No podía más. Llegaron los penales. Pensó en irse. Los penales no se pueden actuar, se convenció. Arrancó la retirada. Cuando empezó a bajar las escaleras sintió que si alguien lo agarraba yéndose era número puesto. Volvió hasta el pasillo y escuchó, mientras caminaba estúpidamente para cualquier lado, el 1 a 0 de Salas. No le gustó ese lugar ni quiénes estaban ahí: el grito de los goles no formaban esa única voz explosiva, previsible, sino que el grito del pasillo era más bien personalizado, a destiempo, donde la ira de cada voz era distinguible y retumbaba en un eco que era la locura. Además, el hecho de compartir con sus enemigos la complicidad del que no aguanta ver lo que pasa en otro lado, y a su vez, ser parte de la exhibición de un repertorio patético de rezos y sobreactuaciones, hizo insostenible su estadía ahí. Del pasillo a los baños, sin pensarlo. Peló una radio que tenía y se metió en uno de esos boxes que nunca se cierran del todo. Era preferible escucharlo por radio en un lugar todo cagado y meado que estar allá arriba, jugándose la vida. Ya no confiaba más en él. Prendió un cigarrillo que se iba a consumir solito, sin siquiera una pitada. Con el culo y las piernas apoyadas en el inodoro, y con los dedos índices de cada mano apretando los auriculares como para abstraerse, oyó el relato de la primera emisora que encontró: Costa Febre. Cuando Abondanzieri le atajó el penal a Maxi López se largó a llorar, desconsoladamente. El gol de Villarreal potenció el llanto. Habían ganado. Se quedó en el baño, solo, llorando, como un nene, o como un hincha de River. Su reacción era igual a la de todo el estadio. Cuando salió y entendió que tenía que irse de ahí, se cruzó a un viejo de unos ochenta años, canoso y alto –siempre creyó que era Amadeo Carrizo- que lo vio moqueando y le dijo: “pibe, tranquilo, la próxima lo ganamos”.
domingo, septiembre 22, 2013
martes, septiembre 10, 2013
domingo, septiembre 08, 2013
Javier Trímboli
Historiador, escritor y gran persona, todo al mismo tiempo y con la misma intensidad, mete esto en "Otra parte" y en Revolucion-tinta-limon lo abrazamos hasta la eternidad: Googleen por favor “1863”. Pero no vale la pena, no quisieron ser prosaicos. El Buenos Aires perdura. Por eso, aunque uno ponga el paraguas de Saer y Foucault, prevalece la invitación a titear a la preceptora que duerme con el rosario y amanece con olor a remolacha hervida; a hacer pasar por inteligente que la situación represiva argentina se puede condensar en ella y en un jefe de preceptores degeneradito, que fastidian a alumnos y profesores, inalcanzables en sus intercambios, hieráticos. Ya no hay alumnos del Interior como en Juvenilia, sí muchos apellidos italianos. La novela de Cané se transfigura en otra cosa, exagera aún más el clasismo, y La Nación acompaña el proceso completo. ¿Llegará a ser Ciencias morales lectura obligatoria para el ingreso? Probablemente no, por el sexo, aunque el jefe de preceptores es torpe incluso en eso.
martes, agosto 27, 2013
Adelanto exclusivo: la genial "crónica papal" de Gonzo
Diego Sánchez ("Gonzo", @diegoese) hizo el circuito papal y lo cuenta este domingo en Ni a Palos. Aquí un adelanto:
"El siguiente destino es la escuela “Cnel. Ing. Pedro Antonio Cerviño”. Allí el pequeño Jorge cursó sus estudios primarios. Javier (el guía) nos lleva cuatro cuadras por la calle Pedernera, y tras pasar la mítica heladería Palmeiras, la Universidad de Flores y esos comercios ignífugos que ayer recargaban cartuchos y hoy hacen trabajos dentales, se detiene. “Los hice parar acá para que vean estas casas, que son lo más parecido a cómo era el barrio en la época en que vivía el Papa”. Conozco esta esquina. Estamos en José Bonifacio y Varela, a 100 metros de donde viví durante más de diez años y donde aún hoy viven mis padres. Javier insiste: “Son las típicas casas chorizo, como las de los cuarenta, antes de que el progreso y la modernidad cambiaran todo”. Me cuesta abstraerme e ingresar en su relato. La Miami woman está fascinada con ese paisaje humilde y jesuita, que a mí me recuerda a la adolescencia en los años noventa. ¿De quién es el pasado? Javier repetirá varias veces eso del “progreso que arrasa todo”, como si en el fondo el tour fuera un paseo por la entropía irreversible de la modernidad, aquello que convirtió al Flores ingenuo que vio nacer a Jorge Mario Bergoglio en este Harlem blanco donde los reventados, los talleres clandestinos, la clase media originaria, los coreanos y judíos, el centro comercial, las villas, y los puteros lúgubres que aún no recibieron la caricia gélida del feminismo audiovisual, dieron forma a la figura sufrida y misericordiosa de este inesperado Papa Francisco."
