lunes, diciembre 12, 2016
miércoles, noviembre 30, 2016
La guitarra del joven soldado
“¡Cuba, Cuba, Cuba, el pueblo te saluda!” cantaban una vez más los miles que llenaron el estadio de Vélez para oír a Silvio Rodríguez en 1994. Con más interrogantes en el aire sobre qué era ese “pueblo” que saludaba a Cuba que Cuba misma, Silvio en el escenario era parco y tiraba como margaritas y a cuentagotas la serie de hits que esa monada psicobolche pedía a rabiar (“¡Cantá Ojalá!” era el timbre femenino que se repetía porque tampoco se puede gritar el largo “¡Cantá Óleo de una mujer con sombrero!”). Silvio fue, más que su hermano Pablo, una fuente de información política para los que no hicieron el tour temprano a las islas. Cuyo viaje comprobaba un antiguo rumor: que Silvio y Pablo hace rato que no eran hermanos (tuvieron incluso su pelea memorable por blog), y que uno (Silvio) era un poeta del régimen y que el otro (Pablo) era un artista del pueblo cubano. Bueno, pero eso preferimos muchos de nosotros: escuchar de primera mano la poesía informada del soviet cubano y sus misterios. En “El juego de las sillas”, en “Sueño con serpientes”, en “Playa Girón”, en “Flores nocturnas” se oye una voz de la conciencia de esa revolución. (“Me quitó el rostro y lo dobló / encima del pantalón” canta el maldito vallejiano en ese gran disco inmortal combat llamado “Mujeres”.)
La década del 90 marcó en Cuba el “período especial”. La caída del bloque soviético estaciona a la isla en el momento de mayor aislamiento, y ubica una de las épicas de resistencia del Régimen: ¿cuánto la sociedad y el Estado cubano podían sostener su “socialismo”? Como todo orden: no lo explica sólo el fusil. Y en aquella década Silvio Rodríguez publicó una serie de discos, en verdad tres, que se llamaron por su nombre y apellido: “Silvio”, “Rodríguez” y “Domínguez” (1992, 1994 y 1996 respectivamente). Era la vuelta a las raíces, un despojamiento en espejo con la escasez de la propia isla y su economía asolada: se graba solo con su guitarra y ensaya tal vez su último mejor repertorio, canciones del estado de aquella revolución de la que era un vocero esencial y con la que se permitía entonaciones críticas desde adentro (“El problema”, “Hombre”, “El necio”, “La desilusión”, etc.). Silvio en los 60 y 70 fue un artista casi marginal, pero su repercusión en el Cono Sur, y sobre todo, su seguidilla de conciertos junto a Pablo Milanés en la Argentina de 1984, en plena primavera alfonsinista, lo devolvieron glorioso a la isla: para un cubano no hay nada mejor que un cubano que triunfa en Argentina. Nacía otro exportador de la Revolución que dialogaba con las culturas democráticas nacientes (Argentina, Uruguay, Chile), fundando una trayectoria menos popular que prestigiosa para su pueblo (los pueblos no aman tanto a los burócratas de sus revoluciones). De modo que se convirtió en uno de los grandes narradores de esos agridulces años 80 en las democracias del sur, y un matizador ideológico sutil: de hecho, años después, durante su participación en el primer festival popular kirchnerista (el 25 de mayo de 2004), luego de cantar, y con Cristina en primera fila tomada por las cámaras mostrando conocer las canciones de memoria, se declaró “marxista-kirchnerista”, y esa definición parecía consagrar el pulgar para arriba de la isla al nuevo experimento peronista. A excepción de Menem, todos los gobiernos peronistas (Perón en 1973, y Duhalde, Néstor Kirchner y Cristina) mantuvieron plenas relaciones con Cuba. Pero volvamos a los 90.
