jueves, mayo 30, 2013
domingo, mayo 26, 2013
Foto
por Alejandro Sehtman
Hay algo en esta foto.
En esta foto de la Argentina (que sólo puede sacarse en Buenos Aires).
Algo raro pero real.
Propone un plano extraño, que "achica" la Plaza y abre al cielo.
Que tiene perspectiva.
De alguna manera es una buena síntesis de la década que sigue.
La concentración masiva de público. No es protesta. Es fiesta.
La Casa Rosada como escenografía brillante. Los fuegos artificiales de recital (o de shopping).
La torre de Pelli, que era de Repsol YPF y ahora es de YPF.
Las dos torres de departamentos del costado. Mitad encendidos, mitad no (por qué? duermen? están vacios? son oficinas?).
Ninguna de las tres torres existía en 2003. También nacieron en la década que sigue.
El Río de la Plata que se funde en un cielo azul oscuro sin estrellas.
Puerto Madero y la Plaza están en la misma postal de la fiesta de la década que sigue.
No es una casualidad.
La década (que sigue) es la misma para todos.
Ahí también la Nación crece. La década es la misma para todos.
Hay algo en esta foto.
En esta foto de la Argentina (que sólo puede sacarse en Buenos Aires).
Algo raro pero real.
Propone un plano extraño, que "achica" la Plaza y abre al cielo.
Que tiene perspectiva.
De alguna manera es una buena síntesis de la década que sigue.
La concentración masiva de público. No es protesta. Es fiesta.
La Casa Rosada como escenografía brillante. Los fuegos artificiales de recital (o de shopping).
La torre de Pelli, que era de Repsol YPF y ahora es de YPF.
Las dos torres de departamentos del costado. Mitad encendidos, mitad no (por qué? duermen? están vacios? son oficinas?).
Ninguna de las tres torres existía en 2003. También nacieron en la década que sigue.
El Río de la Plata que se funde en un cielo azul oscuro sin estrellas.
Puerto Madero y la Plaza están en la misma postal de la fiesta de la década que sigue.
No es una casualidad.
La década (que sigue) es la misma para todos.
Ahí también la Nación crece. La década es la misma para todos.
viernes, mayo 24, 2013
Voy a poner cada una en los sobrecitos de azúcar...
Cada nuevo gobierno gozará del derecho (a una retórica) para Refundar la República (cimentando sus logros, finalmente, en la continuidad).
No hay guerra popular, los pueblos aman la paz.
El peronismo es la representación política suficiente en todo tiempo y espacio.
No es partido ni movimiento, es sistema.
La clase media es el hecho maldito del país peronista.
El kirchnerismo es la lucha de clases medias.
El análisis de medios es la antipolítica de la política.
Cada político se encuentra a la izquierda de sus bases.
Menem es el padre no reconocido de la democracia.
Clarín es el PJ de la clase media.
Canal Volver es el inconciente, canal Encuentro es la memoria.
La batalla cultural es mucho bosque y poco árbol (“multiplicidad”, “voces”, canta el gallito de Morón).
Se puede politizar la economía, lo que no se puede es tapar la economía con la política.
No es lo mismo un economista que un historiador de las ideas económicas. (Tomás Borovinsky - @borovinsky)
La nueva teoría populista de ese brujo londinense que cada tanto nos visita vestido de Galtieri y nos dice que vamos ganando: el señor Ernesto Lacló.
La representación incluye en la letra chica resolver problemas a espaldas de la sociedad.
Ahora y siempre vuelve a empezar La Cosa. Y –creeme- vuelve a empezar desde un mejor lugar. Los que llegan, dejen las mochilas afuera. No le salven los muertos a nadie.
lunes, mayo 20, 2013
martes, mayo 14, 2013
viernes, mayo 10, 2013
Te amo, te odio, dame más…
Una vez tuvieron la idea de mudar la capital a Viedma, pero no había economía ni peronismo para hacerlo realidad. El diagnóstico era bueno: la macrocefalia argentina. Quizás también lo que Alfonsín intuyó era una solución inconfesable para nuestro federalismo: repartir porteños en “el desierto”. Patear el hormiguero y desparramar un poco más esa saga de dandys de una ciudad que siempre -parece- le va ganando por un gol al país.
Odiar la capital subraya un sentido de la argentinidad política. Gente lúcida, tontos, historiadores e incluso porteños de las peñas de San Telmo la odian. Buenos Aires define el centro de la mentalidad nacionalista de izquierda: ¡esa aduana usurera! Un día Néstor Kirchner llamó “capitalinos” a los porteños y por un instante un mundo simbólico se desvaneció. (Capitalinos es como una palabra que usa el interventor de una ciudad que odia. O que al menos no entiende.)
A la ciudad como municipio la entendieron los peronistas, socialistas o radicales de maestranza como Norberto La Porta o Carlos Grosso (los que oyen de noche el curso de los arroyos entubados). Y tuvo gobiernos para todos los gustos y disgustos: el radicalismo alvearista de De La Rúa y Olivera, el progresismo cristalizado de Ibarra, el progresismo duhaldista de Telerman, el conservadurismo adaptable de Macri. Cada una de esas experiencias llevó el ancla de un centro electoral borroso del que no se pueden mover demasiado: el porteño promedio es ése que es radical o ése que es radical “y no lo sabe”. En todos los casos, un centro de la masonería silvestre que dice: Orden y progresismo.
Kirchner llamó capitalinos a los habitantes de una ciudad a la que le temía y dejaba en manos de Alberto Fernández. Alberto arrojó al lago del misterio la razón por la que cuando en 2007 pudo ganar decidió desdoblar la lista del kirchnerismo. Telerman o Filmus hicieron malabares para diferenciarse. Warhol o Flacso era el Braden o Perón de esa interna. Macri ganó. Había un negocio redondo para el gobierno nacional en ese resultado: tener una derecha gobernando en un lugar visible. Un parque temático de políticas liberales para jugar todos los días el juego de las siete diferencias entre macrismo y kirchnerismo. (Macri tiene algo de derecha ideal para el activo de izquierda que lo enfrenta tanto como Ibarra tenía algo de progre ideal para quienes lo resistían.)
Así las cosas, “la Muni” se administra como una casa, pero es también un salón de fiestas adonde trabaja medio mundo. La basura, el transporte, el Riachuelo, son los nombres de lo que la hace una ciudad adentro de una región, y una región adentro de un país. ¿Qué es la ciudad para los que no duermen en ella? Fronteras. Ibarra tuvo su Once. El kirchnerismo tuvo su Once. (Once, la tierra maldita de todas las izquierdas.) Estaciones de tren, hospitales, puentes y accesos en donde la ciudad se conurbaniza, donde pasan, llegan, trabajan, los que no duermen en ella. Como tal es que su gobierno siempre tendrá un desafío más amplio y complejo (amén de su fisco privilegiado, de sus energías subsidiadas) e intentará comprender un círculo que nunca se podrá cerrar solo.