"El siguiente destino es la escuela “Cnel. Ing. Pedro Antonio Cerviño”. Allí el pequeño Jorge cursó sus estudios primarios. Javier (el guía) nos lleva cuatro cuadras por la calle Pedernera, y tras pasar la mítica heladería Palmeiras, la Universidad de Flores y esos comercios ignífugos que ayer recargaban cartuchos y hoy hacen trabajos dentales, se detiene. “Los hice parar acá para que vean estas casas, que son lo más parecido a cómo era el barrio en la época en que vivía el Papa”. Conozco esta esquina. Estamos en José Bonifacio y Varela, a 100 metros de donde viví durante más de diez años y donde aún hoy viven mis padres. Javier insiste: “Son las típicas casas chorizo, como las de los cuarenta, antes de que el progreso y la modernidad cambiaran todo”. Me cuesta abstraerme e ingresar en su relato. La Miami woman está fascinada con ese paisaje humilde y jesuita, que a mí me recuerda a la adolescencia en los años noventa. ¿De quién es el pasado? Javier repetirá varias veces eso del “progreso que arrasa todo”, como si en el fondo el tour fuera un paseo por la entropía irreversible de la modernidad, aquello que convirtió al Flores ingenuo que vio nacer a Jorge Mario Bergoglio en este Harlem blanco donde los reventados, los talleres clandestinos, la clase media originaria, los coreanos y judíos, el centro comercial, las villas, y los puteros lúgubres que aún no recibieron la caricia gélida del feminismo audiovisual, dieron forma a la figura sufrida y misericordiosa de este inesperado Papa Francisco."
jueves, agosto 22, 2013
Representación o muerte
por Tomás Borovinsky (@borovinsky)
La representación es una cuestión de vida o muerte. Hay representantes porque hay división social del trabajo y porque no podemos gobernar y debatir todos juntos. Así no se puede: alguien tiene que laburar. La modernidad es contratar a alguien para que te represente y dicte las leyes y gobierne y te negocie el salario. División social del trabajo y confianza son la claves de toda vida social (post)moderna. No todos podemos, ni queremos, gobernar. Civiles somos todos. Nosotros vivimos nuestra vida porque alguien nos cuida y se lleva la basura y hace todo ese trabajo que no sabemos ni queremos hacer.
Es un lugar común pensar que la Argentina es un país de grandes rupturas. Un péndulo. Bien. Ahora pensemos las continuidades: treinta años de democracia, tres familias, dos partidos políticos. Somos Estados Unidos de Amnesia, en Unión y Libertad: entre la continuidad y la memoria derramada vamos construyendo el país que tenemos. El que se puede construir con lo que hay. Desde 1983 siempre ganaron los mejores: Alfonsín a Luder, Menem a Angelóz, Menem al Frepaso, Kirchner a Menem, CFK al panradicalismo + Lavagna, CFK a la dispersión. La política no es a la carta y se elige entre lo que hay. Siempre ganó el mejor quizás con la excepción de la fatídica elección de 1999. La Alianza fue el hecho progresista del país peronista y entramos al siglo XXI con un Y2K político que nos reventó en la cara en ese 2001 en que entró Duhalde por la ventana-parlamentaria. Duhalde vino a restaurar las leyes y el orden y a salvarnos de nosotros mismos. Orden y progreso (social) sin derechos humanos.