En ese disco llamado “Silvio”, que operaba como testimonio íntimo del “período especial”, metió un bolero bello y casi aburrido dedicado al “joven soldado” de la Cuba socialista, imagen eterna entre los ecos de la guerra fría que se apagó en todo el mundo menos entre las millas de mar bravo que separan Cuba de USA. “La guitarra del joven soldado” se llama la canción, mezcla de “canto a sí mismo”, pero dedicada también al soldado que ocupa un puesto de frontera y pasa la noche entre rasgueos y esquirlas de la revolución, en la larga vigilia cubana a tan pocos kilómetros de las costas de Miami, las puertas del Imperio que juraron arrasar y con el que encontraron un equilibrio tan tenso y duradero. "En la dicha y en el llanto, pero siempre enseñando a vivir." Este poeta del Soviet cifra en la vida del soldado desconocido que vive a la espera de una guerra que no se librará su propio espejo: Cuba y el tiempo. En la carta de Perón a Fidel llevada en mano por Gelbard así lo dice el General: “Tiempo, sobra. Sangre, falta.” Y dijo más: “Las revoluciones no pueden ser idénticas en todos los países porque tampoco todos los países son iguales, ni todos los pueblos tienen la misma idiosincrasia. Es preciso que cada uno actúe dentro de su soberanía con sus propios métodos.” Perón parece decirle al Fidel universal: el marxismo es lo particular. Fidel apoyó (incluso contra la voluntad de las guerrillas) ese tercer gobierno peronista. Y Alfonsín, el presidente socialdemócrata con el que se entendió, pisó Cuba por primera vez en busca de garantías de la retirada guerrillera en el Cono Sur (le preocupaba que el FPMR arruinara los planes de transición chilenos). Fidel fue un patrón de izquierdas que también podía elegir Tiempo por Sangre. En la Argentina el comunismo real no tenía fijado el domicilio en la sede del Partido Comunista.
El fin, la agonía, el retroceso o el laberinto de los gobiernos progresistas del sur de este tiempo que no son o fueron idénticos, ni de países iguales, ni pueblos de misma idiosincrasia, y a los que Silvio cantó, se riman con esta melancolía cubana que vela a Fidel: se va una época y habrá que saber esperar como ese soldado joven y eterno de la guitarra en la guardia de una guerra imposible. La espera también es una acción.
La década del 90 marcó en Cuba el “período especial”. La caída del bloque soviético estaciona a la isla en el momento de mayor aislamiento, y ubica una de las épicas de resistencia del Régimen: ¿cuánto la sociedad y el Estado cubano podían sostener su “socialismo”? Como todo orden: no lo explica sólo el fusil. Y en aquella década Silvio Rodríguez publicó una serie de discos, en verdad tres, que se llamaron por su nombre y apellido: “Silvio”, “Rodríguez” y “Domínguez” (1992, 1994 y 1996 respectivamente). Era la vuelta a las raíces, un despojamiento en espejo con la escasez de la propia isla y su economía asolada: se graba solo con su guitarra y ensaya tal vez su último mejor repertorio, canciones del estado de aquella revolución de la que era un vocero esencial y con la que se permitía entonaciones críticas desde adentro (“El problema”, “Hombre”, “El necio”, “La desilusión”, etc.). Silvio en los 60 y 70 fue un artista casi marginal, pero su repercusión en el Cono Sur, y sobre todo, su seguidilla de conciertos junto a Pablo Milanés en la Argentina de 1984, en plena primavera alfonsinista, lo devolvieron glorioso a la isla: para un cubano no hay nada mejor que un cubano que triunfa en Argentina. Nacía otro exportador de la Revolución que dialogaba con las culturas democráticas nacientes (Argentina, Uruguay, Chile), fundando una trayectoria menos popular que prestigiosa para su pueblo (los pueblos no aman tanto a los burócratas de sus revoluciones). De modo que se convirtió en uno de los grandes narradores de esos agridulces años 80 en las democracias del sur, y un matizador ideológico sutil: de hecho, años después, durante su participación en el primer festival popular kirchnerista (el 25 de mayo de 2004), luego de cantar, y con Cristina en primera fila tomada por las cámaras mostrando conocer las canciones de memoria, se declaró “marxista-kirchnerista”, y esa definición parecía consagrar el pulgar para arriba de la isla al nuevo experimento peronista. A excepción de Menem, todos los gobiernos peronistas (Perón en 1973, y Duhalde, Néstor Kirchner y Cristina) mantuvieron plenas relaciones con Cuba. Pero volvamos a los 90.