(Publicado en Le Monde Diplomatique en febrero 2013)
Odiar la capital subraya un sentido de la argentinidad política. Gente lúcida, tontos, historiadores e incluso porteños de las peñas de San Telmo la odian. Buenos Aires define el centro de la mentalidad nacionalista de izquierda: ¡esa aduana usurera! Un día Néstor Kirchner llamó “capitalinos” a los porteños y por un instante un mundo simbólico se desvaneció. (Capitalinos es como una palabra que usa el interventor de una ciudad que odia. O que al menos no entiende.)
A la ciudad como municipio la entendieron los peronistas, socialistas o radicales de maestranza como Norberto La Porta o Carlos Grosso (los que oyen de noche el curso de los arroyos entubados). Y tuvo gobiernos para todos los gustos y disgustos: el radicalismo alvearista de De La Rúa y Olivera, el progresismo cristalizado de Ibarra, el progresismo duhaldista de Telerman, el conservadurismo adaptable de Macri. Cada una de esas experiencias llevó el ancla de un centro electoral borroso del que no se pueden mover demasiado: el porteño promedio es ése que es radical o ése que es radical “y no lo sabe”. En todos los casos, un centro de la masonería silvestre que dice: Orden y progresismo.
Kirchner llamó capitalinos a los habitantes de una ciudad a la que le temía y dejaba en manos de Alberto Fernández. Alberto arrojó al lago del misterio la razón por la que cuando en 2007 pudo ganar decidió desdoblar la lista del kirchnerismo. Telerman o Filmus hicieron malabares para diferenciarse. Warhol o Flacso era el Braden o Perón de esa interna. Macri ganó. Había un negocio redondo para el gobierno nacional en ese resultado: tener una derecha gobernando en un lugar visible. Un parque temático de políticas liberales para jugar todos los días el juego de las siete diferencias entre macrismo y kirchnerismo. (Macri tiene algo de derecha ideal para el activo de izquierda que lo enfrenta tanto como Ibarra tenía algo de progre ideal para quienes lo resistían.)
Así las cosas, “la Muni” se administra como una casa, pero es también un salón de fiestas adonde trabaja medio mundo. La basura, el transporte, el Riachuelo, son los nombres de lo que la hace una ciudad adentro de una región, y una región adentro de un país. ¿Qué es la ciudad para los que no duermen en ella? Fronteras. Ibarra tuvo su Once. El kirchnerismo tuvo su Once. (Once, la tierra maldita de todas las izquierdas.) Estaciones de tren, hospitales, puentes y accesos en donde la ciudad se conurbaniza, donde pasan, llegan, trabajan, los que no duermen en ella. Como tal es que su gobierno siempre tendrá un desafío más amplio y complejo (amén de su fisco privilegiado, de sus energías subsidiadas) e intentará comprender un círculo que nunca se podrá cerrar solo.
(Publicado en Le Monde Diplomatique en febrero 2013)
domingo, mayo 05, 2013
lunes, abril 29, 2013
Sobre lo espontáneo y lo organizado
1. A un amigo periodista le inquieta salir de la discusión de medios y recolocar la política en otro lugar. Hizo vida pública denunciando que éramos hablados por los administradores del sentido común y ahora siente el mismo chirrido en su lengua: somos hablados por el anticuerpo que construimos. ¿Cómo nos lo sacamos de encima? Uso una frase chucera: los medios sobre medios son la antipolítica de la política. Por lo menos en sus “excesos” policiales. Respuesta simple: hay que dejar de hablar de “eso”. Así que voy a hablar un poquito más de “eso”.
2. Uno de los puntos en los que descansa la comodidad del debate Clarín y gobierno es en la disputa en torno a las valorizaciones de “lo político”. Pongamos así, tal como sintetizan en Palacio su bienestar binario: si TN valora lo espontáneo, el gobierno valora lo organizado. Lugar común: lo espontáneo es “la gente”, lo organizado es la política… ergo, el pueblo. Ellos dicen la gente, nosotros decimos el pueblo. Esa línea de tiza acentúa el tono épico y un deseo: el corte de clase. Porque su subtexto dice: la clase media es individualista y sale a protestar sola y por su bolsillo (espontánea por naturaleza); en cambio los humildes van en banda y piden el paraíso en la tierra.
3. ¿Por qué aceptar que esto sea real? ¿Por qué aceptar ese juego de valores? ¿Y la solidaridad tras las inundaciones no hizo “cuello de botella”? ¿Dónde está escrito que la política no es también un llamado a la espontaneidad? Ya sé: leí, vi, curtí la moda tropa de estos años. Y no me rebaja la creencia de que ningún acontecimiento histórico se produce con todos los resortes ajustados. Cualquier política que busca una proeza no puede negar que su llamado también es a otro, a un otro “no organizado”, a aquel que es capaz de ampliar mi previsión. Es un rizo filosófico, pero también entraña una mentira a sí mismo que se hace desde el “más acá”. Hay una entrega, una cesión que subraya la tranquilidad de una realidad partida al medio conceptualmente pero que barre nociones básicas de la política, sobre todo de una política con expectativas de convocatoria y acontecimiento. Esta idea sobrevalorada de que todo lo ponemos bajo el paraguas de lo organizado es falsa, es la mueca de la fetichización de la mercancía populista: el legendario 54% es una prueba de que esa disociación no existe, no es tal. Recuerdo a Sandra Russo en la primera convocatoria del Facebook de 678, en el viejo 2010, entrevistada en el momento emotivo de una plaza de mayo llena de gente, que de pronto dice la palabra maldita, dice: espontáneos. Dice y se desdice. Dice y “ve” la palabra, se extraña, “¿la dije?”, y la toma de las alas como a una mariposa que se le escapó de la boca, y se desdice laguneando un poco, reponiendo el contraste tranquilizador: no, nosotros organizamos. ¿Por qué negar que ese valor también subyace debajo de la valorización de “lo político” aún para quienes se dicen progresistas o populistas? La religión de lo intermediario, de las cadenas, del “tejido social”, tejido a crochet en las tardes vecinales de la mente. (¿Qué pasó cuando murió Kirchner? ¿Qué fue lo que sorprendió a propios y extraños? ¿Qué no se calculó ni organizó?)
4. Si para el kirchnerismo –en su lógica, entonces- la política es esa suma de bloques organizados no se explica el tráfico de salidas e ingresos de los últimos tiempos. Queremos lo organizado y encumbramos a Sabatella. Despreciamos lo espontáneo y echamos a los sindicalistas. Es menos Sabatella y más sindicatos o intendencias la quinta esencia de ese deseo si es que se lo toma al pie de la letra. Literal. Sabatella y Abal Medina parecerían concentrar, en cambio, los recursos políticos más aptos para hablar con “lo espontáneo”, para cafetear en los barrios del disgusto, que para ser los gendarmes de lo “organizado”. El kirchnerismo en una lógica subterránea no abandonó nunca su transversalidad: lo hizo en su persistente aspiración ideológica progresista. Y en la aplicación de su sistema de: agenda transversal y disciplina partidaria. O sea, una agenda que “conmueve” los interiores radicales, socialistas y de izquierda, y un “billetera mata galán” para cualquier rebelión conservadora/peronista en la tropa propia.