No se puede vivir en estado de asamblea permanente porque hay que producir y decidir. Duhalde nos salvó de nosotros mismos y sentó las bases económicas, políticas y emotivas para que llegara Kirchner y reafirmara el lugar de la autoridad y nos re-colocara una vez más en la senda del país normal. Hoy la verdadera batalla cultural radica en definir qué es un país normal. Kirchner en 2003, Menem en 1989, Perón en 1973: un país normal. Lo mismo para el 2013: CFK, Binner, Scioli, Massa, Insaurralde. El país normal es un sueño eterno.
El peronismo es el modo que tienen los argentinos de insertarse en el mundo. Que una parte importante del legado social y liberal argentino sea de origen peronista es menos místico y más concreto: es una cuestión estadística. El peronismo es el que más gobernó y para mantenerse en el poder modernizó la patria a su modo: un darwinismo social partidario. Una modernización cultural financiada por las arcas del Estado solventado por el comercio mundial (Perón, Kirchner) o por los flujos de capital viajero (Menem). Ayer el trigo y hoy el yuyo. La soja es continuidad: la trajo Perón en un avión Hércules venido de los Estados Unidos setentistas, Menem le dio el giro transgénico y con el kirchnerismo se tradujo en arcas de Estado gracias a las retenciones de Duhalde. Continuidades del país rupturista.
En la vida política democrática no hay sangre derramada. El peronismo es una meritocracia: quien gana se queda con todo porque es el que más representa. A diferencia del progresismo que impone candidatos por portación de nombre o porque sí la política duradera pide a cambio mayor representación. El que produce más poder dura y forja la patria a mediano plazo. Quien dirige lo hace porque cumple representando lo más que puede. Pero hay un límite porque no todos somos representables aunque caigamos sistemáticamente en la ilusión de tener un representante vitalicio permanente. Algo se escapa siempre porque sociedad y Estado no son lo mismo y porque partido y Estado tampoco. Toda sociedad es en el fondo sociedad anónima y esos desfasajes hacen a la volatilidad democrática que nos llena de incertidumbre y libertad. La representación se negocia cada dos años y barajamos y damos de nuevo porque nadie es para siempre y porque siempre tiene que haber alguien que represente los pedazos de la sociedad que nunca van a encarnar del mismo modo. Y así pasa el tiempo. La democracia (liberal) te desdramatiza la vida y la vida es eso que pasa mientras gobierna el peronismo. Representar o perecer es el dilema. Dar es dar. Es la democracia, estúpido.
La representación es una cuestión de vida o muerte. Hay representantes porque hay división social del trabajo y porque no podemos gobernar y debatir todos juntos. Así no se puede: alguien tiene que laburar. La modernidad es contratar a alguien para que te represente y dicte las leyes y gobierne y te negocie el salario. División social del trabajo y confianza son la claves de toda vida social (post)moderna. No todos podemos, ni queremos, gobernar. Civiles somos todos. Nosotros vivimos nuestra vida porque alguien nos cuida y se lleva la basura y hace todo ese trabajo que no sabemos ni queremos hacer.
Es un lugar común pensar que la Argentina es un país de grandes rupturas. Un péndulo. Bien. Ahora pensemos las continuidades: treinta años de democracia, tres familias, dos partidos políticos. Somos Estados Unidos de Amnesia, en Unión y Libertad: entre la continuidad y la memoria derramada vamos construyendo el país que tenemos. El que se puede construir con lo que hay. Desde 1983 siempre ganaron los mejores: Alfonsín a Luder, Menem a Angelóz, Menem al Frepaso, Kirchner a Menem, CFK al panradicalismo + Lavagna, CFK a la dispersión. La política no es a la carta y se elige entre lo que hay. Siempre ganó el mejor quizás con la excepción de la fatídica elección de 1999. La Alianza fue el hecho progresista del país peronista y entramos al siglo XXI con un Y2K político que nos reventó en la cara en ese 2001 en que entró Duhalde por la ventana-parlamentaria. Duhalde vino a restaurar las leyes y el orden y a salvarnos de nosotros mismos. Orden y progreso (social) sin derechos humanos.
No se puede vivir en estado de asamblea permanente porque hay que producir y decidir. Duhalde nos salvó de nosotros mismos y sentó las bases económicas, políticas y emotivas para que llegara Kirchner y reafirmara el lugar de la autoridad y nos re-colocara una vez más en la senda del país normal. Hoy la verdadera batalla cultural radica en definir qué es un país normal. Kirchner en 2003, Menem en 1989, Perón en 1973: un país normal. Lo mismo para el 2013: CFK, Binner, Scioli, Massa, Insaurralde. El país normal es un sueño eterno.