En ese disco llamado “Silvio”, que operaba como testimonio íntimo del “período especial”, metió un bolero bello y casi aburrido dedicado al “joven soldado” de la Cuba socialista, imagen eterna entre los ecos de la guerra fría que se apagó en todo el mundo menos entre las millas de mar bravo que separan Cuba de USA. “La guitarra del joven soldado” se llama la canción, mezcla de “canto a sí mismo”, pero dedicada también al soldado que ocupa un puesto de frontera y pasa la noche entre rasgueos y esquirlas de la revolución, en la larga vigilia cubana a tan pocos kilómetros de las costas de Miami, las puertas del Imperio que juraron arrasar y con el que encontraron un equilibrio tan tenso y duradero. "En la dicha y en el llanto, pero siempre enseñando a vivir." Este poeta del Soviet cifra en la vida del soldado desconocido que vive a la espera de una guerra que no se librará su propio espejo: Cuba y el tiempo. En la carta de Perón a Fidel llevada en mano por Gelbard así lo dice el General: “Tiempo, sobra. Sangre, falta.” Y dijo más: “Las revoluciones no pueden ser idénticas en todos los países porque tampoco todos los países son iguales, ni todos los pueblos tienen la misma idiosincrasia. Es preciso que cada uno actúe dentro de su soberanía con sus propios métodos.” Perón parece decirle al Fidel universal: el marxismo es lo particular. Fidel apoyó (incluso contra la voluntad de las guerrillas) ese tercer gobierno peronista. Y Alfonsín, el presidente socialdemócrata con el que se entendió, pisó Cuba por primera vez en busca de garantías de la retirada guerrillera en el Cono Sur (le preocupaba que el FPMR arruinara los planes de transición chilenos). Fidel fue un patrón de izquierdas que también podía elegir Tiempo por Sangre. En la Argentina el comunismo real no tenía fijado el domicilio en la sede del Partido Comunista.
El fin, la agonía, el retroceso o el laberinto de los gobiernos progresistas del sur de este tiempo que no son o fueron idénticos, ni de países iguales, ni pueblos de misma idiosincrasia, y a los que Silvio cantó, se riman con esta melancolía cubana que vela a Fidel: se va una época y habrá que saber esperar como ese soldado joven y eterno de la guitarra en la guardia de una guerra imposible. La espera también es una acción.
domingo, noviembre 27, 2016
CARTA DE JUAN DOMINGO PERON A FIDEL CASTRO
Excelentísimo señor Primer Ministro, República de Cuba, Comandante Fidel Castro
Estimado amigo:
Justamente hoy se cumplen 28 años del día en que asumí la primera magistratura del país, dando un paso en la evolución con un movimiento revolucionario basado en la Justicia Social. Movimiento que perdura en el tiempo y en el espacio, puesto que nuevamente, pese a mis años, estamos firmes resolviendo el futuro de nuestra Patria, buscando salvarla del desastre en que un desgobierno de dieciocho años la ha sumido.
Al frente de esta misión de amistad, les envió al amigo señor Gelbard, nuestro ministro de Economía, que tiene el encargo de darle un fuerte abrazo de mi parte, junto con mis saludos, y también testimonio del profundo agrado que sentimos por la apertura práctica entre nuestros pueblos. En todas las clases de relaciones humanas, la verdadera fraternidad se demuestra no con palabras sino con hechos fehacientes. Nosotros los justicialistas tenemos un aforismo que dice: “Mejor que decir es hacer; y mejor que prometer, es realizar”.
¡Cuba y Argentina lo están demostrando en la práctica!
Las revoluciones no pueden ser idénticas en todos los países porque tampoco todos los países son iguales, ni todos los pueblos tienen la misma idiosincrasia. Es preciso que cada uno actúe dentro de su soberanía con sus propios métodos.