5. La sobreestimación de lo organizado subestima las condiciones de una economía que lo hacen posible. En la lucha anti corporativa kirchnerista se imaginan una política gigante, una gran representación social con estructura rígida. Un dispositivo durísimo capaz de ejercer -como lo escribieron- “el control de calidad ideológica” del peronismo. ¿Y quién lo escribió? Un periodista. Bien. La Argentina de la UOM era la Argentina de la industrialización, un orden urbano férreo, un estado de bienestar, cifras de empleo formal envidiables. La política sobredimensionada en el país actual de la economía frágil, “en construcción”, con un gran núcleo duro de empleo en negro, eleva la plataforma de los relatos muy por encima de la experiencia vital de la gente. Quiero decir: hay más política que economía. Mucho bosque y poco árbol. El ministro incapaz de decir el precio del tomate, que se quiere ir a la segunda pregunta sobre inflación, es otro de los efectos del exceso de relato.
6. Los gendarmes del cartel de neón que dice 54% son los republicanos de ayer. O muchos de ellos. Sabatella, Diana Conti, Raimundi, fueron políticos con vocación de minoría intensa que crecieron al amparo de regular justamente la existencia de reglas de juego claras contra el monstruo menemista, un campeón de elecciones. El diario Página 12 se tatuaba ese resguardo: la república perdida y la memoria eran su agenda inamovible. Entiendo la embriaguez de mayorías, pero es pecado para quienes conocen tanto el desierto y el péndulo argentino. Vivimos militando hashtag (Década ganada) que se las tienen que ver con las inundaciones de lo real. ¿Alguien tiene la vaca atada de las mayorías? No. Menem tuvo un gobierno popular. Pero en aquel momento primó la desconfianza sobre la “naturaleza” de esa popularidad. La democracia televisada, se decía. Hoy prima la idea de que el triunfo electoral es pueblo-tallando-en-piedra. Síntesis: todo izquierdista sabe que construye un poco a espaldas de la sociedad, tiene un tatuaje de agua con el mapa uruguayo y resume su democratismo en un miedo (“no plebiscites tus ideas”). Escribe el periodistas de derecha más leído por las izquierdas: “Como dijo Gómez Dávila, "no hay nada peor que dar soluciones permanentes a problemas transitorios"”. Vendrán otros y no tendrán tus ojos.
7. Cambiaron los protocolos de la ocupación del espacio público desde 2001. ¿Por qué? Porque lo privado que se hace público desde 2001 es más privado. Y los cacerolazos, piquetes, algunos “escraches”, son formas domésticas que rompieron los protocolos clásicos de la política partidaria, sindical o de izquierda de esa ocupación, y que contiene formas menos previsibles. La protesta o movilización conviven con las posibilidades de su contagio, con organizaciones menores, con las mediatizaciones, y así. Heredamos de 2001 formas que tienen más desdibujados los resortes y las articulaciones organizativas. Y ya nos quedó claro el modo en que desde los medios se ajustan las espontaneidades. Cuando un medio convoca y valora lo espontáneo celebra su organización. Punto.
8. El país no está dividido. Las divisiones sociales intensas y su lucha de clases medias no cumplen el sueño de fractura fifty-fifty (60 a 40, en verdad) de la teología populista.
...
2. Uno de los puntos en los que descansa la comodidad del debate Clarín y gobierno es en la disputa en torno a las valorizaciones de “lo político”. Pongamos así, tal como sintetizan en Palacio su bienestar binario: si TN valora lo espontáneo, el gobierno valora lo organizado. Lugar común: lo espontáneo es “la gente”, lo organizado es la política… ergo, el pueblo. Ellos dicen la gente, nosotros decimos el pueblo. Esa línea de tiza acentúa el tono épico y un deseo: el corte de clase. Porque su subtexto dice: la clase media es individualista y sale a protestar sola y por su bolsillo (espontánea por naturaleza); en cambio los humildes van en banda y piden el paraíso en la tierra.
3. ¿Por qué aceptar que esto sea real? ¿Por qué aceptar ese juego de valores? ¿Y la solidaridad tras las inundaciones no hizo “cuello de botella”? ¿Dónde está escrito que la política no es también un llamado a la espontaneidad? Ya sé: leí, vi, curtí la moda tropa de estos años. Y no me rebaja la creencia de que ningún acontecimiento histórico se produce con todos los resortes ajustados. Cualquier política que busca una proeza no puede negar que su llamado también es a otro, a un otro “no organizado”, a aquel que es capaz de ampliar mi previsión. Es un rizo filosófico, pero también entraña una mentira a sí mismo que se hace desde el “más acá”. Hay una entrega, una cesión que subraya la tranquilidad de una realidad partida al medio conceptualmente pero que barre nociones básicas de la política, sobre todo de una política con expectativas de convocatoria y acontecimiento. Esta idea sobrevalorada de que todo lo ponemos bajo el paraguas de lo organizado es falsa, es la mueca de la fetichización de la mercancía populista: el legendario 54% es una prueba de que esa disociación no existe, no es tal. Recuerdo a Sandra Russo en la primera convocatoria del Facebook de 678, en el viejo 2010, entrevistada en el momento emotivo de una plaza de mayo llena de gente, que de pronto dice la palabra maldita, dice: espontáneos. Dice y se desdice. Dice y “ve” la palabra, se extraña, “¿la dije?”, y la toma de las alas como a una mariposa que se le escapó de la boca, y se desdice laguneando un poco, reponiendo el contraste tranquilizador: no, nosotros organizamos. ¿Por qué negar que ese valor también subyace debajo de la valorización de “lo político” aún para quienes se dicen progresistas o populistas? La religión de lo intermediario, de las cadenas, del “tejido social”, tejido a crochet en las tardes vecinales de la mente. (¿Qué pasó cuando murió Kirchner? ¿Qué fue lo que sorprendió a propios y extraños? ¿Qué no se calculó ni organizó?)
4. Si para el kirchnerismo –en su lógica, entonces- la política es esa suma de bloques organizados no se explica el tráfico de salidas e ingresos de los últimos tiempos. Queremos lo organizado y encumbramos a Sabatella. Despreciamos lo espontáneo y echamos a los sindicalistas. Es menos Sabatella y más sindicatos o intendencias la quinta esencia de ese deseo si es que se lo toma al pie de la letra. Literal. Sabatella y Abal Medina parecerían concentrar, en cambio, los recursos políticos más aptos para hablar con “lo espontáneo”, para cafetear en los barrios del disgusto, que para ser los gendarmes de lo “organizado”. El kirchnerismo en una lógica subterránea no abandonó nunca su transversalidad: lo hizo en su persistente aspiración ideológica progresista. Y en la aplicación de su sistema de: agenda transversal y disciplina partidaria. O sea, una agenda que “conmueve” los interiores radicales, socialistas y de izquierda, y un “billetera mata galán” para cualquier rebelión conservadora/peronista en la tropa propia.