El peronismo es el modo que tienen los argentinos de insertarse en el mundo. Que una parte importante del legado social y liberal argentino sea de origen peronista es menos místico y más concreto: es una cuestión estadística. El peronismo es el que más gobernó y para mantenerse en el poder modernizó la patria a su modo: un darwinismo social partidario. Una modernización cultural financiada por las arcas del Estado solventado por el comercio mundial (Perón, Kirchner) o por los flujos de capital viajero (Menem). Ayer el trigo y hoy el yuyo. La soja es continuidad: la trajo Perón en un avión Hércules venido de los Estados Unidos setentistas, Menem le dio el giro transgénico y con el kirchnerismo se tradujo en arcas de Estado gracias a las retenciones de Duhalde. Continuidades del país rupturista.
En la vida política democrática no hay sangre derramada. El peronismo es una meritocracia: quien gana se queda con todo porque es el que más representa. A diferencia del progresismo que impone candidatos por portación de nombre o porque sí la política duradera pide a cambio mayor representación. El que produce más poder dura y forja la patria a mediano plazo. Quien dirige lo hace porque cumple representando lo más que puede. Pero hay un límite porque no todos somos representables aunque caigamos sistemáticamente en la ilusión de tener un representante vitalicio permanente. Algo se escapa siempre porque sociedad y Estado no son lo mismo y porque partido y Estado tampoco. Toda sociedad es en el fondo sociedad anónima y esos desfasajes hacen a la volatilidad democrática que nos llena de incertidumbre y libertad. La representación se negocia cada dos años y barajamos y damos de nuevo porque nadie es para siempre y porque siempre tiene que haber alguien que represente los pedazos de la sociedad que nunca van a encarnar del mismo modo. Y así pasa el tiempo. La democracia (liberal) te desdramatiza la vida y la vida es eso que pasa mientras gobierna el peronismo. Representar o perecer es el dilema. Dar es dar. Es la democracia, estúpido.
martes, agosto 20, 2013
lunes, agosto 19, 2013
lunes, agosto 12, 2013
Dispersos y representados
El gobierno perdió. A partir de ahí todas las lecturas son posibles, como la de que es la primera fuerza nacional. Pero del 54% a este resultado hay un viaje de errores políticos, de problemas de gestión, de deterioros sociales o económicos. De la vida misma. La retórica plebiscitaria de la campaña hace poco creíble ese esfuerzo porque una elección parlamentaria tenga una naturaleza totalmente distinta a la de una elección presidencial. Fue en una parlamentaria (2005) en que el kirchnerismo mató al duhaldismo. No se me pongan republicanos esta noche los feligreses de Laclau. No se caguen a piñas con la realidad.
Cristina resume muchas condiciones políticas juntas en demasiada soledad: tiene perfil de gestión, vocación de poder y un liderazgo afectivo que es muy “tómalo o déjalo” en las franjas de adhesión y rechazo. Pero una aceptación más volátil en el núcleo que define mayorías de minorías. O sea: el kirchnerismo nunca tuvo la vaca de la mayoría atada. La curva oscilante de sus votos lo demuestra. Y su minoría intensa funciona a veces como árbol que tapa el bosque: los actos, la cultura militante, la lógica de espectáculo, todo lo que encierra el clima en una fiesta que se representa a sí misma.
Pero en cuanto a los errores políticos cometidos a partir del triunfo de 2011, que serían “errores de construcción”, se me ocurre la creación de Unidos y Organizados como ejemplo de una política endogámica, participativa pero no representativa, que fija en torno al Estado una dinámica que no es territorial en el sentido clásico (prácticamente sin municipios y sin sindicatos), sino una suerte de “sin tierras” que acompañan con militancia todo el catálogo de la agenda de gobierno, pero que actúan como representantes del gobierno ante la sociedad, es decir: aún en la victoria el gobierno se mostró a la “defensiva”, en luchas anti corporativas difíciles de comprender para la mayoría de a pie. Sus figuras relevantes (Sabatella, Moreno, Berni, etc.) no sirven para ganar elecciones, no construyen puentes con sectores sociales, son alumnos aplicados del mandato presidencial. Al kirchnerismo le faltaron políticos. Otro error sería –llamémosle así- el “exceso cultural” (algo que previsiblemente desemboca en la crítica a la comunicación que nos da pereza repetir). Ninguna de las dos cosas hizo a un gobierno más atento a la calle.