Pero es indudable que la necesidad de una unidad latinoamericana será la única posibilidad de libertad real para nuestro continente. A esta meta debemos concurrir todos de inmediato, para poder elevar nuestra voz con seguridad y respaldo en el seno de ese Tercer Mundo que garantizará nuestro desarrollo futuro y la libertad en lo económico, político y social.
Tanto usted amigo Fidel, como yo, llevamos muchos años de permanente lucha revolucionaria. Ello otorga una experiencia invalorable que es preciso transmitir a la juventud, para evitarle atrasos que se pagan siempre con dolor y sangre, inútilmente. La pujanza viril de la vida joven, para rendir verdaderos frutos a la Patria, debe ir acompañada de la cuota de sabiduría que otorga la experiencia.
La responsabilidad que pesa sobre nuestros hombres no es ya la de realizar la revolución que cada uno de nuestros ideales concibe como lo mejor para su pueblo, sino enseñar a nuestros descendientes a consolidarla. Para ello, tenemos dos caminos: tiempo o sangre.
Tiempo sobra. La historia nos enseña cómo los excesos vuelven finalmente a su cauce habitual.
Sangre, falta. Puesto que somos un continente descapitalizado, que precisa su puesta en marcha por medio de la unidad fraternal, donde los intereses individuales sean considerados y respetados, cuando los mismos no afecten a la comunidad latinoamericana; y en ese desarrollo necesitaremos aumentar al máximo los habitantes en el continente.
¡En fin! Todo esto quiere decir que la tarea no se termina mientras uno viva. Pero bien vale la pena vivir y morir por un ideal que trasciende a los pueblos.
El señor Gelbard le contará cómo marchan nuestras cosas y confío en que todo marchará bien. Reciba un cordial saludo y mi afecto sincero.
¡Un gran abrazo!
Juan Domingo Perón
lunes, noviembre 21, 2016
martes, octubre 18, 2016
jueves, septiembre 22, 2016
viernes, septiembre 16, 2016
miércoles, septiembre 14, 2016
FB
Con la escena de crueldad de los rugbiers contra el linyera nos podemos hacer un picnic de metáforas de la época. En esta ciudad donde estornudás y es metáfora de algo. Se parece al fotograma de una adaptación perdida de La Naranja Mecánica: pegar de atrás y escapar. Me parece razonable que el club los sancione. Me parece siempre border esto de que la viralización de una escena funcione como disciplina, como otra forma de abuso de poder donde todos pueden ver el mal que hacemos, y se produce una desproporcionada exposición para la que no hay plataforma de respuesta posible, y es festín para el consumo morboso; aunque esto ocurrió en la calle y los mismos agresores lo filmaron (se ve que lo querían volver a ver y disfrutar). Que se jodan. Lo que me jode es la idea de probation, esa "penitencia" de que los chicos hagan tarea comunitaria en una de las tantas Ong$ que tercerizan el bien. En mi sociología de raje sólo cabería que la tarea comunitaria sea entre el agresor y el agredido. Construir un vínculo ahí. Que no se le pierda el rastro al linyera, que se sepa de él. Que no se pierda ni diluya tan rápido la relación entre la víctima y el victimario. Que no se tercerice la reparación en tantas mediaciones que desvinculan. Que no se enfrenten los rugbiers sólo a la mirada sancionatoria de una sociedad indignada. Que no pierdan de vista la escena, al que salió lastimado. Que tengan que tener una palabra hacia él. Mi amigo Pedro Núñez dice que algunas escuelas llaman "sanción reparadora" a eso. Eso sería el bien, ¿no?