5. La sobreestimación de lo organizado subestima las condiciones de una economía que lo hacen posible. En la lucha anti corporativa kirchnerista se imaginan una política gigante, una gran representación social con estructura rígida. Un dispositivo durísimo capaz de ejercer -como lo escribieron- “el control de calidad ideológica” del peronismo. ¿Y quién lo escribió? Un periodista. Bien. La Argentina de la UOM era la Argentina de la industrialización, un orden urbano férreo, un estado de bienestar, cifras de empleo formal envidiables. La política sobredimensionada en el país actual de la economía frágil, “en construcción”, con un gran núcleo duro de empleo en negro, eleva la plataforma de los relatos muy por encima de la experiencia vital de la gente. Quiero decir: hay más política que economía. Mucho bosque y poco árbol. El ministro incapaz de decir el precio del tomate, que se quiere ir a la segunda pregunta sobre inflación, es otro de los efectos del exceso de relato.
6. Los gendarmes del cartel de neón que dice 54% son los republicanos de ayer. O muchos de ellos. Sabatella, Diana Conti, Raimundi, fueron políticos con vocación de minoría intensa que crecieron al amparo de regular justamente la existencia de reglas de juego claras contra el monstruo menemista, un campeón de elecciones. El diario Página 12 se tatuaba ese resguardo: la república perdida y la memoria eran su agenda inamovible. Entiendo la embriaguez de mayorías, pero es pecado para quienes conocen tanto el desierto y el péndulo argentino. Vivimos militando hashtag (Década ganada) que se las tienen que ver con las inundaciones de lo real. ¿Alguien tiene la vaca atada de las mayorías? No. Menem tuvo un gobierno popular. Pero en aquel momento primó la desconfianza sobre la “naturaleza” de esa popularidad. La democracia televisada, se decía. Hoy prima la idea de que el triunfo electoral es pueblo-tallando-en-piedra. Síntesis: todo izquierdista sabe que construye un poco a espaldas de la sociedad, tiene un tatuaje de agua con el mapa uruguayo y resume su democratismo en un miedo (“no plebiscites tus ideas”). Escribe el periodistas de derecha más leído por las izquierdas: “Como dijo Gómez Dávila, "no hay nada peor que dar soluciones permanentes a problemas transitorios"”. Vendrán otros y no tendrán tus ojos.
7. Cambiaron los protocolos de la ocupación del espacio público desde 2001. ¿Por qué? Porque lo privado que se hace público desde 2001 es más privado. Y los cacerolazos, piquetes, algunos “escraches”, son formas domésticas que rompieron los protocolos clásicos de la política partidaria, sindical o de izquierda de esa ocupación, y que contiene formas menos previsibles. La protesta o movilización conviven con las posibilidades de su contagio, con organizaciones menores, con las mediatizaciones, y así. Heredamos de 2001 formas que tienen más desdibujados los resortes y las articulaciones organizativas. Y ya nos quedó claro el modo en que desde los medios se ajustan las espontaneidades. Cuando un medio convoca y valora lo espontáneo celebra su organización. Punto.
8. El país no está dividido. Las divisiones sociales intensas y su lucha de clases medias no cumplen el sueño de fractura fifty-fifty (60 a 40, en verdad) de la teología populista.
...
martes, abril 23, 2013
lunes, abril 22, 2013
Texto viejo
(...)
Un síntoma de la reacción kirchnerista frente a Lanata: uno ve en esa indignación algo de “me pisotean el jardín”, dolor de consorcio, gente que se re conoce. Progres contra progres. En un país donde… progres somos todos. Pero Lanata es el mejor de un régimen de periodismo crecido -básicamente- para denostar a la política, que creyó que “esas” formas de la política iban a durar para siempre. Pero si para muchos (que fueron lanatistas de los 90) la política era mala cuando la política era Menem, el problema es qué hicieron para aclarar el “pasaje”, o sea, ¿cuándo dijeron que en realidad Menem no era tan malo o que en realidad las “armas de la crítica” contra Menem eran un bluff? Quiero decir: una parte del progresismo K en algún lugar tiene que hacer la quema de “Robos para la corona”. Corrupción y progresismo: metamorfosis de una agenda. Todos los históricos patrimonios simbólicos –los DDHH, la renovación de la Corte, las estatizaciones- tienen su centro en un corazón progresista. Lanata hace contradicción en ese corazón.
Su lógica es lineal. En el informe del domingo pasado sobre la actualidad del servicio de trenes del Sarmiento resume su sistema de identificaciones: comprobar víctimas totales, abandonos totales, culpables perversos. Y persiste en el desierto contra “los sobreprecios de alguna intendencia”.
El problema es que los valores originarios del 2003 que tenían acento en la calidad institucional (fin de la impunidad, como lema genérico), sumados a la pretensión de cortar al medio con la palabra transversalidad (juntar a todos los buenos de todos los lados), esos valores que auparon al progresismo k, se volvieron -por confuso tráfico y para ese mismo progresismo incluso- formalidades de un reclamo que -entonces, de fondo- siempre es gatopardista o vacío, porque exige instituciones mejores “para que nada cambie”. Y fue así como una parte del kirchnerismo terminó rompiendo su versión de la República, limó esa impronta liberal diciendo: cuanto peor son las instituciones, cuanto más frágiles sus mediaciones, cuanto menos énfasis se ponga en la “superficialidad de su calidad”, más rápidos y efectivos son los cambios porque no están atados a la inercia y a los límites institucionales.
O sea: ¿desde cuándo algunos odian a Lanata? Lanata es la memoria del progresismo. Lanata repasa el círculo donde escribió: acuérdense que esto empezó acá. Por algo fue el jefe en “los años duros” de la mayoría de los que lo putean tanto.
COMPLETO ACÁ
domingo, abril 21, 2013
martes, abril 09, 2013
viernes, abril 05, 2013
El nacimiento de una ciudad
Fue William Harvey quien descubrió
la circulación de la sangre, y junto a ello
la idea de pensar a una ciudad
como un cuerpo humano, donde fluyen
aire, gentes y divisas para crecer.
Y fue Platner el que dijo que la sangre
era al cuerpo lo mismo que el aire
a la ciudad, y que cualquier clase de peste
se difundía en el éter y dejaba montañas
de muertos tras de sí. De ese modo explicaron
la epidemia de fiebre amarilla en Buenos Aires:
una atmósfera envenenada por la acción del Pampero
que arrojó a la ciudad gases nocivos
procedentes de materia descompuesta.
Tuvo que inventarse el ventilador.
Y nació, por lo mismo, el héroe médico,
dador de bienaventuranza, liberador del yugo
de las epidemias, combatiente de vanguardia
de una nueva era. Dijeron entonces que el aire
debe oxigenar las ciudades, cuyas calles
tendrán que ser rectas, paralelas, perfectas,
perpendiculares, sin huecos ni meandros
que lo desvíen o favorezcan huecos a las putas
u otras fuentes infecciosas, y muchos árboles
que serán los pulmones de un nuevo amanecer.