La campaña bonaerense (que es casi todo) dependió de una sobreexpuesta Cristina, de un buen intendente desconocido al que había que hacer conocido urgentemente y de un gobernador popular y vapuleado que, de pronto, era iluminado por el fuego sagrado kirchnerista. Scioli pasó del zócalo en la TV Pública, donde decía que conspiraba junto Magnetto, a ser la esperanza del kirchnerismo. La política tiene velocidades, las sociedades tienen otras. El kirchnerismo en tiempos electorales de golpe (a último momento) se muestra demasiado confiado en el poder territorial, en el arrastre, en las “picardías peronistas”, en el poder municipal. Y, puede fallar. El voto es secreto.
Una elección es ese proceso que confirma si consumís o producís poder, o sea, veámoslo así: se vive una tensión entre los que se saben las 20 verdades peronistas de memoria y no ganaron una sola elección versus los “otros”, la generación intermedia, la política “descremada”, pero que es el club de los junta-votos. Y ahí empieza la valoración de los políticos, y de los políticos peronistas sobre todo, que merece ser atendida.
Dos cosas:
De la derrota de 2009 nació la AUH. ¿Existe margen para una espectacularidad así? Es difícil. El tiempo entre una primaria y una general es corto y condicionado.
De la política de restricción al dólar se deben desprender las lecciones porque es el mojón más duro que impactó y desconcertó. Hay que releer “el cuento de la economía” (léase: si no hay dólares me están cagando). Decimos: 1) la lucha contra el dólar es una batalla cultural difícil y perdida (máxime en contexto de inflación, donde hay que sacarse la plata de encima, ¿o guardarla como fetiche, tal el billete de Evita?); 2) el rechazo al cepo es un límite a un tipo de autoritarismo económico y el gobierno lo hizo pasar como una decisión racional, cultural, emancipadora, pero tapando una situación que hubiera sido socialmente entendible (las fugas de dólares) y ante la que se podría haber advertido el problema y buscado la solidaridad. El celo de no mostrar fisuras, de no abrirse, termina creyendo que es posible tapar la economía con la política. El relato obtura la gestión.
Redondeemos. Por deficiencia opositora el FPV contrasta su resultado nacional con su propio resultado anterior. No hay otra fuerza política nacional que haga sombra, por más que las victorias totales dibujen un mapa multicolor, como el que se puede ver. Lo del radicalismo como segunda fuerza puede parecer, en parte, un formalismo. Hay oposiciones fuertes, de raíz territorial: Pro en CABA, Socialismo en Santa Fe, peronismo disidente en Córdoba, radicalismo en Mendoza, cuyas identidades hacen difícil que hagan sistema nacional. (Y un dato las derrotas impensadas, como la de San Juan, un bastión.) Lo del FPV y el FR es un capítulo peronista. La PBA es el territorio real y simbólico elegido para concentrar todo el esfuerzo kirchnerista desde 2003. Conurbano y derechos humanos. Se ganó, se perdió, se ganó, se perdió, y así. Y así. El kirchnerismo, ahora, parece una suma de minorías, de triunfos parciales, de derrotas dignas, que en su coordinación federal conforman el partido nacional. Esto le deja el camino liso para la competencia que viene: la de la generación intermedia. La forma de los políticos de un nuevo tiempo a la conquista de una nueva mayoría. Políticos de baja intensidad, no fundacionalistas, que vienen a enfriar la política para ordenar la economía. ¿Y qué será eso?
Ninguna elección es "pueblo tallando en piedra". Ninguna. A vivir con esto.
Cristina resume muchas condiciones políticas juntas en demasiada soledad: tiene perfil de gestión, vocación de poder y un liderazgo afectivo que es muy “tómalo o déjalo” en las franjas de adhesión y rechazo. Pero una aceptación más volátil en el núcleo que define mayorías de minorías. O sea: el kirchnerismo nunca tuvo la vaca de la mayoría atada. La curva oscilante de sus votos lo demuestra. Y su minoría intensa funciona a veces como árbol que tapa el bosque: los actos, la cultura militante, la lógica de espectáculo, todo lo que encierra el clima en una fiesta que se representa a sí misma.