martes, septiembre 06, 2016
jueves, agosto 11, 2016
miércoles, julio 20, 2016
viernes, julio 01, 2016
domingo, junio 12, 2016
Despedida de Graciela Aguirre
Un amigo me pregunta “¿era una abuelaza tu suegra?”, esas de tejer o amasar pasta. Para mí era lo contrario en el mejor sentido: esperaba que todo, que toda relación, fuera natural. Que su nieto creciera para conocerlo y saber sobre qué podían construir su conversación. Por supuesto, ella y mi hijo se amaron, se aman. Tenía un rasgo de "clase" que la hacía un tanto distante físicamente (yo vengo de una familia sin límites corporales, de morderse, abrazarse, herirse, curarse, etc.), pero ella combinaba esa distancia con otro ingrediente de aristocracia: la solidez. Era distante, entonces, en ese mano a mano (nada de tantos besos ni abrazos) pero a la vez era cálida e incondicional. Por eso fue la mejor amiga de sus hijos. Y por eso el vacío que deja es eterno. Conviviremos con su hueco. Todos los días sabremos detectar ese lugar donde ella no está más. Se diría que una ausencia tan notable, tan capilar, tan cotidiana, es una forma de presencia. Y sí. Va a tener un lugar privilegiado en todas nuestras conversaciones hasta el último día porque ella era una gran guionista y porque un poco, una parte de nosotros, no sabrá con quién hablar ahora ciertas cosas. Graciela fue de esa generación a la que el Estado de algún modo quiso matar (y ellos quisieron matar al Estado), y que ahora se enfrenta a la Naturaleza, a las facturas de una vida vivida a pleno, con bohemia, amor y saltos al vacío. Graciela era una chica libre de Barrio Norte. Encendió a los 15 años un cigarrillo que no apagó más, en los 60, vestida como en Mad Men, bailando rock and roll, pero gozando todas las renovaciones: la modernidad del folcklore y el tango también, la política, obvio. Ahí, en esos cigarros finos, que fumaba sin dejar olor estaba subrayada su feminidad, su libertad, su goce. Fue al Di Tella, tuvo novios peronistas, médicos, guerrilleros, cantantes de ópera. Conoció la alta cultura en decadencia de la mano de Juan José Castro o en las memorias de su abuelo Julián Aguirre. Y en su amor por Mignogna vivió una gran síntesis de sus intereses: la cultura, la política, la literatura. Ella vivía a través de otros. Era y quería ser una espectadora privilegiada, primera fila. Se prendía su cigarro. Te ofrecía su vino, sus botellas (que no tomaba), su sofá, el calor de su hogar, para hacer lo que hizo toda su vida: conversar. Oír. Era una mujer de lengua filosa pero de oído absoluto sobre el otro. Era decoradora y con eso conoció el closet de toda nuestra burguesía pequeña pequeña: desde viejas familias del Kavanagh hasta los nuevos ricos. Guarda, se lleva, secretos de todos. Sabía escuchar porque sabía callar. Yo le decía mi "madre ortopédica" y ella amaba esa metáfora torpe. Vivió el exilio abrazada a un hombre que amó y con el que se tuvo que ir en el mítico 76, pero ella se fue a "vivir a Europa", prefirió posar de snob que de víctima, y en eso había una dignidad educativa. Leí sus despedidas en la página de obituarios del diario La Nación y pensé que ella las hubiera sentenciado con una sola frase a todas sus amigas que con amor sincero le dedicaron despedidas tan sentidas: qué cachudas. Daba un amor amable, no exento de todo lo que tiene el amor (un poder sobre los otros, los movimientos de la ironía), pero sabiendo que su incondicionalidad la rindió a los pies de lo que construyó: su familia, sus hijos (Juan, Giuliana, Guido), su compañero Eduardo, sus nietos, sus amigos, Sebastián, sus grandes amistades construidas con tiempo y paciencia, Rogelio, Betty, Marina, María Luisa, María, Pachá, Rodolfo, Daniel. Cada uno de nosotros. Festejaba sus cumpleaños con una fiesta de disfraces donde iban esas amigas que todavía se llamaban por nombre completo (subrayando las etnias remotas de dobles apellidos), en cada marzo una noche de copas, música y baile como de carnaval porque las invitaba a ser otras, a emborracharse, a derramarse en su propio drama. Para Graciela todas las personas tenían clase, oportunidad y decadencia. Su aristocracia me recordó siempre a la aristocracia obrera de Juanita Bignozzi. En Pilar la despidieron los curas tercermundistas de Villa Itatí. Esas mezclas la resumen también. El libro azul fue su consumo irónico. La palabra "suegra" es una palabra que volvieron estúpida los opas del chiste costumbrista. Para mí se fue una amiga sabia, la mejor amiga de la mujer que amo (Giuli), y una madre última, elegante, gratuita. Sabíamos, como sabemos con todos nuestros mayores, que nos tocaba enterrarla, pero la muerte es increíble. Chau, amiga.