La salud, la belleza, el orden y el progreso
serán la misma cosa. El nuevo urbanismo
tendrá por armas el jabón, la vacuna y la
ventilación, y por estandarte la salud,
contra la incivilidad y la barbarie. Fue así
que se levantó la nueva ciudad, en la nada completa,
donde se puso la piedra fundacional
junto a un cofre lacrado lleno de objetos
de valor –un estetoscopio, una jeringa,
sondas, vendajes, chatas, papagayos, medallas,
monedas, vino- ceremonia que tuvo
por testigos, dicen, a las más altas autoridades
de la política y la salud, y a un grupo de indios
que no entendían nada, aunque se supo:
hubo sólo funcionarios de segunda línea,
no vino el presidente y tampoco los ministros,
y hubo que dar encargo de dibujarlos
en los retratos que luego se difundieron
ante la historia, la posteridad, las generaciones futuras,
etcétera, etcétera. Y así fue como empezó a verse
lo que no hubo, no podía haber. Y así fue que todo se dibujó
sobre una lámina falsa en la que nadie fue
lo que pensaba, y nadie se llamó como creía
ni nació cuando nació. Así fue que el poema se
volvió tan invisible como el mundo que quiso nombrar.
Horacio Fiebelkorn (@fiebelh)
la circulación de la sangre, y junto a ello
la idea de pensar a una ciudad
como un cuerpo humano, donde fluyen
aire, gentes y divisas para crecer.
Y fue Platner el que dijo que la sangre
era al cuerpo lo mismo que el aire
a la ciudad, y que cualquier clase de peste
se difundía en el éter y dejaba montañas
de muertos tras de sí. De ese modo explicaron
la epidemia de fiebre amarilla en Buenos Aires:
una atmósfera envenenada por la acción del Pampero
que arrojó a la ciudad gases nocivos
procedentes de materia descompuesta.
Tuvo que inventarse el ventilador.
Y nació, por lo mismo, el héroe médico,
dador de bienaventuranza, liberador del yugo
de las epidemias, combatiente de vanguardia
de una nueva era. Dijeron entonces que el aire
debe oxigenar las ciudades, cuyas calles
tendrán que ser rectas, paralelas, perfectas,
perpendiculares, sin huecos ni meandros
que lo desvíen o favorezcan huecos a las putas
u otras fuentes infecciosas, y muchos árboles
que serán los pulmones de un nuevo amanecer.
La salud, la belleza, el orden y el progreso
serán la misma cosa. El nuevo urbanismo
tendrá por armas el jabón, la vacuna y la
ventilación, y por estandarte la salud,
contra la incivilidad y la barbarie. Fue así
que se levantó la nueva ciudad, en la nada completa,
donde se puso la piedra fundacional
junto a un cofre lacrado lleno de objetos
de valor –un estetoscopio, una jeringa,
sondas, vendajes, chatas, papagayos, medallas,
monedas, vino- ceremonia que tuvo
por testigos, dicen, a las más altas autoridades
de la política y la salud, y a un grupo de indios
que no entendían nada, aunque se supo:
hubo sólo funcionarios de segunda línea,
no vino el presidente y tampoco los ministros,
y hubo que dar encargo de dibujarlos
en los retratos que luego se difundieron
ante la historia, la posteridad, las generaciones futuras,
etcétera, etcétera. Y así fue como empezó a verse
lo que no hubo, no podía haber. Y así fue que todo se dibujó
sobre una lámina falsa en la que nadie fue
lo que pensaba, y nadie se llamó como creía
ni nació cuando nació. Así fue que el poema se
volvió tan invisible como el mundo que quiso nombrar.
Horacio Fiebelkorn (@fiebelh)
jueves, abril 04, 2013
La tierra es tierra de color azul
Si se pide más Estado en la culpa, se pide más Estado en la economía. Porque todos somos populistas a la hora de las desgracias, pero los quiero ver a la hora de las discusiones tributarias del mismo lado de la raya. Hay que ser populista de los días grises, en las miserias lentas, en la degradación imperceptible bajo la que se vive también. Lo que no quiere decir “tirar manteca al techo”. Porque populismo es una palabra sólo para los teóricos que la aman y la odian. Y la reintrodujo a la Argentina un intelectual que vive en el Reino Unido. De lo que estamos hablando es del Estado y del estado de la sociedad. Las tragedias nos hacen más ciudadanos y menos políticos. Y eso está bueno. En estos días de abril, es una sensación rara oír o leer en los vozarrones el ya eterno “¡Recuperamos YPF!” para que después, con las ciudades bajo el agua, los mismos te manden mensajes con un cristiano: “recibimos leche y arroz en el comedor La Laucha Gaucha”. ¿En qué quedamos? Somos modernos. Muy bien ese video de Cristina soportando algún sopapo. Y lo soporta sin drama. No se asusta. ¿Qué comprensión de las mediaciones políticas tiene una persona que acaba de perder todo? La prefiero ahí que arriba de un helicóptero satelitando un mapa de agua y barro. Las tragedias nos empujan a la democracia frenética del “todo puede ser evitable”. Y eso es “más Estado”. Así como la ciudad de San Juan sabe que es la que tiene más riesgo sísmico, nosotros y los platenses sabemos que somos una pileta, que nos vamos a inundar, que somos anfibios, que nuestra naturaleza es el agua y sus excesos. Tenemos arroyos entubados que son pequeños riachuelos. Bien, ya sabemos todo. Y sin embargo, y sin embargo, la realidad también es una intemperie. Hace más de un año escribió Guillermo Piro una columna en Perfil que se llamaba “Un tren llamado fatalidad”, donde decía algo hermoso y liberador: “Cuando en Una mujer difícil, John Irving hace que su alter ego le narre con lujo de detalles a su hija el accidente automovilístico en que murieron sus hermanos, no culpa al organismo norteamericano de vialidad, sino que acepta que hay algo llamado desgracia, que no puede eludirse, ni engañarse, ni ignorarse.” Esto también existe, pero posponemos el luto individual en la exigencia de un luto colectivo: la madre que se le muere el chiquito en la pileta y corre a ver la habilitación del natatorio antes que el cuerpo. Es un camino difícil y tiene escrito siempre cuál es el chivo expiatorio, el carnero degollado: la política y los políticos. Y está bien que sea así por más “vuelta de la política” que haya, por más mito de que ahora la política somos todos y que entonces todo es política, ¡y también justamente por ese malentendido!: si todo es política, toda muerte y desgracia es política. Pero eso implica que cada tanto y en ciertas ocasiones la gente se saque la política de encima, la arroje al centro y la señale con el dedo acusador. Aceptemos ese funcionamiento complejo. La política es El Príncipe y el Personal de Maestranza. Las Multitudes y los que vienen después a limpiar los restos de garrapiñadas y molotov. Es Vaca Muerta con la panza llena de oro negro y un gomón en la oscuridad juntando viejitos y apuntando con una linterna ahí donde hacen ruido las ratas. ¿Para qué queremos que los políticos, que Macri o Scioli o Cristina estén en territorio? Para muchas cosas a la vez: para putearlos, para que contengan (una foto abrazando gente es reparadora) y porque la administración pública funciona mejor bajo ese pressing. Trabajé en el CGP 8 de Lugano, en una oficina de avenida Roca cuatro años, la compartía con la delegación gremial. El delegado era como un doble del doble de Sandro. Un gordo de Sutecba. A quinientas cuadras de ahí, su perímetro hubiera sido una exposición trucha de Minujín: computadoras commodore 64 rotas, un monitor vaciado con una planta artificial adentro, el rollo de pelo del fondo de la rejilla en un cenicero. Culopesadismo el de los de planta. El Estado es una cosa que sin dudas ocurre en el pasado. Mientras, soportamos esto adivinando dónde estaban todos: Rodríguez Larreta en no sé dónde, Macri en Italia, Mariotto ¿en Marsella?, Bruera, pobre Bruera… Y sí, a Santa Teresita van los nativos. Boludez, pero se trata del triunfo de un absolutismo que va hilando la dinámica de nuestras vidas y mostrando que hay una cadena de responsabilidades invisibles a la que nos entregamos para vivir. Ocurre de un modo funcional: la política se vuelve utilitaria de algo que sería peor (la “angustia”) y nos permite posponer o impedir el duelo personal a través del laberinto burocrático, ahí donde siempre existe la “cometa” de un funcionario que hace de promedio de la mierda… Esa intuición conspirativa que se da entre los mismos políticos, con sus cálculos (¿voy o no voy al lugar de los hechos?), y esa forma social de recibir “la peor noticia” de la muerte inocente, ese impulso por el que cada tragedia construye su colectivo y su rito de justicia televisada, todo es una forma madura de democracia que hay que bancarse. Un lugar chivo. La anti-política es cara de esa misma moneda. Y en definitiva, también, el análisis de medios a veces es la anti política de la política. Una fuga hacia adelante.