Pero en cuanto a los errores políticos cometidos a partir del triunfo de 2011, que serían “errores de construcción”, se me ocurre la creación de Unidos y Organizados como ejemplo de una política endogámica, participativa pero no representativa, que fija en torno al Estado una dinámica que no es territorial en el sentido clásico (prácticamente sin municipios y sin sindicatos), sino una suerte de “sin tierras” que acompañan con militancia todo el catálogo de la agenda de gobierno, pero que actúan como representantes del gobierno ante la sociedad, es decir: aún en la victoria el gobierno se mostró a la “defensiva”, en luchas anti corporativas difíciles de comprender para la mayoría de a pie. Sus figuras relevantes (Sabatella, Moreno, Berni, etc.) no sirven para ganar elecciones, no construyen puentes con sectores sociales, son alumnos aplicados del mandato presidencial. Al kirchnerismo le faltaron políticos. Otro error sería –llamémosle así- el “exceso cultural” (algo que previsiblemente desemboca en la crítica a la comunicación que nos da pereza repetir). Ninguna de las dos cosas hizo a un gobierno más atento a la calle.
La campaña bonaerense (que es casi todo) dependió de una sobreexpuesta Cristina, de un buen intendente desconocido al que había que hacer conocido urgentemente y de un gobernador popular y vapuleado que, de pronto, era iluminado por el fuego sagrado kirchnerista. Scioli pasó del zócalo en la TV Pública, donde decía que conspiraba junto Magnetto, a ser la esperanza del kirchnerismo. La política tiene velocidades, las sociedades tienen otras. El kirchnerismo en tiempos electorales de golpe (a último momento) se muestra demasiado confiado en el poder territorial, en el arrastre, en las “picardías peronistas”, en el poder municipal. Y, puede fallar. El voto es secreto.
Una elección es ese proceso que confirma si consumís o producís poder, o sea, veámoslo así: se vive una tensión entre los que se saben las 20 verdades peronistas de memoria y no ganaron una sola elección versus los “otros”, la generación intermedia, la política “descremada”, pero que es el club de los junta-votos. Y ahí empieza la valoración de los políticos, y de los políticos peronistas sobre todo, que merece ser atendida.
Dos cosas:
De la derrota de 2009 nació la AUH. ¿Existe margen para una espectacularidad así? Es difícil. El tiempo entre una primaria y una general es corto y condicionado.
De la política de restricción al dólar se deben desprender las lecciones porque es el mojón más duro que impactó y desconcertó. Hay que releer “el cuento de la economía” (léase: si no hay dólares me están cagando). Decimos: 1) la lucha contra el dólar es una batalla cultural difícil y perdida (máxime en contexto de inflación, donde hay que sacarse la plata de encima, ¿o guardarla como fetiche, tal el billete de Evita?); 2) el rechazo al cepo es un límite a un tipo de autoritarismo económico y el gobierno lo hizo pasar como una decisión racional, cultural, emancipadora, pero tapando una situación que hubiera sido socialmente entendible (las fugas de dólares) y ante la que se podría haber advertido el problema y buscado la solidaridad. El celo de no mostrar fisuras, de no abrirse, termina creyendo que es posible tapar la economía con la política. El relato obtura la gestión.
Redondeemos. Por deficiencia opositora el FPV contrasta su resultado nacional con su propio resultado anterior. No hay otra fuerza política nacional que haga sombra, por más que las victorias totales dibujen un mapa multicolor, como el que se puede ver. Lo del radicalismo como segunda fuerza puede parecer, en parte, un formalismo. Hay oposiciones fuertes, de raíz territorial: Pro en CABA, Socialismo en Santa Fe, peronismo disidente en Córdoba, radicalismo en Mendoza, cuyas identidades hacen difícil que hagan sistema nacional. (Y un dato las derrotas impensadas, como la de San Juan, un bastión.) Lo del FPV y el FR es un capítulo peronista. La PBA es el territorio real y simbólico elegido para concentrar todo el esfuerzo kirchnerista desde 2003. Conurbano y derechos humanos. Se ganó, se perdió, se ganó, se perdió, y así. Y así. El kirchnerismo, ahora, parece una suma de minorías, de triunfos parciales, de derrotas dignas, que en su coordinación federal conforman el partido nacional. Esto le deja el camino liso para la competencia que viene: la de la generación intermedia. La forma de los políticos de un nuevo tiempo a la conquista de una nueva mayoría. Políticos de baja intensidad, no fundacionalistas, que vienen a enfriar la política para ordenar la economía. ¿Y qué será eso?