martes, mayo 17, 2016
domingo, mayo 01, 2016
29 A en revista Crisis
¿De qué sirvió el 29A? De defensa. Miles de personas en la opción cuerpo a cuerpo, gremio a gremio, tema a tema, que impone el gobierno: tarifazo, transporte, despidos, pago de “Ganancias”, suspensiones, y así. Temas nuevos, temas viejos, pero temas ya del nuevo gobierno. Fue una marcha nacida y criada en el macrismo y liderada por cuatro centrales obreras con trayectorias últimas distintas. En la marcha: cada gremio en su canto, cada central en su representación. Los cantitos anti Macri tenían emisores más claros y blancos (CTA, NE), pero no contagiaban, no hacían el hit de la tarde: cada columna en su canto de Luz y Fuerza, de Peajes, de Plásticos, Lecheros, Camioneros. Si la marcha más contundente hasta hoy fue gremial, nos habla del progreso verde del campo opositor, muestra que una de las mayores líneas de defensa, de *empoderamiento* o *ciudadanía* ya existe: es la “aristocracia obrera”. De Schmid a Dellacarbonara. Después de Cristina y su “vuelta” con narrativa nueva la historia quiso que la primera demostración de fuerza callejera la lideraran los sindicatos con Moyano como orador final de la jornada. ¿Paradojas? Difícil tarea para el “análisis”. Es claro que nadie sustituye a nadie, pero el gobierno de Macri ya logra condiciones objetivas de una unidad impensada cuatro meses atrás: la unidad en la acción. ¿Ahora los bloques opositores de raíz peronista votarán todos al unísono? ¿Se volverán a unir? ¿Saldrá de esa multitud un nuevo liderazgo? Todo improbable. Pero quizás es hora de pensar que la inversión simple de que ahora sólo es oposición lo que antes era oficialismo y viceversa también hace agua: ahora hay un nuevo mapa político. Las divisiones sindicales y políticas en torno al cristinismo vencieron el 10 de diciembre y tardaron pocos meses en reconfigurar un nuevo y provisorio mapa que lo democratiza todo: porque todos juegan un juego de conveniencias pero la marcha del viernes mostró un límite social y que la calle, el palacio, no lo guiona nadie exclusivamente. ¿Por qué? Si el peronismo tiene un punto de reconstrucción lo tiene, en parte, por esos poderes intermedios que fueron subestimados: sindicatos, intendencias, organizaciones sociales, provinciales. Los votos donde se vota. Diríamos, por un rato, “es de abajo hacia arriba”. Primera marcha de la resistencia al macrismo en las que se distinguieron casi exclusivamente las pertenencias gremiales, mientras las identidades políticas estaban diluidas ahí (el FR, el FPV, el PJ, todos). Las fábulas que sólo se explican el 29A por un fracaso maquiavélico del gobierno (“¿qué quieren en verdad los sindicatos?”, se preguntan algunos como si descubrieran la pólvora cada vez que un sindicato no es todo lo “solo vandorista” que creen), digo: esos razonamientos usan lo “político” como forma de tapar lo social. Este fue un hecho político construido por actores de carne y hueso, el sindicalismo realmente existente, en el aquí y ahora, porque se tenía que decir lo social. Porque se tiene que decir a tiempo. Y porque el disciplinamiento que desean tiene fatal contradicción ahí: en el sindicalismo argentino.
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