–Hola, negro, decime, ¿cómo lo cubrió Clarín? – Nahhh, tranqui, como el orto, respiremos…
–Hola, negro, decime, ¿cómo lo cubrió Clarín? – Nahhh, tranqui, como el orto, respiremos…
Territorio
por Alejandro Sehtman
1. Las tragedias no son eso de lo que nadie tiene la culpa sino eso que nadie quería que pasara.
2. Las tragedias ponen a lo inevitable (la muerte de todos nosotros) en el lugar de lo que podría haber sido evitado.
3. La tragedia de la inundación nos pone de frente a un problema que no se resuelve con una redistribución de recursos o de poder pero que interpela la razón del poder.
Completo acá
1. Las tragedias no son eso de lo que nadie tiene la culpa sino eso que nadie quería que pasara.
2. Las tragedias ponen a lo inevitable (la muerte de todos nosotros) en el lugar de lo que podría haber sido evitado.
3. La tragedia de la inundación nos pone de frente a un problema que no se resuelve con una redistribución de recursos o de poder pero que interpela la razón del poder.
Completo acá
viernes, marzo 22, 2013
Poesía y política
Una mujer desprovista
de la gracia que ofrece el pasado
y un hombre de la que potencia el dolor:
una pareja transparente
tomando sol en una playa municipal
cuando unos remeros pasan en una canoa
y perturban el horizonte adornado
por una isla verde. (La política
que pareciera estar fuera del cuadro
es la misma que lo sostiene.)
(Martín Prieto, La música antes, 1995)
de la gracia que ofrece el pasado
y un hombre de la que potencia el dolor:
una pareja transparente
tomando sol en una playa municipal
cuando unos remeros pasan en una canoa
y perturban el horizonte adornado
por una isla verde. (La política
que pareciera estar fuera del cuadro
es la misma que lo sostiene.)
(Martín Prieto, La música antes, 1995)
lunes, marzo 18, 2013
Si toda política es tumultuosa y mañera imaginemos en una estructura donde ser conservador es una virtud. El mundo es veloz, la Iglesia camina lento. Pero se alcanzan. El papa Juan Pablo II, que inició hacia adentro y hacia afuera una restauración romana, acabó diciendo que el comunismo (eso que había ayudado a sepultar, y para lo que no se necesitaba tanto esfuerzo sepulturero) tenía “semillas de verdad”. Y visitó Cuba. Ratzinger, su ideólogo, repitió el gesto siendo papa. Todo indica que Francisco redundará en el arrumaco con la isla comunista. Los Vaticanos se entienden.
El papa argentino es la última verdadera noticia que tardará en volverse tolerable, porque es más intolerable que la muerte de Chávez para quienes el mundo es sólo una constelación de países, reinos y finanzas que giran alrededor de la Argentina. Capitán Ego. Asfixia.
Desde que “volvió” la democracia, y como consecuencia del resultado histórico previo a 1983, no se estima desplegar al interior de la Iglesia católica fuerzas que la tensionen. El alfonsinismo y el kirchnerismo, los dos progresismos que gobernaron la Argentina, en última instancia, redujeron todo impulso reformista a continuar la línea roquista de la separación entre Iglesia y Estado lo más posible. Y bienvenidos, en tal caso, dijeron, los moderados de sotana que acepten el juego. Los temores actuales ante el nuevo poder papal se plantan sobre el futuro además de las revisiones del pasado: imaginan la posibilidad de que un gobierno no kirchnerista resulte más “sensible” al lobby del clero, que abra algunas alamedas del Estado nuevamente a la Iglesia. Que se retroceda, pongamos así. Y como forma melancólica para esa larga separación surge siempre el recuerdo místico, blanco y negro, del Padre Mugica, o de otros “mártires”, por una razón lógica: el tercermundismo aparece como la excepción de una Iglesia que pedía más Estado. No una Iglesia pidiendo más Iglesia, en expansión. El catolicismo –en suma- se sabe dueño del tiempo (del reloj de arena del mundo) y lucha por el espacio. (El peronismo sería una religión del tiempo.)
La presidenta da indicios de fe católica, repitiendo cuando lo hace la salvedad políticamente correcta de no reconocerle legitimidad a “las cúpulas”. La iglesia somos todos, dice. (A esta altura me pregunto si esas referencias religiosas de los discursos presidenciales que empezaron hace poco tiempo no tenían “este dato” posible en el centro.) En esa lógica y bajo ese objetivo (completar la separación definitiva entre Iglesia y Estado con que San Alfonsín soñó) se prefiere tener “enfrente” a una figura del conservadurismo puro y duro, con un semblante medieval como el de Aguer y apostar a un cuanto peor mejor, que a un político como Bergoglio, capaz de continuar la agenda que se enfrenta a la hoja de ruta de la democracia liberal, pero también capaz de implicarse en una agenda social ahí donde “no hay nadie”. La Iglesia tiene un imán con los “desiertos”: los descubre, los ocupa. Hay temas sociales como la trata de personas o la esclavitud laboral adonde la política no está, o está pero del otro lado de la legalidad. Y es ahí donde el jesuita proyectó su garbo. Lo hizo en la ciudad. Le encontró una agenda. Lo mismo Cromañón o la tragedia de Once, orfandades expuestas para las que tuvo más palabras de reparación que cualquier otro político. La Iglesia es portadora de una anti política fina, ya que también opera socialmente con su verbo cauteloso, que tiene en la palabra “resignación” su talismán. Se dejó ver Bergoglio –muy cómodo- en las misas de Constitución entre cartoneros, prostitutas, inmigrantes y demás arrabal. De ahí extrajo el sentido de su lengua, su representación. Pero para todo lo demás usó su mano invisible. La política muchas veces es el aprendizaje de límites, tiempos y mediaciones; y no está mal entonces que existan los que piden imposibles. A veces esa anti política es un discurso que desconoce mediaciones, sea en el discurso que sea: hay anti política piquetera tanto como anti política de la inseguridad. La Iglesia –en promedio- pareció predicar siempre más en favor de la aceptación de los límites que en la indignación por las injusticias. Iglesia de los derrotados. A Bergoglio le gusta un lugar intermedio, ecuménico, de equilibrios, abierto al reformismo social, a un estado que repara.