Ninguna elección es "pueblo tallando en piedra". Ninguna. A vivir con esto.
lunes, agosto 05, 2013
"Yo te di ese amor que fue triunfo"
Mejor frase de Cangallo: "dormir la siesta es amanecer dos veces".
La política es Estado-céntrica. Siempre. Y menos mal que la política es Estado-céntrica. Y ahora, encima, en el país ganan los que gobiernan. Salvo (de los grandes distritos) en Mendoza. Donde -además- no hay reelección. El FPV es un partido de Estado. Una confederación de gobiernos provinciales y municipales con centro en el fisco nacional y en Cristina, el solar de la abadía. Lo que articula la presencia territorial del partido es el Estado, la distribución de recursos. Y eso incluye el mérito de saber hacerlo.
No sigan hombres, no sigan ideas, sigan al presupuesto. Estamos en Argentina. Si construimos el Estado, construimos lo demás. Difícil para la competencia, eso sí. Te juro por las nenas que no estoy siendo cínico. Tengo un hijo, quiero que de acá a que nos entierren a todos viva en un país gobernado, gobernable, representado. La política es exactamente que la sangre no llegue al río. Estado para las necesidades, mercado para los deseos. Ya sé, ya sé: todo es más c o m p l e j o. Y conozco el cuento de la culpa cristiana y progresista: “Nada lo quiero para mí/ todo lo quiero para todos”.
Dejamos, entonces, pegada en la heladera una cosa más:
Preámbulo: el peronismo no es un movimiento ni un partido, es un sistema.
Lo que mide el resultado del FPV no es en relación a otras fuerzas nacionales (¿las hay?) sino en torno a sí mismo, a las condiciones en que queda el oficialismo para la expectativa inconfesada de siempre: ¿qué pasará al interior del peronismo? ¿Cómo queda, en qué condiciones, tanto para la aspiración reeleccionista como para la gobernabilidad hasta el 2015? Mal para lo primero, bien para lo segundo. Va a tener condiciones para gobernar y para administrar la sucesión, la herencia, la fuga o la cima. Objetivamente. No se termina el kirchnerismo, se terminará, en tal caso, un tiempo. Ninguna década es igual a otra, compañeros. ¿Cómo será la representación del tiempo y el espacio que viene?
Lo que Massa ya logró no lo logró para él. Su efecto se mide en dos planos: primero ayudó a “abrir” más el proceso en el peronismo. (¿El kirchnerismo no esperaba el salto massista y su estrategia sinuosa de kirchnerismo sin kirchneristas, de menos “vamos por todo” y más 2005? ¿Existe ese espacio? ¿Es sostenible un negocio tan redondo y tan didáctico entre lo bueno y lo malo, entre ruptura y continuidad? En el sobrepoblado microclima por momentos parece imposible. Pero el voto popular es una cosa que sin duda sucede en el futuro.) El segundo efecto es sobre Scioli, una figura a esta altura dramática, que tardó 48 horas en reconvertirse en algo, en casi todo, en la punta de lanza de la campaña, en casi testimonial, y en el creador de una metáfora (la del embarazo) exculpatoria para un hombre cuyo horizonte no puede salir del cuerpo: “me la pusieron de nuevo”.
Pero lo de Scioli es racional: no quiso tener de jefe a Massa, porque para Scioli los jefes pueden ser Menem, Duhalde, Kirchner, Cristina, pero no un par “generacional”; de esa liga a la que pertenece junto a Massa, Insaurralde y otros. Scioli tampoco quiso poner la provincia al borde del colapso administrativo y presupuestario. Scioli vuelve a la usina Gestar, a la incubadora, al caos original. Scioli no puede suponer nada del futuro. Ni siquiera que no se repita un maltrato nacional cuando –supongamos- sienta que su carrera está despejada. Pero encontró su propio camino en ese túnel.
Hay algo que ya ocurrió en todo esto que está en juego. Antes y después de los resultados. Bocha de tiempo queda. ¿Qué sistema es este en el que los que gobiernan ganan y donde no hay partidos?
Me fui. Hasta el próximo Post.
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