Bergoglio es una figura vidriosa y desangelada para el progresista argentino promedio, aunque ahora, en el seno del gobierno, se usen las figuras más peronistas para ensayar el nuevo tono “compañero” que haga migas con el nuevo poder. (Algunos deben haber borrado sus primeros tuits de brocha gorda, inspirados por el instinto conspirativo que ya es plaga, aterrados por los gestos de La Jefa.) Ocho años corriendo el arco del Tedeum de Ushuaia a La Quiaca para ahora tener que ir al pie del hombre que se hizo fuerza. Es entendible y racional. Un presidente que viene de los votos puede decir qué me viene a sermonear alguien que no eligió nadie. Visto ahora: está bien sacralizar los votos frente a tanta inmaterialidad divina. Pero es el teatro de lo contingente y lo permanente la dialéctica de Iglesia y Estado, dirá un lírico de la mirra. No.
El Vaticano que le toca al jesuita no es moco de pavo, sus virtudes políticas ya tendrán que traspasar esta primera ola de gestos. El “defecto” histórico de Bergoglio fue sostener con énfasis un discurso social naturalmente competitivo con el del estado. Era mejor para el plan laico un Quarraccino soñando islas adonde acopiar gays o un Baseotto insultando con parábolas a un gran ministro de salud como Ginés, que un político ahí, es decir, un párroco que conoce de tiempos y espacios.
El papa argentino es la última verdadera noticia que tardará en volverse tolerable, porque es más intolerable que la muerte de Chávez para quienes el mundo es sólo una constelación de países, reinos y finanzas que giran alrededor de la Argentina. Capitán Ego. Asfixia.
Desde que “volvió” la democracia, y como consecuencia del resultado histórico previo a 1983, no se estima desplegar al interior de la Iglesia católica fuerzas que la tensionen. El alfonsinismo y el kirchnerismo, los dos progresismos que gobernaron la Argentina, en última instancia, redujeron todo impulso reformista a continuar la línea roquista de la separación entre Iglesia y Estado lo más posible. Y bienvenidos, en tal caso, dijeron, los moderados de sotana que acepten el juego. Los temores actuales ante el nuevo poder papal se plantan sobre el futuro además de las revisiones del pasado: imaginan la posibilidad de que un gobierno no kirchnerista resulte más “sensible” al lobby del clero, que abra algunas alamedas del Estado nuevamente a la Iglesia. Que se retroceda, pongamos así. Y como forma melancólica para esa larga separación surge siempre el recuerdo místico, blanco y negro, del Padre Mugica, o de otros “mártires”, por una razón lógica: el tercermundismo aparece como la excepción de una Iglesia que pedía más Estado. No una Iglesia pidiendo más Iglesia, en expansión. El catolicismo –en suma- se sabe dueño del tiempo (del reloj de arena del mundo) y lucha por el espacio. (El peronismo sería una religión del tiempo.)
La presidenta da indicios de fe católica, repitiendo cuando lo hace la salvedad políticamente correcta de no reconocerle legitimidad a “las cúpulas”. La iglesia somos todos, dice. (A esta altura me pregunto si esas referencias religiosas de los discursos presidenciales que empezaron hace poco tiempo no tenían “este dato” posible en el centro.) En esa lógica y bajo ese objetivo (completar la separación definitiva entre Iglesia y Estado con que San Alfonsín soñó) se prefiere tener “enfrente” a una figura del conservadurismo puro y duro, con un semblante medieval como el de Aguer y apostar a un cuanto peor mejor, que a un político como Bergoglio, capaz de continuar la agenda que se enfrenta a la hoja de ruta de la democracia liberal, pero también capaz de implicarse en una agenda social ahí donde “no hay nadie”. La Iglesia tiene un imán con los “desiertos”: los descubre, los ocupa. Hay temas sociales como la trata de personas o la esclavitud laboral adonde la política no está, o está pero del otro lado de la legalidad. Y es ahí donde el jesuita proyectó su garbo. Lo hizo en la ciudad. Le encontró una agenda. Lo mismo Cromañón o la tragedia de Once, orfandades expuestas para las que tuvo más palabras de reparación que cualquier otro político. La Iglesia es portadora de una anti política fina, ya que también opera socialmente con su verbo cauteloso, que tiene en la palabra “resignación” su talismán. Se dejó ver Bergoglio –muy cómodo- en las misas de Constitución entre cartoneros, prostitutas, inmigrantes y demás arrabal. De ahí extrajo el sentido de su lengua, su representación. Pero para todo lo demás usó su mano invisible. La política muchas veces es el aprendizaje de límites, tiempos y mediaciones; y no está mal entonces que existan los que piden imposibles. A veces esa anti política es un discurso que desconoce mediaciones, sea en el discurso que sea: hay anti política piquetera tanto como anti política de la inseguridad. La Iglesia –en promedio- pareció predicar siempre más en favor de la aceptación de los límites que en la indignación por las injusticias. Iglesia de los derrotados. A Bergoglio le gusta un lugar intermedio, ecuménico, de equilibrios, abierto al reformismo social, a un estado que repara.
Bergoglio es una figura vidriosa y desangelada para el progresista argentino promedio, aunque ahora, en el seno del gobierno, se usen las figuras más peronistas para ensayar el nuevo tono “compañero” que haga migas con el nuevo poder. (Algunos deben haber borrado sus primeros tuits de brocha gorda, inspirados por el instinto conspirativo que ya es plaga, aterrados por los gestos de La Jefa.) Ocho años corriendo el arco del Tedeum de Ushuaia a La Quiaca para ahora tener que ir al pie del hombre que se hizo fuerza. Es entendible y racional. Un presidente que viene de los votos puede decir qué me viene a sermonear alguien que no eligió nadie. Visto ahora: está bien sacralizar los votos frente a tanta inmaterialidad divina. Pero es el teatro de lo contingente y lo permanente la dialéctica de Iglesia y Estado, dirá un lírico de la mirra. No.
El Vaticano que le toca al jesuita no es moco de pavo, sus virtudes políticas ya tendrán que traspasar esta primera ola de gestos. El “defecto” histórico de Bergoglio fue sostener con énfasis un discurso social naturalmente competitivo con el del estado. Era mejor para el plan laico un Quarraccino soñando islas adonde acopiar gays o un Baseotto insultando con parábolas a un gran ministro de salud como Ginés, que un político ahí, es decir, un párroco que conoce de tiempos y espacios.
martes, marzo 12, 2013
miércoles, marzo 06, 2013
Chávez hizo una revolución sin muerte, más allá del conspiracionismo que ve Cía en todos lados, más allá del temperamento de su política y del medidor de su eficacia (partir la sociedad en dos). ¿Pero Chávez hizo una revolución? Esa es una pregunta insoportable que pide en parte una respuesta estadística: a partir de qué se hace una revolución. ¿A partir de qué dato distributivo, de qué tasa? ¿O de qué violencia? Acá hay datos sobre el significado concreto de por qué la mayoría venezolana se identifica con Chávez. Lo cierto es que llamó revolución a algo que está en una línea de tiempo sin ningún manual y que no tiene escrito dónde termina, o que tiene escrito que no sabe dónde termina. Me gusta pensar mientras todo se pone solemne que el tipo prefería hacer un Aló presidente de 12 horas a morir en La Higuera dándole la orden al soldadito que lo debía matar, como el Che, o como dicen que dijo el Che al soldado boliviano que tenía la orden de fusilarlo y que tuvo que tomar alcohol para juntar el temple. El Che dio también ESA orden. Dicen. Todos mis amigos, muchos, que fueron y escribieron sobre Venezuela, volvieron desconfiados. Desconfiados de la profundidad o de la solidez cultural, o del, cómo decirlo, escaso sovietismo que habitaba en el elenco de guardianes de esa revolución. Una revolución es un pasado: en algún momento se hizo. O una revolución es un proceso continuo que se hace todos los días, que puede tener una referencia, un comienzo, siempre con aura bíblica, porque todo “un día empieza”. Mis amigos vieron picaresca, durlock, burocracia improvisada llena de petrodólares, pero nunca se animaron a escribirlo porque no querían perder la sede de Caracas, ese centro u observatorio continental más cerca que La Habana de Buenos Aires. “Están produciendo el merchandising de su autoestima, la llaman revolución”, te decían. Chávez tradujo con toda esa prosa pomposa y rococó lo “regional”, un ciclo donde los estados pobres se hicieron más ricos. Chávez -de alguna manera- le dijo al kirchnerismo lo que era antes que lo supiera el propio kirchnerismo. Chávez entendió que “esa” era la forma argentina del proceso continental de este tiempo. Chávez era el espectáculo deportivo del No al Alca, era la diplomacia sigilosa de De Vido, era el empuje a las izquierdas argentinas para que vuelvan su mirada de nuevo al peronismo y era la invitación a una zona franca: construir un “clima de negocios” propio, guarango, sucio, de nuevos ricos pero antiimperialistas, de atrevidos de la diplomacia capaces de mirar hacia Irán o Angola, la cola del BRIC. Chávez fue el aliado simbólico del kirchnerismo. Y también, sobre todo, la Roma de petróleo a la que conducían los negocios. Chávez fue el cronista de una región en la que cada país se abrió a lo que solemnemente llaman “viento de cambio”, con su modo particular. Chávez hacía del peronismo argentino una Internacional de la Tercera Posición, un sincretismo que se llevaba de Perón y Evita el manto de “religiosidad”. Distinto a los años de guerra fría donde las revoluciones se exportaban e importaban, a los 1, 2, 3 Vietnam de los años 60 y 70, donde se emulaban guerrillas del pueblo. Chávez habló más tiempo y más fuerte que Fidel para que Fidel deje de hablar, y para decir en cada oído lo que ese oído quería oír. Fue un seductor del atajo, del ahorro de sangre, de la revuelta como fiesta. Un quilombo porque venía en viaje de negocios y convertía a todos en inquilinos de su revolución ambulante, una simpatía de la que nadie tenía o tiene tantas precisiones. Se trocó el universalismo marxista por el camino particular, por la experiencia sin paradigma de capitalismos y democracias sucias, feas y malas que captaron la atención y la sensibilidad de la cultura. Fue el nuevo boom (político) latinoamericano. Ah, Chávez pareció guionado por los teóricos del populismo, del pop. Pero él los guionó primero. Con algo excesivamente simplificado, con algo de fascinación por producir, más que una revolución, consumos. Mientras, a la vez, acá se lo comparaba al peronismo y se subrayaba la temporalidad evolutiva del chavismo: intenta construir lo que en Argentina ya existe hace décadas, es decir, el Estado. Pero Chávez hizo más peronista a la clase media argentina; y lo hizo en parte por el modo en que se asocian las culturas. El progresismo argentino -en la caricatura psicobolche que todos tallan- es ese que ama a Ibrahim Ferrer y duda de Los Chalchaleros, “música del mate, el asado y el baile en Campo de Mayo”. Chávez hizo más fácil la comprensión de estos años porque armó un teatro de representación del “drama sencillo”, obra binaria que ordena un mundo de buenos y malos y haciendo el papel de los “malos-buenos”, los pícaros o robin-hoodes del pueblo. Pero una fórmula: la política absorbe tensiones hasta que las empieza a producir, la política produce tensiones hasta que el estado las desempata, y el estado las desempata para el lado que le conviene a la política, o sea, para el lado del tiempo. La revolución es perdurar. Chávez construyó su mito en vida. Y la historia funciona al revés que como creyeron los Montoneros en la despedida a Perón del diario Noticias: las muertes no tardan en volverse tolerables, porque los mitos las piden. Llega un momento en que el mito pide sangre. Pero Chávez también fue su propio tigre de papel. Por suerte. Murió sin matar, y vivió hablando de una revolución todo el tiempo. Esa, exactamente esa, fue su insoportable levedad. Nunca caía su guillotina. No había guillotina.
jueves, febrero 28, 2013
Y dijo Alejandro Sehtman:
"Si Benedicto logra que no den los bombones de Yiya Murano al desayuno durante un par de meses, tenemos ante nuestras narices a un príncipe de la Iglesia que hace gran honor a la mejor tradición rosquera de mediados del milenio pasado.
En el helicóptero se lleva la tapa de una olla donde hierve de todo: pedofilia, corrupción, negocios turbios. Yéndose le corre el telón a una guerra interna fortísima.
Y se lleva, si evita que le den un empujoncito para el lado del arpa, una bomba de tiempo: la posibilidad de hablar con conocimiento de Papa, sin ser papa. De prender el ventilador, como se dice.
Va a estar bueno el Vaticano."
(acá)
En el helicóptero se lleva la tapa de una olla donde hierve de todo: pedofilia, corrupción, negocios turbios. Yéndose le corre el telón a una guerra interna fortísima.
Y se lleva, si evita que le den un empujoncito para el lado del arpa, una bomba de tiempo: la posibilidad de hablar con conocimiento de Papa, sin ser papa. De prender el ventilador, como se dice.
Va a estar bueno el Vaticano."
(acá)
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